Por qué la Iglesia no vende sus tesoros y otros tópicos
¿Cómo maneja la Iglesia el dinero?; ¿paga impuestos?; ¿por qué no predica con el ejemplo y vende los tesoros del Vaticano?; ¿no mercadearon algunos predicadores con la salvación vendiendo indulgencias?
La creación de los astros y las plantas es el segundo fresco de la bóveda de la Capilla Sixtina del Génesis que pintó Miguel Ángel.
Corre con frecuencia el bulo de que la Iglesia en España es una privilegiada porque no paga impuestos. Nada más falso. Primero, porque la Iglesia sí paga impuestos, como el IBI (Impuesto sobre Bienes Inmuebles) de locales no destinados a un uso religioso -caso de un garaje, por ejemplo- o las tasas municipales. Está exenta, eso sí, de pagar el IBI general, pero igual de exenta que los partidos políticos, los sindicatos, las fundaciones, las federaciones deportivas, las embajadas, los inmuebles destinados a usos religiosos de hebreos, musulmanes o evangélicos y otras instituciones en virtud de la Ley de Mecenazgo. Comparte con ellas el régimen fiscal especial para entidades sin fines lucrativos. No se trata, pues, de un privilegio sino de una exención fiscal, que no es lo mismo.
Es cierto que la Iglesia atesora un importante patrimonio artístico, lo que lleva a algunos a preguntar por qué no se desprende del mismo y da el dinero a los pobres. Para empezar, no son «tesoros de la Iglesia, sino que son los tesoros de la humanidad» como dijo el Papa Francisco, entrevistado por la revista Straatnieuws. «Si yo mañana digo que La Piedad de Miguel Ángel sea subastada no se podría hacer porque no es propiedad de la Iglesia. Está en una iglesia, pero es de la humanidad» añadió. Si la Capilla Sixtina se vendiera y pasara a manos privadas, la humanidad perdería la opción de seguir disfrutando de esa obra de arte. «El patrimonio de la Iglesia no son tesoros escondidos sino lo que todo el mundo ve y disfruta» indica a La Antorcha Diego Zalbidea, profesor de Derecho Patrimonial Canónico.
Vender esos bienes supondría no respetar «la voluntad de muchas generaciones de cristianos y otras personas que se los dieron a la Iglesia con la finalidad de que los pusiera al servicio de su misión. La Iglesia está comprometida y gasta muchos recursos en conservar esos bienes por la conciencia que tiene de que es un legado de nuestros antepasados y hay que entregarlo íntegro a las generaciones futuras» añade Zalbidea. Hasta diecinueve gremios de Chartres, por ejemplo, donaron dinero y trabajo para embellecer las vidrieras de su catedral, joya del gótico francés, apostilla Javier Olivera Ravasi. Gremios de tejedores, panaderos, curtidores, farmacéuticos y hasta… de prostitutas.
En la mayoría de los casos esos bienes generan empleo y crecimiento no a la Iglesia sino a los territorios en que están enclavados, como se puede comprobar consultando la Memoria de actividades de la Conferencia Episcopal. De hecho, el patrimonio -material e inmaterial- de la Iglesia en España, compuesto por los 3.161 bienes de interés cultural (BIC), genera el 3 % del PIB del país.
Y «enajenar directamente esos bienes no serviría para solucionar los graves problemas que aquejan al mundo (pobreza, el hambre, la guerra o la falta de acceso a la educación, entre otros)» apostilla Diego Zalbidea, «entre otras cosas, porque no son problemas únicamente económicos». De ahí que resulten demagógicos titulares sobre la capacidad de las diócesis españolas o de la Santa Sede para resolver de un plumazo la pobreza en España o en el mundo. Aun así, la Iglesia hace «una gran labor social, humana y divina, gracias al uso racional y eficiente de sus fondos y de su gran patrimonio que son las personas».
Vaticano: las cuentas claras
Es verdad que el Vaticano no se ha librado de escándalos financieros por el mal uso que del dinero han hecho determinados eclesiásticos. Pero los últimos pontífices han impulsado reformas para poner orden. Benedicto XVI creó la Autoridad de Supervisión e Información Financiera (ASIF); y Francisco centralizó la gestión con la Secretaría de Economía. Esta publica los balances de cuentas, supervisa ingresos y gastos —debiendo autorizar cualquier desembolso extra superior a los cien mil euros— y elabora los presupuestos de la Santa Sede. La aprobación de estos últimos depende del Consejo de Economía, compuesto por ocho cardenales y siete laicos, profesionales de la gestión empresarial. Con estos dos organismos se ha logrado controlar unas cuentas que estaban dispersas entre los dicasterios o ministerios que forman la curia.
El Papa Bergoglio reforzó además la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA), creada por Pablo VI. Es la encargada de administrar los ingresos y los gastos de la Santa Sede. La principal fuente de ingresos son las donaciones externas. La mayor parte proceden del Óbolo de San Pedro, colecta anual entre las diócesis y los católicos de todo el mundo para el sostenimiento económico del papa.
Las donaciones de los fieles son finalistas, es decir, el dinero se da para un fin concreto y no se puede destinar a ningún otro. Eso supone que hay dicasterios con superávit —como el dedicado a las misiones—, en tanto que otros son deficitarios. Se está intentando promover la captación de fondos para los fines genéricos, con el fin de poder redistribuirlos allí donde sea necesario.
Los ingresos financieros, que en 2023 supusieron cuarenta y cinco millones de euros, proceden en buena parte de la aportación del Instituto para las Obras Religiosas (IOR), conocido como el Banco Vaticano, que gestiona inversiones a partir de donaciones. En cuanto a los gastos de la Santa Sede, la mayor parte se dedica a costes de personal. En 2024, Francisco urgió la necesidad de alcanzar el déficit cero en cada uno de los dicasterios, bajando el salario de los purpurados. Francisco creó, además, en 2015 la figura del Auditor General, a fin de vigilar las finanzas tanto del Estado vaticano como de la Santa Sede.
Venta de indulgencias
En el siglo XVI, algunos predicadores indujeron al error al hacer pensar que se podía comprar la salvación, mediante el pago de indulgencias, para quitarse tiempo de purgatorio. Nada más lejos de la realidad. Dice el Catecismo (cfr. números 1032, 1471 y 1478) que la indulgencia es «la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia. […] Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar a los difuntos las indulgencias». Esas condiciones son confesarse, comulgar y rezar por el romano pontífice.
Cuando se predicaron las indulgencias para obtener fondos con los que financiar las obras de la basílica de San Pedro, el dominico Johann Tetzel confundió a muchos fieles en Alemania, «con sus excesos verbales y retóricos, al hacerles pensar que se podían obtener las indulgencias, incluso fuera del estado de gracia y tan solo pagando» explica a La Antorcha el catedrático de Teología Sistemática, Pablo Blanco. A Tetzel se le atribuye la frase: «Al sonar la moneda en la cajuela, el alma del fuego al paraíso vuela».
Ante esto reaccionó el fraile agustino Martín Lutero con las famosas noventa y cinco tesis que publicó en Wittenberg, en 1517; pero incurrió en un error mayor, «al negar toda mediación sacerdotal entre Dios y el pecador que, de acuerdo con la doctrina luterana, no sería necesaria» indica Alfred Sonnenfeld, doctor en Medicina y Teología. Se iniciaba de esta forma la reforma protestante.
No hay que olvidar el contexto personal de Lutero. Atormentado por sus pasiones y angustiado por el miedo al infierno, llegó a la conclusión de que el hombre nada puede hacer por salvarse, porque está predestinado. De modo que no se justifica por las obras sino solo por la fe. No son necesarios, por tanto, los sacramentos. Su protesta por las indulgencias era un pretexto para dar rienda suelta a su herejía.
Martín Lutero, quemando públicamente la bula condenatoria de León X
«Si se analiza más despacio todo el proceso -puntualiza Pablo Blanco-, esto no es más que una anécdota histórica, en fatídica coincidencia con la causa de la Reforma auspiciada por Lutero. En realidad, el origen de la reforma es sobre todo teológico. Lutero estaba obsesionado con su propia salvación. Por eso reinterpretó el pasaje de Romanos 1, 17 «el justo vive de la fe» por «el justo vive de la sola fe». Realizó así una revisión de todo el cristianismo a partir de este principio, por el que solo importaba la fe, la gracia, la Escritura o la gloria de Dios, sin sus principios complementarios como las obras o la caridad, la naturaleza, la tradición o la libertad».
Paradójicamente, después de haberse rasgado las vestiduras por los abusos de las autoridades eclesiásticas de Roma, fueron «los príncipes alemanes (y después los poderosos de otras naciones) los primeros beneficiados por la reforma protestante, pues pudieron hacerse con todos los bienes eclesiásticos» añade Blanco.
Artículo publicado originalmente en 'La Antorcha', revista de la Asociación Católica de Propagandistas.