06 de octubre de 2022

Mario Arroyo en Calcuta

Mario Arroyo en Calcuta

De consultor del BBVA a voluntario: «¿Y si dejo todo y me voy a Calcuta?»

Mario Arroyo trabajaba para una consultora del BBVA, hasta que un día decidió dejarlo todo para descubrir su verdadera vocación

Dejar una vida para dedicarla a servir. «A mi me lo hicisteis» decía siempre la Madre Teresa de Calcuta. Mario Arroyo grabó con fuego esta frase en su corazón, dejando Madrid y una consultoría para dedicarse a lo que realmente le llena: dar su vida por los demás. Mario, aunque dice entre risas que «no soy ningún santo» hace un hueco a El Debate entre el Bronx y Nairobi para contar su historia y dar testimonio de una vida entregada al prójimo.
«La decisión de dejar todo y marchar a hacer voluntariados nace por medio de un sacerdote que estaba de misiones en Egipto. A mí me nació mucho la curiosidad de querer conocer esa misión en un retiro en Salamanca, donde tuve la oportunidad de escuchar su testimonio. Preparé todo para irme. Cuando todo estaba hecho tuve que anularlo porque el sacerdote llamó desde Egipto que no podía ir. Este sacerdote estaba muy perseguido y anulé el viaje. Él tuvo que salir del país porque estaba amenazado de muerte», recuerda Mario sobre su primer contacto con el que hoy en día es su mundo.
Mario Arroyo

Mario Arroyo

Mario cuenta como él había escuchado hablar de la Madre Teresa de Calcuta, pero sin interiorizar ni en su vida ni en su obra. Aun así, partió para Cork, en Irlanda. Allí compartió vida y experiencias con personas drogodependientes, lo que le «aportó muchísimo tanto humanamente como espiritualmente». Mario seguía trabajando en una consultora para el BBVA, viviendo en Madrid cómodamente en su puesto de analista, pero dedicaba sus vacaciones al voluntariado. El verano siguiente partió hacia Setúbal, en Portugal, a otra casa de las Misioneras de la Caridad que cuidaban niños con discapacidad.
Volvió a Madrid y vio que Dios le pedía más. Se le vino a la cabeza una imagen: San Francisco Javier y Calcuta. «Bromeando con un amigo delante de una estatua de san Francisco Javier le dije: ¿te imaginas que dejo todo y de aquí a unos meses estoy en Calcuta?» cuenta Mario. Lo que empezó como un comentario bromista, acabó convirtiéndose en su vida. A los meses dejó la consultora y estaba pisando el suelo de Calcuta.
Mario Arroyo

Mario Arroyo

Mario relata entre risas cómo ya la llegada al aeropuerto fue digna de película: «Había perros por todos lados, de hecho un gato me selló el pasaporte». Este voluntario dice que Calcuta es de los pocos lugares del mundo donde la gente «nace, vive y muere en la calle». Él lo vivió en sus propias carnes: «Al tercer día de llegar a Calcuta un hombre murió en mis brazos». Él hacía vida con las Misioneras de la Caridad. Iba a misa, tenía sus ratos de oración y ayudaba a los más pobres de entre los pobres.

La gente allí había perdido su sentido de la dignidad. No se creían merecedores de nadaMario ArroyoVoluntario

Vivió durante dos años en Calcuta. Volvió a España y el voluntariado le seguía llamando. Se recorrió medio mundo ayudando a las personas y no solo materialmente, sino con sonrisas y palabras, porque «la pobreza no es solo material». De esto Mario fue plenamente consciente en el Bronx: «La gente allí había perdido su sentido de la dignidad. No se creían merecedores de nada. Yo les decía: '¿Por qué no vais a dar un paseo por Manhattan?', pero ellos no querían. Les avergonzaba salir de dónde estaban».
Para Mario «la pobreza en el mundo no la puedes cambiar, pero sí que puedes cambiar ciertos momentos de la vida de esas personas para que sea más feliz». Describe como algunos de los voluntarios, aportando dinero durante años, consiguieron hacer una pequeña casita para algunas personas de la calle. «La mamá de uno de ellos murió hace poco. Este chico debe tener unos 18 años y tiene un pequeño quiosco allí donde vende comida».
Mario Arroyo

Mario Arroyo

«El voluntariado es el encuentro con Jesucristo a través de otras personas y el intentar ayudar y hacer el bien. Todos somos hijos de Dios, todos tenemos una dignidad grande. Creo que la mayor pobreza en la que las personas pueden caer en pensar en que han perdido esa dignidad. Aunque seamos pobres, somos hijos de Dios y eso nos da una dignidad inmensa. A ojos de Dios todos somos ricos, muy ricos».
Tuvo que volver a su ciudad natal por la enfermedad de su padre. Aun así esto no le frenó del todo y siguió organizando voluntariados para los jóvenes de la parroquia de San Ildefonso de Talavera de la Reina. Tras una vida en la que Mario cambió los números por gasas para los leprosos, los atascos de la capital por muertos por las calles, el traje de chaqueta por ropa desgastada, Madrid por Calcuta, su vida entera por los demás, recuerda siempre la frase de la Madre Teresa de Calcuta, contándola con los cinco dedos de la mano: «A mí me lo hicisteis».
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