Uclés ya no tiene quien le escriba
Últimamente, el autor de la novela superventas La península de las casas vacías y reciente Premio Nadal ni siquiera habla (mucho), como si ya lo hubiera dicho todo (varias veces) en todas partes
David Uclés en Barcelona
Hace ya unos días que no se oye mucho de David Uclés. Lo último es que «abriría todas las iglesias para que la gente durmiera en ellas». Su La península de las casas vacías sigue en los primeros puestos de las listas de ventas. Ya son muchos meses, como quince o dieciséis. No ocurre lo mismo con su última novela, Premio Nadal, La ciudad de las luces muertas.
De Uclés, ya se sabe, mayormente se ha oído hablar de lo que dice. Más de lo que escribe. Pero últimamente ya ni siquiera habla (mucho), como si ya lo hubiera dicho todo (varias veces) en todas partes. Como ya no se oye (no tanto) del escritor de moda, se le va a hacer aquí un poco más de sitio, mínimo e intrascendente, para intentar que su dilución no sea tan abrupta.
Y es que ya es mucho tiempo como para que se marche así, sin más. Entre otras cosas, porque no debe de haber mucho más. Es como cuando se va un compañero de trabajo después de un buen tiempo. Resulta chocante. Aunque David (ya hay que llamarle David a no ser que en próximas apariciones haga como Prince: el escritor antes conocido como David Uclés, en protesta por el trato de las editoriales o de los medios) volverá.
A pesar de que no debe de tener ya mucho que ofrecer. Ya sabemos su vida robada como a retazos. Los ha cogido como los dibujos y los ha colocado, como en su última novela collage. En realidad, todo en David es collage. Otro David, Bowie, dijo que utilizaba la técnica del recorte de los dadaístas para superar el bloqueo creativo. Dicha técnica, el «cut-up», consistía en recortar frases o párrafos de textos y reorganizarlos para encontrar inspiración.
Lo que ocurre en Uclés (solo se sospecha) es que el «cut-up» es más bien «copy-paste» en el sentido de que la inspiración es tan común que produciría ternura si el protagonista no hubiera sido tan abiertamente sectario. Un repaso por los comentarios a sus intervenciones en las redes sociales alimentan no el personaje, sino el meme.
Si fuera Oscar Wilde todo el mundo estaría admirado por su verborrea elegante e inteligente, con sus hallazgos o sus observaciones únicas, y no aburrido de escuchar sus reflexiones calcadas o las consignas políticas de otros, manidas, ¡Franco! ya lanzadas con acento suave de Jaén, carentes de cualquier asomo de brillantez, de originalidad o de genio.
Casi da un poco de apuro seguir escribiendo en este plan (el único del que se es capaz) desmontador del personaje, como si fuera uno de esos antiguos cuadernillos para niños de recortes (otra vez casi el «cut-up») donde se podía vestir, poner y quitar las prendas a una figura, superponiéndolas, en este caso la boina, los pantalones anchos, la cuerda para sujetarlos...
Al final se va a quedar el pobre (con los más de 300.000 ejemplares vendidos de su Península ya sabe que no se puede comprar un piso en Madrid) desnudo ahí retratado, sobreimpreso con todo ese imaginario de ser un Miguel Hernández «woke» de la prosa moderna, el intérprete de un papel ya triste, por el que ya se está deseando leer su próxima novela (la del Nadal ya se ha leído y nanay) para ver si tiene algo que decir bien escrito entre todo lo ya dicho, incluido también lo escrito.
Uclés ya no tiene quien le escriba casi como el coronel de García Márquez, el viejo militar en la miseria que espera que le llegue por correo la pensión. Si acaso ya solo por esa quinta futura novela, exprimido el fenómeno hasta la cáscara, donde no quede más que demostrar que hay algo entre la actual nada antes de desaparecer o no.