San Francisco de Asís, Rubén Darío y «Los motivos del lobo»
El poeta modernista se basó en la historia 'Cómo San Francisco amansó, por virtud divina, un lobo ferocísimo', para elaborar un bellísimo –y duro– poema
San Francisco de Asís y el lobo de Gubbio
Se han iniciado ya las conmemoraciones del VIII centenario del fallecimiento de San Francisco de Asís (1226-2026), fundador de la Orden Franciscana y una de las grandes figuras de la espiritualidad en la historia de la cristiandad.
Desde el siglo XIV circula un texto anónimo titulado Las florecillas de San Francisco, compilación de relatos breves sobre la vida del santo y sus primeros seguidores. En uno de sus capítulos, concretamente en el 21, titulado Cómo San Francisco amansó, por virtud divina, un lobo ferocísimo, se relata el milagro de san Francisco acaecido en el pueblo italiano de Gubbio (región de Umbría, en la provincia de Perugia).
Inspirándose, sin duda, en este relato, Rubén Darío compuso Los motivos del lobo, un duro alegato sobre la maldad que anida en el fondo del corazón humano. El poema de Darío tiene, no obstante, un final diferente al recogido en el texto medieval: en el poema, el lobo apaciguado en su ferocidad por el santo, vuelve a recuperar su condición dañina, tras comentarle al santo que los peores pecados son consustanciales a la naturaleza humana; en cambio, en el texto medieval el lobo convive pacíficamente con los habitantes de Gubbio, cumpliendo la promesa dada al santo de cesar en su violencia habitual, y muere de viejo a los dos años.
Reproducimos completo el largo poema, una muestra de la belleza plástica de la estética rubeniana.
'Los motivos del lobo'
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
el lobo de Gubbia, el terrible lobo.
Rabioso ha asolado los alrededores,
cruel ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertes y daños.
Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.
Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: -¡Paz, hermano
lobo! El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: -¡Está bien, hermano Francisco!
¡Cómo! -exclamó el santo-. ¿Es ley que
/tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial? Y el gran lobo, humilde: -¡Es duro el
/invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque
/helado
no hallé qué comer; busqué ganado,
y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
Y no era por hambre, que iban a cazar.
Francisco responde: -En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gentes en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!
-Está bien, hermano Francisco de Asís.
-Ante el Señor, que todo ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.
Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, baja la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.
Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus vastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba en las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso
/galgo.
Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo
/probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.
Otra vez sintiose el temor, la alarma
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio tregua a su furor jamás,
como si tuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.
Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos lo buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.
Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.
-En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote, dijo, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto
/al mal?
Contesta. Te escucho.
Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:
-Hermano Francisco, no te acerques
/mucho...
Yo estaba tranquilo allá en el convento,
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía. Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y
/perra,
y un buen día todos me dieron de palos.
Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos
/bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
Y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tiene que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.
El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: Padre nuestro, que están en los
/cielos...
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Tomado del volumen 'Poema de otoño y otros poemas' (Madrid, editorial Espasa-Calpe, 1965, 5.ª edición. Antigua Colección Austral, núm. 282).
Apoyo léxico
Lis: Lirio.
Querube (querub y querubín): Persona de singular hermosura (serafín).
Torvo: Fiero, espantoso; de mirada terrible a la vista.
Sayal: Prenda de vestir hecha con tejido muy basto labrado de lana burda.
Encono: Animadversión, rencor arraigado en el ánimo.
Luzbel: Nombre dado a veces a Lucifer, es decir, al demonio.
En veces: A veces; locución adverbial: por orden alternativo.
Melificar: Dulcificar, infundir delicadeza.
Montaraz: Que anda o está hecho a andar por los montes o se ha criado en ellos. Se dice del genio y propiedades agrestes, groseras y feroces.
Salmo: Composición o cántico que contiene alabanzas a Dios; especialmente, los salmos de David.
Lego: En los conventos de religiosos, el que siendo profeso, no tiene opción a las sagradas órdenes.
Probo: Honrado.
Saña:. Furor, enojo ciego.
Moloc(h): Supuesta divinidad cananea, mencionada en la Biblia en relación con sacrificio de niños, con consagración por el fuego.
Satanás: En la tradición judeocristiana, Príncipe de los demonios.
Infame:. Muy malo y vil en su especie.
Alimaña: Animal despreciable.
Conjurar: Rogar encarecidamente.
Risco: Peñasco alto y escarpado, difícil y peligroso para andar por él.
Breve comentario explicativo del texto de Rubén Darío
Los motivos del lobo es un poema de típica factura modernista, que encierra una pesimista concepción de la naturaleza humana y de la vida social. Un terrible lobo está sembrando la muerte en Gubbia. Francisco de Asís le reprueba su conducta y obtiene de él la promesa de que sus carnicerías cesarán. Pero, ausente el santo, el lobo vuelve a atemorizar a los aldeanos con su crueldad. Cuando Francisco de Asís va a pedirle explicaciones de por qué rompió su promesa de convivir pacíficamente con las gentes del pueblo, el lobo se justifica argumentando que él mismo ha podido comprobar cómo los peores pecados capitales y la crueldad son consustanciales al hombre. El santo de Asís, al oír por boca del lobo que la maldad de los hombres es muy superior a la de las fieras, se limita a callar y, llenos los ojos de lágrimas, regresa a su convento con un Padrenuestro en los labios.
Estos son los recursos expresivos empleados por Darío -solo comentamos los quince primeros versos del poema-, por lo demás habituales en la estética modernista:
- Léxico de gran musicalidad potenciada por los efectos rítmicos de los versos: «El animal / contempló al varón de tosco sayal; / dejó su aire arisco, / cerró las abiertas fauces agresivas, [...]» (versos 24-27); «y a más de uno vi / mancharse de sangre, herir, torturar, / de las roncas trompas al sordo clamor, / a los animales de nuestro Señor» (versos 47-50); etc.
- Aliteraciones fuertemente expresivas. De ellas se sirve Darío -por ejemplo- para oponer, en los once primeros versos, la espiritualidad de Francisco de Asís a la ferocidad del lobo de Gubbia. Y así, la aliteración del fonema /i/ en el verso 3 («el mínimo y dulce Francisco de Asís») sugiere la necesaria suavidad para caracterizar la figura del santo. En cambio, la aliteración de la f en sílaba tónica (en el verso 6: «las fauces de furia») y de la b (en el verso 7: «el lobo de Gubbia, el terrible lobo») subrayan la justa dureza que refleja la saña del lobo; y la aliteración de vibrantes (en los versos 12 y 13: «Fuertes cazadores armados de hierros / fueron destrozados») denota la violencia que requiere la expresión de cómo sucumben ante la fiera cuantos intentan darle caza.
- Riquísima adjetivación, colorista y musical. Baste, por ejemplo, con repasar los primeros versos: «mínimo y dulce Francisco de Asís» (verso 3), «rudo y torvo animal» (verso 4), «lobo terrible» (verso 7), «rabioso» (verso 8), «cruel» (verso 9)...; y es que son pocos los sustantivos que no van acompañados del correspondiente adjetivo, antepuesto o pospuesto en función del ritmo acentual de los versos y de las exigencias de la rima.
- Bellas imágenes; como, por ejemplo, las metáforas que simbolizan la pureza del alma de Francisco de Asís: «corazón de lis / alma de querube, lengua celestial» (versos 1 y 2); y que contrastan con otras imágenes de gran plasticidad que presentan al lobo en toda su fiereza: «bestia temerosa, de sangre y de robo, / las fauces de furia, los ojos de mal» (versos 5 y 6).
- Y, en especial, los versos de lograda perfección rítmica (dodecasílabos con cesura en la sexta sílaba y hexasílabos), y combinaciones estróficas muy diversas: los quince primeros versos forman dos tercetos encadenados (ABA, BCBC) y dos serventesios (DEDE, FGFG).
Pero, al margen de los recursos técnicos modernistas, resultan sorprendentes -por su dureza- los fragmentos que muestran la amarga concepción que Darío tiene del hombre y su convencimiento de que el mal es el eje sobre el que gira el mundo; y de ahí que extreme los procedimientos expresivos para subrayar cómo el lobo de Gubbia se escandaliza ante la maldad que anida en el corazón de los hombres, que matan por diversión, que se mueven por egoísmos inconfesables, que pisotean al débil... Y todo ello -eso sí- expresado en un arte refinado de gran belleza plástica.