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TribunaManuel Sánchez Monge

Los monstruos de la civilización actual

Las sociedades premodernas tenían una relación muy íntima con el dolor y la muerte, que enfrentaban con dignidad y resignación. Sin embargo, en la actualidad, la positividad de la felicidad desbanca a la negatividad del dolor, y se extiende al ámbito social

Byung-Chul Han, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, combate contra los tres mayores monstruos de la civilización actual: el capital, la digitalización y la inteligencia artificial.

La ilimitada libertad que promete el neoliberalismo no es más que una ilusión. La obsesión por la mera producción y el consumismo nos esclavizan. Nada está prohibido, la permisividad es casi absoluta. Ahora bien, la explotación no nos viene de fuera, sino de dentro, perpetrada por nosotros mismos. Pero no es menor que la que procede de la que pudieran imponer los otros.

La digitalización podría producir grandes bienes si se considerara un medio, pero cuando se convierte en fin, nos esclaviza. Nos hemos convertido en esclavos de los móviles y demás artilugios que nos dominan. Las redes sociales no son principalmente instrumentos de cooperación y entendimiento, sino medios donde frecuentemente se miente, se insulta y se ejerce violencia.

Algo parecido puede decirse de la inteligencia artificial. De suyo podría ser un gran bien, pero termina por convertirnos en esclavos de nuestra propia creación. Una técnica sin ética solo puede conducir al desastre. Existe una creciente pérdida del respeto y una erosión de lo social y de lo político. En definitiva: «Nos degradamos hasta transformarnos en paquetes de datos, en ganado de datos que se deja vigilar y dirigir. Nos volvemos dependientes de las sustancias digitales. Así, somos adictos a estímulos que arrasan nuestra atención. La consecuencia es la sociedad de la adicción. Aunque estamos convencidos de que somos libres, en el fondo nos movemos, tambaleantes, de una adicción a otra».

En resumen, vivimos en una sociedad sin alma, sin espíritu. El aspecto más profundo y radical de la crítica de Han se encuentra en su crítica del rechazo de Dios y la pérdida de la espiritualidad. En este sentido, puede leerse su último y excelente libro, Sobre Dios. Pensar con Simone Weil. La religión ha sido sustituida por la idolatría. Este estado de cosas no es tanto la consecuencia del ateísmo como su causa. Si vivimos ajetreados en busca de dinero, éxito, placer y consumo, no tenemos tiempo para Dios. Si vivimos sometidos a la prisa y al ruido, no podemos escuchar a Dios, que solo habla en el silencio. El problema del ateísmo es un problema de atención. Y las vidas se vacían.

Vivimos en una sociedad paliativa que ha desarrollado una fobia al dolor, en la que ya no hay lugar para el sufrimiento. Este miedo generalizado se refleja tanto en lo personal como en lo social, e incluso en la política. En la actualidad, la positividad de la felicidad desbanca a la negatividad del dolor, y se extiende al ámbito social. Al expulsar de la vida pública los conflictos y las controversias, que podrían provocar dolorosas confrontaciones, se instaura una posdemocracia, que es en el fondo una democracia paliativa. Hoy día, el imperativo neoliberal «sé feliz», que esconde una exigencia de rendimiento, intenta evitar cualquier estado doloroso y nos empuja a un estado de anestesia permanente. Como en La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han parte del supuesto de que en Occidente se ha producido un cambio radical de paradigma. Las sociedades premodernas tenían una relación muy íntima con el dolor y la muerte, que enfrentaban con dignidad y resignación. Sin embargo, en la actualidad, la positividad de la felicidad desbanca a la negatividad del dolor, y se extiende al ámbito social. Al expulsar de la vida pública los conflictos y las controversias, que podrían provocar dolorosas confrontaciones, se instaura una posdemocracia, que es en el fondo una democracia paliativa.

  • Manuel Sánchez Monge es obispo emérito de Santander