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La oración de José María Pemán que no pide felicidad, sino asombro para el Año Nuevo

El poema es una súplica al Señor en la que el poeta le pide que el Año Nuevo le traiga la renovación de su espíritu: un hombre nuevo transido de amor

La adoración del Niño Jesús, de Mattias Stomer

La adoración del Niño Jesús, de Matthias Stomer

Oración de Año Nuevo

Señor: para este día
de año nuevo te pido
antes que la alegría,
antes que el gozo claro y encendido,
antes que la azucena
y que las rosas,
una curiosidad ancha y serena,
un asombro pueril frente a las cosas...

Quiero que ante el afán de mi mirada,
enamorada y pura,
todo tenga un misterio de alborada
que me deslumbre a fuerza de blancura.

Quiero ser el espejo con que el río
convierte en gozo nuevo la ribera:
quiero asombrarme del estío
y enamorarme de la primavera.

Señor y Padre mío:
dame el frescor de esta pradera llana,
riégame del rocío
de tu mejor mañana.

Hazme nuevo,
Señor, y ante el cielo, y los campos y la flor,
haz que mi asombro desvelado diga:
Señor... ésta es la rosa, ésta es la espiga...
¡y esto que llevo dentro es el amor!

«Señor y Padre mío»

El poema es una súplica al Señor (de hecho, lleva en su título la palabra «oración») en la que el poeta le pide que el Año Nuevo le traiga la renovación de su espíritu -un hombre nuevo transido de amor (verso 25 y último: «¡y esto que llevo dentro es amor!»)-; un final climático que condensa toda la tensión emocional, por momentos expresada con incontenible vehemencia, manifestada en su desarrollo y, por tanto, concebido como un intenso apóstrofe lírico. La invocación al Señor está presente al comienzo del poema, así como en los versos 22 y 24, en los que actúa como vocativo, recalcando la función conativa de la lengua; y figura también en el verso 17: «Señor y Padre mío»; un verso en el que identificación «Señor/Padre» queda afectivamente realzada por el posesivo pospuesto («Señor y Padre mío»).

El poeta consigue intemporalizar su mensaje y trasladarlo, actualizándolo, al momento en que se sitúa el lector, gracias al empleo del presente, bien de indicativo (al final del verso 2: «te pido»; y con la repetición de la forma verbal «quiero» al principio de los versos 9, 13 y 15, convertida en fórmula de petición: «Quiero [...] que todo tenga [...], / que me deslumbre»; «Quiero ser [...]»; «quiero asombrarme [...] / y enamorarme»); bien de imperativo que, más que un ruego, casi alcanza un carácter entre conminativo y apremiante en los versos 18 («dame»), 19 («riégame»), 21 («Hazme») y 23 («haz»), y en los que el pronombre personal enclítico («me») señala inequívocamente a la primera persona, que es el propio poeta.

Sin duda, el verso 21 («Hazme nuevo») y el 25, que actúa como corolario de este («¡y esto que llevo dentro es el amor!») condensan la actitud del poeta -más bien sus propósitos- ante un Año Nuevo que no necesita fecha en el calendario, y que entronca con el Deus caritas est («Dios es amor»), título, por cierto, de la primera encíclica del Papa Benedicto XVI (2005). Por otra parte, el poeta recurre al paralelismos para difundir un ritmo sosegado que se deriva de las estructuras morfosintácticas reiteradas.

Sirvan como ejemplo, en la primera estrofa, los versos 3 a 5 (e incluso el 6), en los que anafóricamente se repite la locución adverbial «antes que», sin valor temporal y expresando preferencia (y elidida en el verso 6), seguida de un nombre precedido del artículo: «antes que la alegría» (verso 3), antes que el gozo...” (verso 4), «antes que la azucena» (verso 5), y [antes que] las rosas” (verso 6); y, de esta manera, «la alegría», «el gozo», «la azucena» y «las rosas» quedan relegados, para ser reemplazados en las prioridades del poeta por «una curiosidad» (verso 7) y «un asombro» (verso 8), que están en la base de su petición al Señor; unos vocablos con cierta afinidad semántica. Además, en los versos 4 y 7 -ambos endecasílabos-, y acompañando al nombre, el poeta ha empleado una pareja de adjetivos coordinados por la conjunción «y»: «el gozo claro y encendido» (verso 4), «una curiosidad ancha y serena» (verso 7).

En la estrofa segunda, y en el verso 10 -un heptasílabo-, se reitera la construcción bimenbre de adjetivos pospuestos al nombre, originándose un encabalgamiento que comienza en el endecasílabo precedente: «mirada / enamorada y pura». En la estrofa tercera, los versos 15 -un eneasílabo- y 16 -un endecasílabo- también presentan la misma estructura morfosintáctica: «quiero asombrarme del estío» (verso 15) / y [quiero] enamorarme de la primavera” (verso 16, en el que la elipsis hace innecesaria la repetición de la forma verbal «quiero»).

Finalmente, en los versos 24 y 25 -ambos endecasílabos-, se reitera, en enumeración trimembre, la misma estructura sintáctica: «[¡Señor...] ésta es la rosa, esta es la espiga... / ¡y esto [que llevo dentro] es [el] amor!». Y no es casual que la palabra aguda «amor» sea la que cierre el poema, pues sobre ella descansa ese «hombre nuevo» en el que el poeta aspira, con la ayuda del Señor, a convertirse. Por otra parte, ese «asombro pueril ante las cosas...» (verso 8, un endecasílabo con el que se cierra la primera estrofa), entra en clara correspondencia semántica con el verso 23 de la quinta estrofa, otro endecasílabo: «haz que mi asombro desvelado diga:», que complementa el verso 22, un tridecasílabo en el que el polisíndeton realza el valor semántico de los diferentes elementos de la naturalerza enumerados: «Señor, y ante el cielo, y los campos, y la flor»).

«La azucena» (verso 5), «las rosas» (verso 6), «la blancura de la alborada» (versos 12 y 11), «la ribera del río» (versos 14, 13), «el estío» (verso 15), «la primavera» (verso 16), la «pradera llana» (verso 18), «el rocío» (verso 19), «el cielo, y los campos y la flor» (verso 22), «la rosa y la espiga» (verso 24)... Una selección léxica de manifiesta la extremada sensibilidad con que Pemán recoge la perfección que muestra la Naturaleza -como reflejo de Dios-, y que se inscribe en la clásica tradición agustiniana que entronca con el mejor Fray Luis de León.

Desde una perspectiva métrica, el poema está compuesto por cinco estrofas (versos 1-8, 9-12, 13-16, 17-20 y 21-25), en las que se combinan versos heptasílabos y endecasílabos, con algunas excepciones: los versos 6 (pentasílabo: «y que las rosas»), 15 (eneasílabo: «quiero asombrarme del estío»), 21 (tetrasílabo: «Hazme nuevo») y 22 (tridecasílabo: «Señor, y ante el cielo, y los campos, y la flor»).

No obstante, el poeta ha recurrido a rimas consonantes cruzadas en las estrofas 1 a 4: -ía/-ido y -éna/-ósas (estrofa 1), -áda/-úra (estrofa 2), -ío/-éra (estrofa 3), -ío/-ána (estrofa 4). En cambio, la estrofa 5 se acerca a los modelos de las estrofas aliradas, aunque predomine la heterometría de los versos y uno de ellos -el 21- quede suelto. Sea como fuere, el conjunto del poema ofrece una grata musicalidad acorde con su emotivo contenido.

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