Fotograma de 'El festín de Babette'
Banquetes que enseñan: cuando la comida trasciende y la mesa se convierte en ejemplo de convivencia cristiana
Desde el mejor vino en Caná hasta la naturalidad de santa Teresa ante un plato bien servido, la tradición cristiana ha entendido siempre la celebración de la alegría de vivir, algo que la Navidad vuelve a poner en primer plano
¿Cuál es una de las tradiciones más comunes de la Navidad en todo el mundo? Banquetear. La tradición de nuestra fe encuentra en la mesa uno de sus espacios más significativos. Jesucristo, en su paso por la tierra, eligió precisamente ese escenario para manifestar su divinidad y su humanidad más profunda. Su primer milagro fue la multiplicación del vino en unas bodas, y su acto final de amor, antes de la Pasión, se selló en la Última Cena. Incluso el Reino de los Cielos no lo comparó con una simple comida ni con un entrante ligero, sino con un gran banquete de bodas (Mt 22, 2).
Es en la mesa donde Jesús manifiesta también una sobreabundancia en el dar: multiplicando panes y peces para la multitud y haciendo que aún sobren; ofreciendo en Caná un vino de mejor calidad, incluso mejor que el servido al inicio; o compartiendo el pan incluso con quien, minutos después, habría de traicionarle. Esa mesa, abierta tanto al amigo como al traidor, refleja la caridad cristiana como un gesto de acogida y entrega que no excluye a nadie.
Esta visión de la mesa ha moldeado la identidad de Occidente. No es coincidencia que los países con una tradición católica más arraigada, como España, Francia o Italia, sean precisamente aquellos que más han desarrollado la cultura del paladar y el arte de la cocina. En estos lugares, la gastronomía se entiende como un don que debe ser cultivado.
Santa Teresa de Jesús, fiel a su estilo, lo resumió con una naturalidad aplastante cuando ante el escrúpulo de sus monjas por comer unas perdices escabechadas en casa de un noble, sentenció: «Hijas, cuando perdiz, perdiz; y cuando penitencia, penitencia». La santa abulense comprendía que disfrutar de lo bueno, cuando toca celebrar, es también una forma de alabar al Creador. Una misa idea que se refleja siglos después en obras como El festín de Babette, la película predilecta del difunto Papa Francisco, donde el cuidado meticuloso por cada detalle logra romper las barreras del puritanismo y cambiar la vida de los comensales.
El festín de Babette
El sentido cristiano de la abundancia
La historia presenta a Babette, una mujer francesa que llega huyendo de la guerra a una remota aldea de Dinamarca, donde es acogida calurosamente por dos ancianas hermanas —Martina y Philippa—, cuyo padre era el fundador de una comunidad luterana y cuyas hijas le sucederán, tras su muerte, en la guía espiritual de los feligreses, marcada por una rigidez que a menudo confunde la fe con la renuncia a todo lo sensible y placentero, renunciando ellas mismas a cualquier posibilidad de disfrute de su propia felicidad.
Un día, Babette gana un premio de lotería y decide gastar todo su dinero en preparar un banquete extraordinario para las dos hermanas y los feligreses, quienes quieren organizar una pequeña fiesta en honor del padre fundador. Babette no escatima en detalles: hace traer de su añorada Francia vinos, champanes, carnes, pescados, caviar, quesos, frutas e ingredientes exquisitos.
Al cuidar con un esmero meticuloso cada elemento —la elección del vino para cada plato, los entrantes, la armonía no solo de los ingredientes que componen cada plato, sino también la secuencia de estos hasta llegar al postre—, Babette introduce en esa comunidad gris una sobreabundancia de belleza que ellos no sabían que necesitaban. El impacto de la cena es tal que logra lo que años de sermones no consiguieron.
«Cuando perdiz, perdiz»
Un detalle significativo de la película es que Babette siempre lleva colgando una cruz al cuello, un símbolo discreto de su fe cristiana en medio de una comunidad luterana caracterizada por el pesimismo y la desconfianza hacia lo humano, que contempla lo material, el gozo y el placer con recelo, e incluso los rechaza en gran medida. De hecho, en un momento de la película, los feligreses contemplan la posibilidad de que Babette no prepare la cena temiendo que los expondría a graves pecados.
Sin embargo, la fe de Babette la lleva a una valoración positiva y alegre del ser humano y de los placeres de la vida, mostrando que la fe puede ser también celebración, generosidad y belleza, incluso en los actos más cotidianos, como compartir una mesa cuidadosamente preparada.
Romper el puritanismo del rigor cotidiano permite descubrir que el disfrute del buen paladar, lejos de ser un pecado, se convierte en un auténtico vehículo de comunión. Al sentarse a la mesa y experimentar la gratuidad y el cuidado puestos en cada detalle de la comida, los comensales sienten cómo sus vidas se transforman, cómo se suavizan asperezas y se abren a la generosidad del otro.
Una mesa bien pensada tiene el poder de ablandar los corazones y reconstruir los puentes que la rutina o el conflicto habían derribado. Al compartir el pan, uno en cierta forma imita al Maestro que quiso reunir a sus amigos en torno a una cena para decirles cuánto los amaba.