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TribunaRoberto Esteban Duque

La paz, «una cuestión moral»

Nietzsche rechaza el amor al prójimo, la compasión, el ascetismo, a los que designa como saberes blandos o de personas débiles, defendiendo los valores fuertes: la dureza, los valores de la guerra

El nihilismo que anticipó Nietzsche cobró vida a lo largo del siglo XX, cuando la sociedad cayó en el desencanto del mundo que hasta hace poco había sido la promesa de la Jerusalén terrestre. Se apreció cómo la razón, tan exaltada por la generación anterior como camino seguro hacia el progreso de la humanidad, fue la causante de la mayor de las deshumanizaciones: la guerra. Entraron en crisis los valores de una civilización como la ilustrada que no han servido para evitar la guerra, sino paradójicamente para aplicar la violencia racionalmente.

Aquello que los modernos habían caracterizado de potencial infinito para las generaciones posteriores será finito y cargado de mal. Para Nietzsche, el nihilismo significa que los valores supremos pierden validez. Falta la meta, falta la respuesta, el por qué. Nietzsche rechaza el amor al prójimo, la compasión, el ascetismo, a los que designa como saberes blandos o de personas débiles, defendiendo los valores fuertes: la dureza, los valores de la guerra.

Desengañados de la perfección que se había proyectado en la sociedad ilustrada, la postmodernidad vive lo que Nietzsche había anunciado un siglo anterior: «Describo lo que vendrá: el advenimiento del nihilismo (…) El hombre moderno cree de manera experimental ya en este valor, ya en aquel para después dejarlo caer; el círculo de los valores superados y abandonados es cada vez más amplio; se advierte siempre más el vacío y la pobreza de valores; el movimiento es imparable, por más que haya habido intentos grandiosos por desacelerarlo. Al final, el hombre se atreve a una crítica de los valores en general; no reconoce su origen; conoce bastante como para no creer más en ningún valor; he aquí el pathos, el nuevo escalofrío (…) lo que cuento es la historia de los próximos siglos (…)».

Goethe, Baudelaire, Renoir, Nietzsche, observaron en el siglo XX el deterioro moral de Europa y previeron la decadencia de nuestra civilización. En El mundo de ayer, el novelista Stefan Zweig comenta lacónico que «con el nuevo siglo (el XX) simultáneamente había empezado en Europa el ocaso de la libertad individual». Zweig recuerda con nostalgia una época en que la gente podía vivir de manera más cosmopolita, sin que a nadie le exigieran pasaporte ni lo examinaran «por razón de ideología, raza, origen o religión».

Después, la barbarie.

La Primera Guerra Mundial fue la fábrica de los horrores que habrían de venir: la Unión Soviética, los fascismos, el nazismo alemán, el comunismo de Mao… En el exilio brasileño, él y su mujer pusieron fin a sus vidas. Era el año 1941. Para Zweig, los cambios que tuvieron lugar en Europa no fueron menos vigorosos que lamentables.

Pero aquel horror, aquella degeneración del espíritu del hombre, aquella justificación de la crueldad ya había sido profetizada por Dostoievski. Para la mayoría de escritores mencionados, el problema de Europa era de orden espiritual. Según Renoir, el declive de la pintura de su época estaba vinculado a la pérdida de la fe. Lo que hacían bellas las creaciones de los antiguos, según Renoir, era la creencia religiosa. Lejos de la exacerbada jactancia del hombre decimonónico, aquellas personas «tuvieron conciencia de su debilidad y, por tanto, en sus éxitos como en sus reveses, asociaron la divinidad a sus actos».

Casi siempre se va a la guerra porque nuestros dirigentes creen que la guerra es la única alternativa posible. Así ocurrió con la Primera Guerra del Golfo en 1990, en la que una coalición de 31 naciones dirigidas por Estados Unidos se enfrentó militarmente a la invasión iraquí del emirato de Kuwait. Pero todos sabemos que esta guerra proviene de una historia de guerra y provoca el temor a nuevas guerras que puedan derivarse de ellas. Si aquella de Kuwait se justificaba para defender el mundo civilizado de un fanatismo peligroso, o para preservar la paz, o que era una guerra para inaugurar «un nuevo orden mundial» con el fin de defender el American Way of Life, la ofensiva militar contra Irán se justificó por la eliminación del programa nuclear iraní y garantizar la libre navegación por el estrecho de Omuz, llegándose nada menos que a dar un ultimátum para destruir toda una civilización como la iraní.

La posición de Juan Pablo II fue de firme oposición a la guerra americana contra Irak. Así lo recoge el nuevo Código de Derecho Canónico: «Corresponde a la Iglesia anunciar en todo tiempo y en todo lugar los principios de la moral, incluso en lo que se refiere al orden social, así como hacer un juicio sobre toda realidad humana, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas» (n. 747). En los mismos términos se ha expresado León XIV sobre la afirmación del presidente Donald Trump de que «toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás», si Irán no abre el estrecho de Ormuz. El Papa dijo en italiano: «Hoy, como todos sabemos, se ha lanzado una amenaza contra todo el pueblo de Irán, y esto es verdaderamente inaceptable. Sin duda, se trata de cuestiones de derecho internacional, pero va mucho más allá: es una cuestión moral por el bien de todo el pueblo, en su conjunto. Y quisiera invitar a todos a reflexionar sinceramente sobre las muchas personas inocentes -tantos niños, tantos ancianos- completamente inocentes, que también serían víctimas de esta escalada, de una guerra que ya ha comenzado en estos primeros días».

Como siempre lo que está en juego es el poder, un poder militar que busca asegurarse el petróleo y la riqueza que procede de su explotación, sin importar el sufrimiento, la muerte y la destrucción. Porque no hay que olvidar que una guerra es guerra contra los inocentes, contra los propios hijos. Y alguien tendrá que explicarles que algunas personas consideran que las muertes de los niños son un coste aceptable para la victoria, contribuyendo así a la concepción del fiasco de la historia, donde la historia no solo no lleva al luminoso reino de la armonía, sino que se convierte en morada de demonios y refugio para cada espíritu maligno, empeñados en encarnar el pesimismo histórico del filósofo K. N. Leóntiev, que considera la historia como «una vivienda de depredadores y un refugio para todo espíritu sucio».

Dostoievski rechaza la creencia de que la civilización amansa y suaviza el carácter del individuo, haciéndolo menos proclive a la crueldad y a la guerra. La civilización sólo permite al hombre desarrollar un aspecto más amplio de sensaciones, pero no dominar y eliminar sus tendencias sanguinarias. Tanto el Gran Inquisidor como Schigalev para lograr la armonía social defienden un proyecto basado en el avasallamiento y pretenden demostrar una «visión realista» de la naturaleza del hombre como un ser gregario que necesita de tutela permanente. Para crear nuevos valores, Schigalev afirma la necesidad de destruir todo el orden existente, apostando así por el programa de Nietzsche en Así habló Zaratustra: «El que quiera ser un creador en el Bien y en el Mal tiene que ser primero, fatalmente, destructor y tiene que romper valores. Así, para realizar el mayor bien hay que cometer la mayor maldad, y aquel mayor bien es el creador». Pero, en realidad, todo esto es una destreza del demagogo a quienes conviene ignorar lo elevado del hombre a fin de manipular a las masas.

Y éste es centro neurálgico que suscita la rebelión de Iván y su negación. Someter el sufrimiento de los niños a una utilización tan cruel y prepotente es humanamente intolerable: «No se entiende en absoluto por qué deban sufrir también ellos, por qué ellos también deben servir de material y abono para preparar una armonía futura a favor de quién sabe quién». Si nuestro mundo está basado sobre la necesidad del sufrimiento inútil, este es un mundo absurdo, injusto y escandaloso, y como tal, del todo inaceptable. Por tanto, Iván se apresura a «devolver el billete» de ingreso a la creación, eleva su protesta y rechaza la redención. No cabe la redención, así como no cabe el perdón.

Las vidas humanas importan individualmente, una idea antigua en la religión y en el arte que empezó a florecer políticamente hace poco más de dos siglos con la declaración de que «todos los hombres son creados iguales» y han sido «dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables», según el comienzo del texto de la United States Declaration of Independence, escrita por Thomas Jefferson en 1776. La voluntad de construir la paz no es una utopía, sino una posibilidad real y probada con ejemplos de naciones que han seguido políticas de paz durante largos periodos de tiempo. Si a esto concedemos a las virtudes y al amor por la paz el mismo volumen que hasta ahora concedemos a los medios para hacer la guerra, si aprendemos a poner en el centro de la actividad social y política a la persona humana por encima del poder y la riqueza, habremos establecido bases sólidas para alcanzar la paz.

Roberto Esteban Duque es sacerdote, profesor de Ética y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y de Teología Moral en el Seminario Conciliar San Julián de Cuenca; licenciado en Teología por la Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad San Dámaso de Madrid

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