Sea usted caritativo con los demás, que a mí no me viene bien
No seré yo quien diga que David Uclés no mueve un dedo por los más necesitados. No tengo la menor idea. Quizás sea una nueva Madre Teresa de Calcuta y aún no lo sepamos. No digo que no. Pero le invitaría, modestamente, a transformar sus buenos sentimientos en realidades
Siempre me ha fascinado esa capacidad que tenemos los humanos para decirle a los demás qué es exactamente lo que deben hacer. Supongo que, en mayor o menor medida, todos la padecemos. Curiosamente, los que más abusan de ella suelen ser, precisamente, los que niegan tenerla. Es aquello que nos recuerda Jesús en el Evangelio de «ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio».
He leído con gusto –como de costumbre– una de las últimas crónicas que Mario de las Heras nos regalaba hace unos días en este diario. En ella, con su habitual ironía fina y su pluma ágil, se refiere al ínclito David Uclés y a una de sus últimas peroratas, cuando pontificaba, con profunda gravedad, adoptando la compostura del que va a pronunciar una verdad contundente, clarificadora, luminosa y nueva, que él «abriría todas las iglesias para que la gente durmiera en ellas».
Está muy bien eso que dice Uclés. Recuerdo la respuesta que acostumbraba a dar el administrador de una empresa a cada empleado que le venía con eso de que tal o cual cosa que había que comprar «no era tan cara»: «Cómo se nota que no la pagas de tu bolsillo». Solía tener una contestación similar cada vez que un departamento le presentaba un presupuesto anual.
Otro amigo me relataba el caso de un señor con mucho dinero al que acudían cada cierto tiempo numerosos emprendedores para presentarle una iniciativa que «seguro que iba a funcionar bien». Cuando le pedían que invirtiera en su proyecto, siempre les preguntaba: «Pero, ¿cuánto dinero tienes?». «Nada, apenas 1.000 euros, y necesito al menos 50.000 para ponerlo en marcha», le respondían. «Bueno, aporta tú esos 1.000 euros, y yo pongo los 49.000 restantes», les proponía. Casi ninguno de ellos volvía a aparecer por su oficina.
Está muy bien eso de ser caritativo con la caridad de los demás. Los otros deberían; la Iglesia debería; la sociedad debería... Huelga decir que es muy cómodo y que, por supuesto, no soluciona nada. Muchos, incluso, reciben aplausos por mostrar sus excelentes sentimientos, aunque luego no muevan un dedo por ponerlos en prácticas. Pero sus palabras quedan muy bien. Como solemos repetir los periodistas, «dan, incluso, para un titular».
No seré yo quien diga que Uclés no mueve un dedo por los más necesitados. No tengo la menor idea. Quizás sea una nueva Madre Teresa de Calcuta y aún no lo sepamos. No digo que no. Pero le invitaría, modestamente, a transformar sus buenos sentimientos en realidades. Que empiece él con el ejemplo y abra las puertas de su casa a todo aquel que se lo pida. Si realmente le preocupa el sinhogarismo, seguro que está dispuesto a hacerlo. No le vaya a ocurrir lo que a esos que repiten que «el Vaticano debería vender todas sus riquezas y dárselas a los pobres», y se enfadan cuando les propones que vendan su casa de la playa y hagan lo mismo...