Entre mis recuerdos
Para poder escribir o cantar cosas así, no sólo hay que haber estado profundamente enamorado al menos una vez en la vida, sino también haber crecido en otro tiempo, en un tiempo de álbumes nacarados y de prisas mucho más lentas
En los años de mi infancia, uno de los regalos más preciados que solíamos recibir cuando hacíamos la Primera Comunión era un reloj de pulsera. No sé si en la actualidad debe de seguir siendo así, pero intuyo que los obsequios hoy más esperados en esa hermosa celebración posiblemente sean otros bastante distintos.
Entre los posibles regalos que podían hacernos también entonces en una fecha tan señalada se encontraban, casi siempre, un globo terráqueo iluminado, una determinada cantidad de dinero –que en pesetas siempre parecía una pequeña fortuna– o una cajita con una pluma estilográfica, que con un poco de suerte podía ser una Parker o una Montblanc. En mi caso, no recuerdo ahora muy bien cuáles fueron todos los presentes que recibí, que tampoco fueron muchos, pero entre ellos se encontraban un reloj de pulsera y un álbum de fotos con la portada nacarada que llevaba la inscripción 'Primera Comunión'.
Ambas certezas no provienen de la posible evidencia de que yo posea una memoria excepcional, que me temo que no la tengo, sino del hecho de que durante varios años conservé ese reloj y de que aún guardo en casa ese álbum. «Gaspar y José María Aguiló Frau recibieron por primera vez a Jesús Sacramentado el día 16 de Mayo de 1971 en la Iglesia Parroquial de la Santísima Trinidad a la edad de 8 y 7 años. Palma de Mallorca», puede leerse en la pequeña tarjeta conmemorativa que hay en la primera página de dicho álbum, una tarjeta que ha sido absolutamente respetada por los pececillos de plata que, de algún modo, forman también parte de mi hogar.
En las sucesivas páginas de ese libro hay, esencialmente, diversas fotografías en color en donde aparezco yo solo en distintas estancias de la antigua casa familiar, en unas sonriendo tímidamente ante la cámara y en otras rezando con innegable devoción con mis dos manitas juntas. Hay asimismo otras imágenes más, en donde aparezco junto a mi hermano Gaspar –ambos vestidos de marineritos–, con mi hermano Joan –que entonces tenía sólo cinco añitos–, con mi madre, con mi padre, con mi abuela materna y con una buena amiga de la familia.
Como en casa solíamos sacar un gran rendimiento a las pocas cosas que teníamos y, a la vez, aprovechábamos al máximo la posible vida útil de cualquier objeto, en ese álbum pueden verse también fotografías algo posteriores, en concreto, de la comunión de mi hermano Joan, que ya no iba vestido de marinerito, sino casi de ejecutivo de postín, y fotos mías de cuando hice la mili en el Ejército del Aire, tomadas a principios de 1982 en la Base Aérea de Son Sant Joan.
De mi primer reloj no conservo, en cambio, ninguna imagen, aunque aún recuerdo que tenía las manecillas negras y el fondo blanco, y que había que darle cuerda cada cierto tiempo para que no se parase. Además, era de una gran calidad, pues me duró hasta la adolescencia. Los siguientes relojes tradicionales que me regalaron o que compré no debían de ser tan buenos, pues solía sustituir unos por otros cada once o doce meses.
Por suerte para mí y para mi bolsillo, a mediados de los años setenta se produjo una auténtica revolución en el mundo de los relojes de pulsera, pues aparecieron los primeros relojes digitales, que funcionaban con una pila muy diminuta. En aquella época yo llegué a tener uno de esos relojes, de la marca Casio, que me duró casi un lustro. Luego, poco a poco, aquellos pioneros aparatos digitales irían dando paso a otros relojes cada vez más sofisticados y modernos.
Yo llevé reloj de pulsera durante algo más de tres décadas, hasta que en 2003 me compré mi primer teléfono móvil, que llevaba ya incorporado un pequeño cronómetro digital. A partir de aquel momento metí un día en un cajón el reloj que solía llevar diariamente y ya no me lo puse más. Y en ese cajón debe de seguir todavía. Eso es algo que quizás debería de comprobar más pronto que tarde, porque veo que de un tiempo a esta parte vuelven a estar de moda los relojes de muñeca de los años setenta y ochenta, así como también los relojes de cuco o los de pared con péndulo. Y lo entiendo, porque la verdad es que un reloj de pulsera suele tener siempre un halo romántico y nostálgico mucho mayor que el que pueda tener tal vez el despertador de un teléfono móvil.
Ese debe de ser uno de los motivos por los que, de momento, no hay aún canciones de amor o de desamor dedicadas a los celulares de última generación, y sí hay, en cambio, numerosas composiciones con referencias a los distintos relojes tradicionales.
Seguro que muchos de ustedes todavía se acuerdan de uno de los boleros más hermosos y tristes que existen, titulado precisamente El reloj, que compuso el grandísimo músico mexicano Roberto Cantoral. En ese precioso bolero, un amante enamorado le pide a un reloj, casi desesperadamente, que no marque las horas, para que la persona a la que ama no se marche aún y permanezca algo más de tiempo junto a él. «Reloj, detén tu camino,/ porque mi vida se apaga./ Ella es la estrella que alumbra mi ser./ Yo sin su amor no soy nada./ Detén el tiempo en tus manos,/ haz esta noche perpetua,/ para que nunca se vaya de mí,/ para que nunca amanezca», dicen las dos estrofas más melancólicas de esta bellísima canción.
Para poder escribir o cantar cosas así, no sólo hay que haber estado profundamente enamorado al menos una vez en la vida, sino también haber crecido en otro tiempo, en un tiempo de álbumes nacarados y de prisas mucho más lentas, en donde la intensidad y la profundidad de nuestros sentimientos la podían medir también a veces un reloj de pared, un carillón o un reloj de pulsera.
- Josep María Aguiló es periodista