Histórico. Tres leones en el Congreso
El recorrido, sobre el que tendremos que rumiar, transita por las libertades, los límites del poder, el bien común y cuestiones actuales de calado: intimidad insoslayable de la conciencia, inteligencia artificial, inmigración, paz y lenguaje. Un llamamiento a la renovación moral en un mundo en crisis espiritual
Una sensación inesperada iba surgiendo.
La potencia de las ideas, con la cortesía exquisita de las formas. Un tono amable, pero nada blando, con la convicción que solo los que están cerca de la verdad pueden tener. Notaba la emoción en la piel, y me oigo murmurar con admiración. Más tarde, con papel, podía hacer una lectura subrayada, demasiado subrayada.
Algunos me dijeron luego que no me hiciera ilusiones, que esos que aplauden durante siete minutos son unos hipócritas que en un par de días ya se habrán olvidado y estarán insultándose de nuevo.
Sin embargo, llegado el momento de reflexionarlo con la perspectiva del necesario tiempo transcurrido, creo que las palabras serán profundamente referenciadas por políticos, periodistas y pensadores. No solo porque hubiese un León en la tribuna y dos de bronce en la puerta.
El discurso de León XIV, del 8 de junio de 2026, en el Congreso del Reino España, entra en la esfera de aquellos importantes dirigidos a los poderes temporales: como lo fueron los memorables de Benedicto XVI ante el Parlamento inglés, el 17 de septiembre de 2010; y ante el Bundestag, el 22 de septiembre de 2011.
Reflexiones donde la fe alimenta a la razón. Donde la razón va desplegando el fundamento de la acción política. Donde se profundiza sobre el devenir y el quehacer de la persona en sociedad, de la sociedad como comunidad política: doctrina social de la Iglesia. Palabras que ganan autoridad por ser pronunciadas por quien la tiene, y que son también suscritas desde el pensamiento: desde el humanismo cristiano.
La idea central es la dignidad de la persona. El concepto que tengamos de persona determinará las leyes y la sociedad que se construya con ellas. De esa pregunta clave, pasando por el ejemplo histórico de España cuestionando su rumbo a la luz de esa pregunta, llegamos a la centralidad del discurso: la dignidad inviolable de la persona humana. Un valor absoluto que precede al Estado y a la comunidad política, y no está sujeto a mayorías. A partir de ahí, el recorrido, sobre el que tendremos que rumiar, transita por las libertades, los límites del poder, el bien común y cuestiones actuales de calado: intimidad insoslayable de la conciencia, inteligencia artificial, inmigración, paz y lenguaje. Un llamamiento a la renovación moral en un mundo en crisis espiritual.
Es fácil sostener que varias de las ideas expuestas son las clásicas de la doctrina social de la Iglesia. Sin embargo, su aggiornamento o puesta al día ha dado un gran paso. En dos cuestiones rompe con polémicas de la sociedad y las adelanta.
En inmigración, cuando señala que es un problema del conjunto de los países, donde las ideas y medidas tienen que contemplar a las personas y a las sociedades; y no solamente al destino, también al recorrido demencial y a la causa primera. Incidiendo en el derecho a permanecer en el entorno familiar y social de origen sin tener que abandonarlo. Si estrujásemos la idea, sería algo como la responsabilidad de todos para con todos.
Y, en inteligencia artificial, cuando señala que no es un instrumento neutro (como ya recogía en Magnifica humanitas), aclarando de un plumazo algo que estaba borroso. La inteligencia artificial no es buena o mala en función de su uso, como si fuera un cuchillo o una herramienta. Es algo que tiene un sesgo en origen, ya en el diseño, en su fin inicial, en su funcionamiento y en su financiación, que traslada la responsabilidad y la atención también a fases previas al propio uso.
No es banal que buena parte del discurso se centrase en libertades y derechos que el Estado debe respetar y favorecer para defender y promover la dignidad de la persona humana: vida, familia, pensamiento, conciencia, religión, educación. El que se desgranaran refuerza la preocupación creciente y extendida de que se están socavando.
Llama la atención que se pusiese de ejemplo, de buen hacer político y de toda una sociedad, a una España en la Historia (donde comunidad, reyes, pensadores, juristas y administradores navegaron buscando el mismo norte). Eso es un orgullo, pero fundamentalmente es un ejemplo, es un modelo a seguir. En el contexto en que se señaló, supone dos aspectos. El primero, que otras comunidades políticas tienen un ejemplo en lo que se hizo, lo que demuestra que se puede hacer. Un torpedo a la Realpolitik. El segundo aspecto es el reto, la propuesta de que España puede ofrecer mucho desde el bagaje que tiene. Probablemente tanto en su entorno europeo —geográficamente más cercano— como en el hispano —culturalmente común—.
Tenemos materia sobre la que reflexionar, criterios que desplegar y atención a donde ha puesto el foco. Como aquello que tiene valor, no se aprecia todo lo que lleva dentro hasta que no se va conociendo mejor. El discurso es un acicate y un ánimo; y un alzar la mirada para trabajar por el bien común.
- Carlos Barros de Lis Tubbe es miembro del Instituto de Estudios de la Democracia