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Mañana es domingoJesús Higueras

Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas

Uno de los mayores riesgos que nos acechan hoy es vivir una comodidad indolente que adormece el alma. A veces, se disfraza de bienestar; otras, de derechos adquiridos o de calidad de vida

«Tened ceñida la cintura y encendidas vuestras lámparas» (Lc 12,35). Con esta expresión, Jesús no está hablando solo a sus discípulos de hace veinte siglos, sino a nosotros, personas que vivimos un tiempo que, por el desarrollo tecnológico, hemos hecho del confort nuestra gran aspiración. En una sociedad en la que, en general, el esfuerzo se considera un castigo y el descanso se identifica con no hacer nada, esta palabra del Evangelio suena contracultural, incluso incómoda. Pero quizá, precisamente por eso, es profundamente verdadera.

Uno de los mayores riesgos que nos acechan hoy es vivir una comodidad indolente que adormece el alma. A veces, se disfraza de bienestar; otras, de derechos adquiridos o de calidad de vida. Pero en el fondo, puede convertirse en una trampa que nos impide crecer, entregarnos, vivir con pasión y hacernos responsables del mundo y de los otros. Jesús, en cambio, nos invita a vivir en tensión amorosa: con la cintura ceñida —como quien está dispuesto a caminar, a servir, a responder con prontitud— y con la lámpara encendida —como quien no se resigna a la oscuridad, sino que vela, espera y ama con intensidad—.

La comodidad no forma parte del Evangelio. La vida cristiana es un camino, y por eso implica siempre un movimiento interior que requiere disciplina, voluntad, esfuerzo y perseverancia. No se trata de caer en el activismo ni de convertirnos en personas rígidas, sino de comprender que el amor verdadero se demuestra con obras. Y esas obras, a menudo, suponen superar la pereza, salir del propio círculo de intereses personales, y emplear las propias fuerzas en bien de los demás.

Si no vivimos la vida como un reto, como una misión que nos empuja a ensanchar el corazón cada día un poco más, seremos cómplices de una sociedad blanda, indiferente, apática. Una sociedad que evita el sacrificio, que no quiere implicarse, que huye del sufrimiento, que se protege en su espacio de confort y que se desentiende del prójimo. Una sociedad así no solo pierde vigor, sino que se vuelve incapaz de responder a los grandes desafíos de la historia.

Antiguamente, a esta actitud se le llamaba pereza. Hoy podríamos hablar también de comodidad espiritual: no rezar, no enfrentarse a las propias preguntas, no discernir, no implicarse en la vida del otro. Pero el Evangelio nos urge: estar en vela significa vivir despiertos, con el alma alerta, atentos a la voz de Jesús que cada día llama a nuestra puerta.

Porque el Señor no se cansa de pedirnos que demos lo mejor, y ese «mejor» siempre tiene el rostro concreto de aquel que está con el que sufre, el que necesita, el que espera.