Susana Arcocha
La 'influencer' vasca con 600.000 seguidores que se acaba de bautizar «enamorada de ti, Señor»
Susana Arcocha, una joven que cuenta con una legión de incondicionales, se bautizó el Sábado Santo en San Sebastián junto a otros adultos tras atravesar «una noche oscura» en su vida
«Enamorada de ti, Señor, ahora y siempre. Por los siglos de los siglos. Amén». Con este mensaje enviado a sus casi 600.000 seguidores en Instagram, acompañado de un vídeo sobre su bautismo, la 'influencer' donostiarra Susana Arcocha anunciaba que ha abrazado la fe católica.
Ocurrió el pasado sábado en la catedral del Buen Pastor, durante la Vigilia Pascual, y fue el propio obispo de San Sebastián, monseñor Fernando Prado, quien vertió las aguas del bautismo sobre la joven. En las imágenes se ve a la 'influencer' vestida de blanco, acompañada por su catequista, María Pagalday –quien la ha guiado en su camino de fe–, aproximarse hasta la pila bautismal para recibir el sacramento.
En esa misma ceremonia, Susana y otros adultos donostiarras que también se incorporaron a la Iglesia católica comulgaron por primera vez y fueron confirmados. En el vídeo también se ve a la joven leyendo la Biblia en su casa y visitando la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, en la sierra madrileña.
Susana, que también cuenta con 400.000 suscriptores en YouTube y 425.000 más en TikTok, suele tratar en sus redes sociales temas relacionados con «la elegancia, la fe católica, la feminidad y la polaridad». Con naturalidad, puede dar su opinión desde la última barra de labios que ha probado hasta hablar abiertamente y sin tapujos sobre su recientemente estrenada fe.
De hecho, en un vídeo que publicó el pasado octubre, la 'influencer' explicaba su proceso de conversión: «Estaba rota por dentro. Entré en una etapa de mucha ansiedad. Quería huir, dejé de ir a clase y estudiar y empecé a esconderme. Fueron tres años de acoso, prácticamente todos los días. Entonces llegó mi etapa universitaria y pinché. Caí en un pozo. En la noche oscura del alma».
Una gran paz
En medio de esa desazón, «un día entré en la catedral del Buen Pastor, y noté una gran paz», rememora, «como si la iglesia me estuviera abrazando. Como si esos colores, esas vidrieras, esas columnas que se alzaban al cielo, como si ese espacio me estuviera conectando con Dios directamente».
«Simplemente me puse allí, escuché el órgano de la iglesia y vi cómo entró el obispo y comenzó la misa. Y con cada palabra, con cada canción, con cada nota de ese órgano, no podía dejar de llorar. Me pasé toda la misa llorando porque sentía que estaba en casa. Sentí otra vez, como cuando tenía 10 años, que pertenecía a un lugar en el que era acogida», confiesa.
A partir de ese momento comenzó un proceso de discipulado que la ha llevado a abrazar, finalmente, la fe.