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TribunaJosé Andrés Gallegos del Valle

Españoles y neerlandeses por el Benelux

Desconfíe de gobiernos que puedan carecer de amigos en nuestra cultura democrática. Sin olvidarlos nunca, yo apuesto fuerte con usted por sociedades civiles con las que, cada día mejor, podemos entendernos

Acabo de pasar unas semanas en el Brabante holandés, cerca de Breda.

Constato de nuevo tanto en común de España con nuestros amigos neerlandeses: voluntad de trabajo bien hecho; sí al sí, o al no, no; libertad probada en la escena internacional, que no impide acrecentar nuestras firmes articulaciones respectivas con y en la Unión Europea y la OTAN. Solidaridades fieles, admirados unos del mundo de los otros. Extensas, las proyecciones exteriores de ambos: naturales, seguras de sí, sobrias y corteses. Risas al aire libre sobre mesas de madera y cerveza sobresaliente.

Me gusta oírles cantar en su himno nacional, el 'Wilhelmus', que «den Konig van Hispanje heb ik altijd geëerd», «siempre he honrado al Rey de España», y contar que San Nicolás, parejo a nuestros Reyes Magos, trae cada año regalos el 6 de diciembre, naturalmente en barco desde Madrid. No otra ciudad. Nunca fuera el Manzanares de ilusión tan bien servido.

Al pasar a Bélgica, asombra en piedra y oro sobre la fachada renacentista del Ayuntamiento de Amberes el escudo de España. Todo, Patrimonio de la Humanidad. La gente en Europa no buscamos ahora ni inventar el pasado, ni destruir el futuro, salvo radicalismos ideológicos de vuelo corto y lectura poca. Aislantes y aislados, apenas tienen que ver con el amor a la propia nación y su gran Historia. La calle más cara de Luxemburgo se llama Felipe II: rue de Philippe II.

De hecho, la profesionalidad de tantos excelentes colegas holandeses me ha permitido casi siempre llevarme muy bien con ellos, incluso cuando sostenemos posiciones distintas. En la discrepancia también podemos comprendernos. Sobre virtudes humanas impactantes y compartidas.

Ese entendimiento quizá no se dé tan espontáneamente entre países menos conocidos. Siempre me ha gustado que el rey Guillermo Alejandro y la reina Máxima se trataran antes de casarse… en la Feria de Sevilla de 1999. Hace falta gracia, inteligencia y trapío. Así fue. En el Aero.

Durante su visita de Estado a España en 1985, la reina Beatriz entró sonriente en El Escorial con los Reyes, paso que disolvía en el aire hilachas opacas sin acto de ser propio, rastros de leyendas negras. Más tarde, Doña Beatriz quiso regresar, de nuevo Princesa, al funeral escurialense –piadoso, severo– de la Infanta Pilar.

Nada impide, sin embargo, que esta vez algunos españoles hiciéramos una escapada a Empel, para agradecer en su ermita a «Onze Lieve Vrouw», Nuestra Querida Señora, aquel milagro: la ayuda que el hielo denso de una noche entre el 7 y el 8 de diciembre de 1585 prestó por su intercesión al puñado de hombres del Tercio Viejo de Zamora, quienes pudieron así salir del promontorio a pie, mientras en derredor quedaban, inmóviles sobre el agua congelada, las amenazantes embarcaciones adversarias. Le pedimos, además, por todos, hoy.

El P.C. Hooft-prijs, mayor galardón literario en lengua neerlandesa, premiaba en 1973 la obra poética de Hendrik de Vries, quien falleció en 1989. Vale la pena escucharle, siempre enamorado de España:

"Mira: entre tantas naciones y banderas

fue la española la más bella. (…).

Siempre permanecí fiel, lleno de orgullo,

al risueño rojo, gualdo, rojo."

O:

“¡Su bellísima bandera!

Si: la quise con locura:

¡fuego rojo, gualdo, rojo!”

Versos como estos pueden hacer tremolar sobre la gente colores e imágenes de grandes naciones queridas. También, durante victorias deportivas, en el escarlata y el oro abrochados por el escudo coronado se envuelve la gente española de todas las comunidades autónomas junto a la Familia Real, para destacar con alegría el esfuerzo y el talento de los suyos. Ese mismo colorido puede devenir voz en los ¡vivas! certeros del capitán del equipo, coreados por millones de personas, aquí y mucho más allá de nuestras fronteras.

Sí, los Países Bajos y España compartimos valores, núcleos, fondos. Buenos fondos.

Detengámonos un momento en el Rijksmuseum ante La Lechera de Vermeer. Aquel ángulo de cocina, iluminado a medias por esa ventana a nuestra izquierda, destaca a la mujer sencilla y fuerte de halda azul y toca blanca sobre el muro albar, usado. De pie, ante una mesa, casi frente a nosotros, vierte, concentrada, leche de la jarra de barro a un cuenco. Se percibe el aire quieto tras su figura, hasta el mínimo desconchón en la pared del fondo. Todo silencio. Sólo se oye el ruido leve del trasvase blanco, que cae.

Tenía que ser católico y genial quien pudiera recoger así el valor sobresaliente de lo ordinario. Análogo al Velázquez capaz de resaltar la dignidad suprema de la condición humana en El Aguador de Sevilla, cantada por la traza del pobre y subrayada por la riqueza simple de la copa de cristal transparente, donde sirve el agua.

Cierto, tenemos en el Benelux mucha conversación pendiente, tan rica como libre: de lo más a lo menos y al contrario. Desde Ton Koopman, director de orquesta estudioso de partituras barrocas y clásicas, cuando exclama que «el nivel musical de España es altísimo», hasta las inversiones holandesas aquí. Mil asuntos para avanzar acompañados hacia el futuro nuevo.

Desconfíe de gobiernos que puedan carecer de amigos en nuestra cultura democrática. Sin olvidarlos nunca, yo apuesto fuerte con usted por sociedades civiles con las que, cada día mejor, podemos entendernos.

  • José-Andrés Gallegos del Valle es embajador de España