05 de julio de 2022

Santiago Cantera

Corazón de amor

En el Corazón de Jesús está simbolizado todo el Amor de Dios, de un Dios que por amor a los hombres ha querido encarnarse para redimirles del pecado y devolverles la dignidad perdida

El mes de junio está dedicado de un modo especial entre los católicos al culto del Sagrado Corazón de Jesús. Es una devoción que, si bien ha estado implícita en la vida de la Iglesia desde sus orígenes y supone en realidad la entraña misma del cristianismo, se fue desarrollando especialmente a partir de los siglos plenomedievales (por ejemplo, en la benedictina Santa Gertrudis de Helfta) y mucho más aún desde el siglo XVII, con motivo de las apariciones a la religiosa salesa santa Margarita María Alacoque en Paray-le-Monial.
El culto del Corazón de Jesús no es mera sensiblería beata de épocas pasadas, como muchas veces se ha querido decir, quizá en parte también por algunas desviaciones y malentendidos. Bien al contrario, y como han recordado varios Papas de la época contemporánea, en el Corazón de Jesús está simbolizado todo el Amor de Dios, de un Dios que por amor a los hombres ha querido encarnarse para redimirles del pecado y devolverles la dignidad perdida. En el Corazón de Jesús está expresado el supremo Amor del Redentor, un amor capaz de entregarse hasta la muerte, pues «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Y es que Jesucristo, Dios hecho hombre, ha querido hacer a todos los hombres sus amigos; más aún: sus hermanos.
El evangelista san Juan nos desvela ya el misterio de este Corazón cuando, estando al pie de la Cruz en el Calvario, observa cómo un soldado romano, viendo que Jesús ya estaba muerto, le traspasó el costado con una lanza y al punto salió sangre y agua. Cristo entonces lo entregó todo, nos dio todo su Amor y nos descubrió que la vía de su Humanidad nos permite llegar a lo íntimo de su Divinidad: penetrando por la llaga de su costado, podemos alcanzar su Corazón y sumergirnos en la inmensidad del Amor divino.
El mismo san Juan, en la Última Cena, ya había reclinado su cabeza sobre el pecho de Jesús, enseñándonos así a dejar reposar nuestras vidas en Él y escuchar los latidos de un Corazón que arde de amor hacia nosotros. Es Ese el Corazón que se enterneció y compadeció ante la viuda de Naím, quien acababa de perder a su hijo único, y para la cual decidió resucitárselo; es el Corazón que llora ante la muerte de su amigo Lázaro y también lo resucita, alcanzando así el consuelo y el gozo de Marta y María de Betania; es el Corazón lleno de delicadeza que se preocupa de que a la hija de Jairo, igualmente resucitada por Él, le den de comer; es el Corazón, en definitiva, que nos llama a resucitar en esta vida apartándonos del pecado que nos destruye y que nos invita a resucitar gloriosamente para la eternidad.
Si los hombres comprendiéramos el Amor infinito que late sintetizado en el Corazón de Jesús y que solo nos está pidiendo corresponderle con todo nuestro amor, podemos estar seguros de que, entre otras cosas, viviríamos más en paz con nuestros hermanos. Quien ama de veras a Jesús, se convierte en un constructor de justicia en la Tierra y en un predicador de esperanza para el Cielo. Quien ama de veras a Jesús, aun en medio del sufrimiento, se siente lleno de alegría.
  • Fray Santiago Cantera Montenegro O.S.B. es el prior del Valle de los Caídos
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