Paso del Cristo del Calvario Crucificado, el Viernes Santo, en la Semana Santa de Mérida
Por qué se llama «oficios» a las celebraciones litúrgicas del Viernes Santo
La parte central de las celebraciones del Triduo Pascual no son las procesiones, sino la liturgia eclesial, que estos días adopta este curioso nombre
La espectacularidad, emotivismo y solemnidad de las procesiones que recorren las calles durante la Semana Santa puede opacar, de algún modo, el centro neurálgico de estos días: las celebraciones litúrgicas.
La Iglesia no deja margen a la duda: si bien las procesiones son complementos prescindibles para la vivencia de la Pascua, asistir a la liturgia de estos días es de obligado cumplimiento para los bautizados salvo caso de extrema necesidad.
Es, de algún modo, el mismo precepto que rige para la misa de los domingos, pero enfatizada por la trascendencia de estos días, en los que se conmemora el centro de la fe cristiana: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.
Lo llamativo es que, durante la Semana Santa, las celebraciones adoptan un nombre de lo más particular, que no se utiliza en ningún otro momento del año. Y, de forma particular, el Viernes Santo: los «oficios de Semana Santa».
¿Por qué se le llama «oficio»?
El término «oficio» proviene del latín officium, que significa servicio, deber o función sagrada. Y en la tradición de la Iglesia, se ha utilizado para referirse a las oraciones oficiales —como el Oficio Divino— y a las acciones litúrgicas que la Iglesia celebra como parte de su misión.
El hecho de que se emplee en Semana Santa surge, precisamente, por la celebración del Viernes Santo, el único día del año, junto al Sábado Santo, en que no se celebra la Santa Misa.
El altar permanece sin consagración eucarística, y en cambio, tiene lugar la llamada Celebración de la Pasión del Señor, que consta de tres partes: la liturgia de la Palabra, la adoración de la cruz y la comunión con las formas consagradas el día anterior.
Por eso se habla de «oficios»: no es la celebración de la Eucaristía, sino un acto litúrgico solemne con el que la Iglesia conmemora la muerte de su Maestro.
El Misal Romano lo expresa con enorme sobriedad: la Iglesia «medita la Pasión de su Señor, adora la cruz y conmemora su origen en el costado de Cristo dormido».
El «oficio» de Cristo
Pero es que el término tiene también una dimensión más profunda. En el Viernes Santo, la Iglesia contempla el «oficio» de Cristo, es decir, su misión sacerdotal cumplida en el sacrificio solemne de la Cruz.
La Carta a los Hebreos, que forma parte del Nuevo Testamento, lo explica con claridad: «Cristo se ofreció a sí mismo como sacrificio sin mancha a Dios».
Y en ese sentido, los «oficios» no son solo una acción de la Iglesia, sino la participación en el acto supremo de Cristo: su entrega como víctima por la salvación del mundo.
Una liturgia marcada por el silencio
La sobriedad de estos oficios es única en todo el calendario litúrgico y en la praxis eclesial: no hay canto de entrada ni de salida, no hay consagración, no hay saludo inicial, ni se reviste el altar. Todo comienza en silencio, con el altar desnudo y el sacerdote postrado en el suelo, signo de humillación, entrega y dolor.
Por extensión de esta sobriedad solemne, es frecuente referirse a todas las celebraciones del Triduo Pascual (el que va del Jueves Santo al Domingo de Resurrección) como «los oficios» de Semana Santa.
Un nombre que, en definitiva, remite a la entrega de Jesús en la que cada fiel está llamado a participar y, de algún modo, imitar en su día a día.