David decapitando al gigante filisteo Goliat, en uno de los célebres grabados de la Biblia de Gustave Doré en 1866
¿Cómo puede ser que el Dios del Antiguo Testamento sea el mismo que el del Nuevo Testamento?
Muchos pasajes de la Antigua Alianza rechinan a nuestros oídos por su violencia y falta de compasión. La clave para comprenderlos es la pedagogía que Dios ha usado con la humanidad hasta llegar al día de hoy
«No hay que hablar precipitadamente de un cierto endulzamiento progresivo de los hombres en el curso de la historia sagrada», escribe Paul Beauchamp al principio de su obra Los salmos noche y día. Estas palabras sirven para enmarcar la perplejidad que causan en ocasiones determinados pasajes de la Biblia, sobre todo los del Antiguo Testamento (AT), cuando se leen a la luz del Nuevo (NT).
Un tema sobre el que reflexiona este reportaje publicado en el último número de La Antorcha, la revista gratuita editada por la Asociación Católica de Propagandistas.
Para muchos, el Dios de la Antigua Alianza sería un Dios muy duro con los hombres, colérico e incluso cruel, capaz de exterminar naciones enteras para conseguir su propósito, y también de castigar a los suyos cuando no se someten a sus planes. En contrapartida, Jesús habría venido para aplacar a un Dios sediento de sangre, que solo en el último momento retiraría su mano para dar su merecido a sus criaturas. Habría así, un Dios «malo» —el del AT— y un Dios «bueno» —el de Jesús— dependiendo de la página por la que uno abriera su ejemplar de la Biblia.
Si fuera así de simple, habría que pasar de puntillas sobre determinadas expresiones y acciones de Jesús en el Evangelio, atribuibles más al Dios en su imagen más antigua que al de su versión más actualizada.
Expresiones como «Ay de vosotros» o «sepulcros blanqueados» pronunciadas por Jesucristo no cuadrarían con esa actualización divina, como tampoco el episodio de Jesús armado con un látigo y recriminando con violencia la labor de los mercaderes del templo.
Hay quien lo ha llamado «ira santa», pero ¿sería posible adornar de santidad lo que en un hombre sería visto como debilidad al haberse dejado llevar por el pecado?
Una revelación progresiva
¿Es posible entender todo esto bien? Para hacerlo, hay que considerar el concepto de «revelación progresiva», por el que Dios se hace patente a los hombres no de una sola vez y para siempre, sino a través de miles de años a lo largo de la historia, a generaciones distintas con modos de vivir y de leer los acontecimientos también distintos.
Igual que Jesús dijo a los apóstoles: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora», lo mismo sucede con la comprensión de Dios a los largo de los siglos.
Las tribus que surgieron de Jacob habrían sido incapaces de valorar la Torá, al igual que David fue incapaz de valorar los dones que Dios le dio, al igual que los apóstoles fueron muchas veces incapaces de comprender en su totalidad la majestad de Aquel con quien convivían todos los días…, y al igual que muchas veces nosotros no valoramos en ocasiones dones como el mismo sacramento de la eucaristía y nos acercamos a la comunión distraídos.
Se trata de una pedagogía —otra palabra clave para la comprensión de este asunto— que Dios va llevando tanto con la humanidad entera como con el pueblo elegido, al igual que con cada una de sus criaturas, incluidos nosotros. Lo que no se puede hacer es caer en el moralismo de que el Dios del Antiguo Testamento es violento y el del Nuevo Testamento es pacífico, porque hay violencia en los dos y misericordia en los dos sitios también.
Una visión simplista de Dios
«Hay que evitar una visión simplista, porque muchas veces podemos entender un gesto de amor recio como si fuera violencia cuando en realidad no es así», señala Luis Sánchez Navarro, catedrático de Nuevo Testamento en la Universidad San Dámaso.
Para explicarlo, hace la siguiente comparación: «Cuando el pueblo se rebela contra la ley de Dios y no quiere oír las palabras de los profetas, es necesario que estos digan palabras fuertes que a veces suenan como una amenaza. Sin embargo, su intención no es que esas palabras se hagan realidad, sino precisamente lo contrario: que no se tengan que cumplir».
En este sentido se entienden expresiones como la de «Dios clemente y misericordioso, rico en piedad, que se arrepiente de sus amenazas», y otras por el estilo que aparecen en las Escrituras. «De alguna manera, Dios amenaza para poderse arrepentir», dice Sánchez Navarro; es decir, «pronuncia advertencias no con la intención de cumplirlas, sino con la intención de que no sea necesario cumplirlas, un poco al estilo de lo que hacen los padres con los hijos pequeños».
Como un padre con sus hijos
En esta pedagogía de Dios con el pueblo de Israel como si fuera un padre con su hijo comprende incluso aquellos hechos bíblicos que cuentan por ejemplo el exterminio de pueblos cananeos a manos de Israel.
El profesor de San Dámaso explica que «cuando estos acontecimientos se pusieron por escrito hacía ya mucho tiempo que esos pueblos habían dejado de existir, e Israel ya estaba instalado en la tierra prometida. La intención para el autor sagrado es simbólica, porque lo que quiere es consignar el rechazo radical a la idolatría que suponía el contacto con aquellos pueblos».
Lo que hay detrás siempre es «una lectura de la historia en clave teológica», para subrayar «lo que nunca hay que hacer: entrar en alianza con los dioses paganos y con el paganismo».
Es en esta misma clave cómo los hechos antiguos se pueden llevar a la vida espiritual personal en el combate entre el pecado y la gracia: «Es como cuando habla san Pablo de la armadura del cristiano en su Carta a los Efesios: el creyente lleva unas armas consigo no para matar a nadie, sino para combatir el pecado con la fe, la paciencia, la esperanza, la palabra de Dios...».
La cruz para entenderlo todo
Hay una clave más, en la que culmina todo ese proceso de figuras históricas que al fin y al cabo son imperfectas porque apuntan a un cumplimiento en Cristo. «El tema de la violencia hay que leerlo a partir de la cruz, que es la palabra definitiva», cuenta Luis Sánchez Navarro. Desde esta perspectiva, toda la violencia del Antiguo Testamento se estrella en la cruz, y todo el horror se disipa en la mansedumbre del Cordero clavado al madero.
«En Cristo se manifiesta el sentido de lo antiguo, de muchos acontecimientos cuyo sentido no parecía claro, porque se mezclaban muchas pasiones humanas y circunstancias muchas veces desordenadas», explica el profesor de la Universidad San Dámaso.
De este modo, al leer desde el Nuevo Testamento las palabras del Antiguo, «uno se da cuenta de que junto a las amenazas aparecen las promesas de salvación. Nunca es algo unívoco, sino que hay toda una pedagogía detrás que apunta a Cristo». Por eso, «con el Evangelio sucede como con las buenas películas. En estas el final te da la clave para la relectura de todo lo anterior. Y hasta que no llegas al final, no entiendes el principio».
El «enfado» de Jesús en el templo
«Al leer este pasaje te das cuenta de que los dirigentes y sacerdotes no se indignan contra Jesús por lo que ha hecho. Aquí hay que acudir al libro del profeta Zacarías, uno de los últimos del Antiguo Testamento. En su último versículo, hablando de los tiempos futuros, dice: «Aquel día no quedará ni un comerciante en el templo del Señor del universo». Lo que tenemos aquí entonces no es un pronto ni un arrebato de ira, sino un signo mesiánico», explica el experto. Lo que sucede aquí es «un gesto profético que habla de la purificación escatológica del Templo por parte del Mesías. No es que Jesús se enfade, es algo mucho más profundo: estamos hablando de que han llegado los últimos tiempos y hay que purificar el templo porque ya está aquí el Mesías»