Trascendencia encarnada
La Encarnación presupone un Dios amor, comunión trinitaria. Dios es el amor concreto y personal que se nos ha mostrado como el amor del Padre hacia Jesús, el Hijo amado, y el amor de Jesús hacia el Padre, en uno y el mismo Espíritu.
Es posible exponer el milagro de la Encarnación desde la concepción de una razón abierta a la novedad de la Trascendencia, del Eterno que ha entrado en la historia y el tiempo sin perder su Gloria, y cuya incorporación explica definitivamente al propio hombre. Se trataría de una Trascendencia encarnada, comprendiendo la «Trascendencia» como el origen de quien es «nacido del Padre antes de todos los siglos», y «encarnada» como quien «por nosotros los hombres y por nuestra salvación se hizo hombre». Lo Trascendente no está escindido desde la Encarnación respecto de lo inmanente, de las coordenadas históricas de nuestra vida social y comunitaria, sino implicado en ella.
La expresión máxima del poder de Dios, de su Trascendencia, es manifestada en coherencia amorosa con sus criaturas. Y la fidelidad a Sí mismo y a Su creación le ha llevado a buscar el remedio, la redención de los seres humanos en su misma historia, en la «carne» y en la historia de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios hecho hombre, hecho historia humana y víctima de la misma historia, el Hijo de María y el Hijo del Padre, la gracia ascendente y descendente. «Caro salutis es cardo»: la carne es soporte de la salvación, decía Tertuliano. «¡Oh, qué indigno de Dios sería llevar medio hombre a la salvación!».
La Encarnación presupone la fe en una auténtica Creación del universo real ex nihilo, de la nada, por parte de Dios creador. Presuponemos la «diferencia ontológica» entre Dios y lo creado. Este espacio creado refleja la sabiduría y el amor de Dios, y remite a Dios como su fundamento. Con esta Creación Dios busca la Alianza con los seres humanos, las únicas criaturas a imagen y semejanza suya. Si Dios se dirige al hombre y lo llama a la Alianza es porque lo hace capaz de ese pacto (homo capax Dei).
Ahí está la verdadera dignidad de la criatura, su pondus, su auténtica consistencia. Dios se dirige a una criatura libre, la trascendencia de Dios se convierte en la condición de posibilidad de la libertad de la criatura, destinándola libremente a la unión con Él, fundando así su propia dignidad. La verdadera consistencia de la criatura se encuentra en esa capacidad de estar fuera (ex-sistere), en su apertura a un Dios trascendente. La plenitud de la criatura radicará finalmente en la acogida del don de Dios en el Verbo encarnado, el misterio de la eternidad en el tiempo, la anticipación del éschaton, el lugar donde «se esclarece el misterio del propio hombre». Solo queda un camino de ser elevado: que la Trascendencia sea una Trascendencia encarnada, esto es, que lo Eterno deje su impronta en la criatura y que la criatura sea lugar de su presencia; que el Absoluto entre en la historia aun permaneciendo soberano respecto de ella; que lo divino sea contemplado en lo creado; que el Verbo abra a todos el camino hacia el Padre desde la humanidad de quien es Hijo; que el Hijo humanado nos revele lo que la criatura debía ser según el designio eterno del Padre.
La Encarnación presupone un Dios amor, comunión trinitaria. Dios es el amor concreto y personal que se nos ha mostrado como el amor del Padre hacia Jesús, el Hijo amado, y el amor de Jesús hacia el Padre, en uno y el mismo Espíritu. Solo un Dios así, que es comunión trinitaria, puede sostener y fundar la unión y distancia de una auténtica encarnación, sin dejar por ello de ser Dios.
«Cur tam sero? Cur tam cito?». ¿Por qué vino tan tarde? Se preguntaban los Santos Padres. ¿Por qué vino tan pronto?, se preguntan los hombres de la Ilustración. Esta cuestión nos remite a la historicidad de la Revelación de Dios, que refleja una cierta «pedagogía divina». Esta implica un verdadero diálogo de libertades aún abierto, desde las posibilidades creaturales e históricas de cada tiempo. Podríamos atrevernos, a partir de una metáfora de Ireneo, a concebirlo como un habituarse de Dios a vivir, a habitar, entre los hombres, y como un habituarnos nosotros a los modos de la presencia divina que nos excede, como un aprendizaje continuo para percibir cómo es el Dios que se nos revela.
En el Antiguo Testamento prevalece la experiencia de la lejanía, la trascendencia y santidad de Dios, a quien el hombre finito, mortal y pecador, no puede ver sin morir. Moisés no vio el rostro de Dios, a pesar de ser el profeta guía de su pueblo, que a imagen de él esperaba al profeta definitivo, al Mesías como nuevo Moisés. Ni siquiera entró en la tierra prometida. Pero a la vez, surge la promesa: Dios se dejará ver, su Siervo asumirá nuestro destino de pecado y en su rostro desfigurado podremos contemplar la gloria humillada de Dios a la vez que la sangre vivificadora del hombre.
Esa promesa será cumplida en la encarnación de Cristo. En el Prólogo del cuarto evangelio se asiste a la absolutización de Cristo como lugar de conocimiento de Dios. Él, que es su Palabra, nos ha hablado de él; él, que está en el seno desde la eternidad, nos lo ha revelado en el tiempo, su trascendencia se ha convertido en trascendencia encarnada; él, que le ve cara a cara nos hace posible una amistad con él superior a la que experimentó Moisés. Esa estancia de Cristo, como trascendencia encarnada, como Logos en el seno del Padre, en un cara a cara constituyente, es lo que le convierte en el rostro del Padre para los hombres, y al enviarnos su Espíritu nos hace posible compartir su gloria trinitaria.
De la singularidad del acontecimiento de Cristo, se deduce la formulación del contenido normativo de la moral del hombre nuevo: dar la vida por los otros. Desde el momento en que la voluntad del Padre sobre Jesucristo se manifestó en el pro nobis, podemos concluir el deber de amar a Dios, y en Dios a los hermanos, y de adorarlo en espíritu y en verdad.
- Roberto Esteban Duque es sacerdote