La Flor de Pascua está integrada en el imaginario español desde hace siglos
Por qué el abeto, el muérdago y la flor de Pascua son las plantas típicas de la Navidad
En cuanto a la flor de Pascua, su incorporación a la decoración navideña se remonta al Virreinato de Nueva España, cuando las misiones franciscanas en México comenzaron a usarla con fines ornamentales
Abeto, muérdago y flor de Pascua conforman la llamada «trinidad» vegetal que, año tras año, se repite en los hogares durante el período navideño. Se trata, tal y como ha recordado la Agencia EFE, de las especies más populares vinculadas a estas fechas, procedentes de tradiciones muy diversas y cuyo uso ornamental suele estar asociado a creencias religiosas, simbólicas o rituales que han perdurado a lo largo del tiempo.
Junto a estas plantas ampliamente reconocibles, existen otras que también forman parte del imaginario navideño, aunque con una presencia más discreta. El acebo es una de ellas. Ya en la antigua Roma se utilizaba durante las festividades de la «Saturnalia», celebraciones del solsticio de invierno dedicadas al dios Saturno. Sus características bayas rojas se interpretaban como una referencia al sol nuevo, ya que el color rojo ha estado históricamente ligado al astro rey y a la renovación de la luz tras los días más cortos del año.
A este conjunto se suman especies como el musgo, elemento imprescindible en cualquier belén tradicional; el romero, habitual en centros de mesa y arreglos florales como símbolo ancestral; o el cactus de Navidad, una planta que prospera en ambientes húmedos y sombríos y que sorprende con una floración invernal de tonos intensos y llamativos.
Pese a esta variedad, el abeto se ha consolidado como la planta navideña por excelencia. Su hoja perenne lo vinculó desde antiguo con conceptos como la inmortalidad, la fertilidad y la continuidad familiar entre los pueblos europeos, especialmente en el contexto de la festividad de Yule, nombre con el que se conocía la celebración del solsticio de invierno.
El abeto reemplaza al robles
El protagonismo del abeto se reforzó tras desplazar al roble, considerado árbol sagrado en numerosas culturas paganas. Este cambio se produjo a raíz de las campañas de evangelización impulsadas por el ejército franco bajo la coordinación de San Bonifacio en el siglo VIII. El episodio más conocido de este proceso fue la tala del Roble de Thor, en el norte de la actual región alemana de Hesse. Al no producirse la esperada reacción del dios nórdico contra el misionero, muchos paganos aceptaron el bautismo.
Existen evidencias de que los pueblos precristianos ya decoraban árboles mucho antes de Martín Lutero
Algunas tradiciones sostienen que fue Martín Lutero quien propuso adornar el abeto con velas para reproducir el brillo de las estrellas que observó entre sus ramas. No obstante, existen evidencias de que los pueblos precristianos ya decoraban árboles mucho antes, como parte de rituales estacionales. Su expansión definitiva llegó en el siglo XIX y, en el caso de España, su uso se generalizó sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX.
El muérdago está estrechamente ligado a la diosa Freya, figura central de la mitología nórdica asociada al amor, la fertilidad, la prosperidad y la belleza, pero también a la magia y la guerra. Su relevancia cultural queda reflejada incluso en el calendario, ya que el viernes recibe su nombre en diversas lenguas europeas en honor a esta divinidad, como «Friday», «Freitag» o «Fredag».
Colgar muérdago en el hogar era considerado una forma de atraer alegría y protección. Aunque la costumbre del beso bajo esta planta se difundió principalmente en los siglos XVIII y XIX, las creencias vinculadas a ella llegaron a la Península Ibérica mucho antes, con las invasiones germánicas de suevos, vándalos, alanos y, especialmente, visigodos desde el siglo V.
Aun así, la imagen popular del muérdago se asocia hoy de manera preferente a los rituales de los druidas celtas, descritos a menudo como «primos» de los sacerdotes germanos. Estos recolectaban la planta en momentos concretos del año, sobre todo de los robles, y la utilizaban también con fines medicinales.
Imagen de un acebo
La ciencia moderna ha confirmado que las propiedades químicas y farmacológicas del muérdago varían según el árbol al que parasita. Así, el que crece en robles presenta una mayor concentración de determinados compuestos anticancerígenos, mientras que el que se desarrolla en manzanos ha sido empleado tradicionalmente en tratamientos cardiovasculares.
Origen de la flor de Pascua
En cuanto a la flor de Pascua, su incorporación a la decoración navideña se remonta al Virreinato de Nueva España, cuando las misiones franciscanas en México comenzaron a utilizarla con fines ornamentales. Desde allí, su uso se extendió al conjunto del mundo hispano y, en la actualidad, Almería se mantiene como uno de los principales centros de producción a nivel mundial.
Durante el siglo XIX, su intenso colorido atrajo la atención del político y botánico estadounidense Joel Roberts Poinsett, enviado especial de EE.UU. en México, quien difundió esta tradición en su país y rebautizó la planta con su apellido, dando lugar al nombre de poinsetia.
Pese a la creencia popular de que es una planta de corta duración, los expertos de la campaña «Stars for Europe», financiada por la UE, aseguran que puede mantenerse durante largos periodos con los cuidados adecuados. Tras su floración invernal, «es normal que la planta pierda sus brácteas de colores y entre en una fase de reposo que suele prolongarse hasta abril» y, durante ese tiempo, «apenas necesita atenciones», más allá de situarla en un espacio fresco y luminoso, con temperaturas de entre 15 y 18 grados y riegos moderados.
A partir de septiembre, para recuperar su característico color, debe someterse a «un proceso de oscuridad controlada durante un período de entre seis y ocho semanas», permaneciendo «entre 12 y 14 horas diarias a oscuras, sin recibir absolutamente ninguna fuente de luz». De este modo, la flor de Pascua vuelve a desplegar todo su atractivo en la siguiente Navidad.