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tribunaArsenio Alonso

La biblioteca de El Escorial y la idea de la universidad

Las pinturas de la Real Biblioteca de El Escorial confiesan y recuerdan, con grandiosidad solemne, en confrontación con el actual siglo, el extraño y sustancial olvido. Una fe que tiene vida, busca comprender, y una razón con sincera voluntad de verdad, desemboca necesariamente en la trascendencia y a la postre, en Dios mismo

Quien sube a la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial penetra, sin saberlo, en «la idea de la universidad» (J. H. Newman).

Sobre los más de cincuenta metros de bóveda, que Pellegrino Tibaldi cubrió de frescos entre 1586 y 1592, en homenaje a la Sixtina de Miguel Ángel, no hay sólo unas magníficas pinturas. El espacio reproduce un código cuya clave cayó en el olvido. La clave descifra el plano arquitectónico de lo que debe ser la universidad. Miremos hacia arriba y a nuestro alrededor. Fray José de Sigüenza despliega las siete artes liberales: el Trivium –Gramática, Retórica, Dialéctica– y el Quadrivium –Aritmética, Música, Geometría, Astronomía–, cada una encarnada en una matrona y escoltada por sus sabios, Pitágoras junto a la Música, Euclides junto a la Geometría. La palabra, el argumento, el número, la armonía y el cielo no se yuxtaponen: se encadenan en admirable armonía. El saber no es una suma dispersa de técnicas, sino un orden. Ahí están casi todos los tipos de saber conocidos. Casi, decimos, pues los decisivos que completan el cosmos del saber universal, están en los extremos. En un testero, el del lado del colegio, preside la Filosofía; en el opuesto, el del convento, la Teología: doncella coronada que señala la Sagrada Escritura, rodeada por cuatro Padres de la Iglesia.

La filosofía del ser (la metafísica) y la teología (inteligencia de la Palabra de Dios), no se presentan como rivales sino como dos polos entre los que discurre el único camino de la verdad. El jerónimo Sigüenza lo dejó escrito con claridad de itinerario: para venir de la una a la otra, es necesario caminar por el conocimiento de todas las demás. La razón mira el ser; la fe escucha la Revelación. La filosofía pregunta por el fundamento y el futuro absolutos; la teología piensa a Dios que se comunica en la historia otorgando fundamento último, unidad, sentido y cumplimiento salvífico de lo real creado. Las ciencias no quedan humilladas por la fe, ni la fe sustituye a la razón: la razón es elevada, ordenada, abierta a una luz más alta. Una de las inscripciones del espacio, lo proclama con el libro de la Sabiduría: todo está dispuesto «con número, peso y medida».

La universidad nació de la misma naturaleza de la fe viva, no muerta, ni desgarrada, ni huera de verdad. Y fruto de esa fe, que es siempre encuentro con el Señor del Mundo, Jesucristo, brotó con carácter inexorable la convicción de que la verdad es una, que la razón creada debe abrirse al fundamento que es su Creador, y que la fe no es sólo una emoción privada, sino plenitud individual, social, histórica de la misma verdad, con mayúscula, que nos trasciende en el mundo.

El Renacimiento en la España imperial de Felipe II, en el que se insertan estos frescos de la Biblioteca de El Escorial, todavía sabía leer que «esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo, no está en contraste con las verdades que se alcanzan por la razón [filosofando y haciendo ciencia]. Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de la razón humana, expresado en el principio de no contradicción» (Juan Pablo II, Fides et ratio n.34).

De ahí el drama de tantas instituciones universitarias de inspiración cristiana. Conservan símbolos, liturgia, pastoral, patrimonio, tecnologías de la información y de la IA, discursos humanistas, profesores creyentes, grandes profesionales, hombres y mujeres santos. No hablamos aquí de esto. La pregunta decisiva es otra: ¿comparece Dios en el sistema de los saberes, en los planes de estudio, en la arquitectura intelectual de la casa, como verdad pensada, buscada, discutida, investigada, a la altura, al menos, de la economía, el derecho o la técnica?

Una universidad puede confesar a Dios en sus signos y, al mismo tiempo, expulsarlo de su razón, de la centralidad del logos académico. Puede hablar largamente del hombre –de su psicología, su economía, su comunicación, su derecho– y no pensar nunca, ni en su dependencia y apertura constitutiva del hombre y del mundo a Dios, ni en la naturaleza del mismo ser Absoluto, el Misterio sagrado, el «Único Necesario» (Lc 10, 38-42).

Pablo VI llamó «drama de nuestro tiempo», en la Evangelii nuntiandi, a la ruptura entre Evangelio y cultura, fe y razón. Hoy ese drama continúa. Las pinturas de la Real Biblioteca de El Escorial confiesan y recuerdan, con grandiosidad solemne, en confrontación con el actual siglo, el extraño y sustancial olvido. Una fe que tiene vida, busca comprender, y una razón con sincera voluntad de verdad, desemboca necesariamente en la trascendencia y a la postre, en Dios mismo.