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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo»

El que se sabe amado no coacciona, no grita, no necesita usar la violencia —ni física, ni verbal, ni moral— para que triunfe la verdad

Con estas palabras, Jesús nos ofrece la paz como un don que el corazón humano anhela desde siempre y que no lo encuentra en las fórmulas del mundo. Porque la paz de Cristo no es la ausencia de problemas, ni el equilibrio que se logra cuando todo va bien. Su paz no depende de las circunstancias exteriores, sino de una certeza interior: la de saberse amado por Dios.

Cuando uno sabe que es hijo, ya no necesita defenderse, pues sabe que el Padre Dios se ocupa de él. La paz de Cristo es una paz desarmada y desarmante, como recordó el Papa León XIV en su primer discurso. El que se sabe amado no coacciona, no grita, no necesita usar la violencia —ni física, ni verbal, ni moral— para que triunfe la verdad. Porque la verdad no se impone: se propone, se entrega, se testimonia. La paz de Cristo brota de una confianza que no teme perder, porque ya ha sido ganado todo. No hay amenaza para quien vive sostenido en el amor del Padre.

Pero esta paz que Cristo da no es ingenua ni ajena a la justicia. Muy al contrario, la paz es fruto maduro de la justicia, como enseña la Escritura. Mientras no vivamos en relaciones justas —con Dios, con los demás, con nosotros mismos—, no puede haber una verdadera paz. No se puede llamar paz a un silencio comprado, ni a una calma lograda por sometimiento o injusticia. La paz cristiana exige que cada uno reciba lo que le corresponde, que se restablezca el orden roto por el pecado, y que aprendamos a vivir reconciliados. Esa paz implica verdad, reparación, perdón.

Y, sin embargo, incluso con el alma justa y reconciliada, seguiremos encontrando en esta vida muchas tribulaciones, pues la paz completa solo puede darse en la vida eterna. La promesa de Cristo no es solo para el tiempo presente, sino también para el descanso final. Allí, en la morada que nos tiene preparada, cesará todo llanto, toda injusticia, toda lucha interior. Allí, la paz será plena, porque no habrá ya nada que perturbe la comunión con Dios.

Mientras caminamos, la paz de Cristo nos acompaña como anticipo de la eternidad y consuelo. No nos libra del combate, pero sí nos libra del miedo. No nos exime de la responsabilidad, pero sí del rencor. No elimina la cruz, pero nos enseña a llevarla en paz. Porque si Él está con nosotros, ¿quién contra nosotros?