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TRIBUNABelén Huertas Valverde

De la alfombra roja al felpudo de casa: ¿a dónde vas, humanidad?

Los cristianos aplaudimos el progreso técnico –reflejo del poder creador de Dios– pero no le damos carta blanca, pues somos conscientes de su ambivalencia

Los cinéfilos llevan ya varios años lamentando la invasión del séptimo arte por parte de un enemigo que uniforma los rostros de actrices y actores. Con la promesa de la eterna juventud, incapacita sus rostros para reflejar el abanico de emociones humanas. Se llama bótox.

El bótox se extiende también a gran velocidad entre quienes nunca pisaron ni pisarán la alfombra roja. En España es el nuevo campeón, junto con las inyecciones de ácido hialurónico, de la denominada medicina estética. Redondeando los datos –muchos medios han publicado ya los detalles–, media España está bajo los efectos de este elixir mentiroso, y acuden a él incluso las veinteañeras. ¿Qué nos dice esto de nuestra sociedad? ¿Tenemos algún criterio para juzgar esta tendencia?

Podríamos empezar abriendo un álbum de fotos que tengamos por casa, de las que recogíamos con emoción de la tienda donde las revelaban, porque hasta ese momento no sabíamos cómo habían salido. Aquellas fotos no se retocaban. ¿Se nos ocurriría ahora pasarlas por un filtro? Pienso que por nada del mundo le quitaríamos a la abuela sus arrugas. Quizás, mientras ojeamos ese álbum, ella nos da desde el Cielo algún buen consejo. Pero si no bastara –la presión social es fuerte–, siempre podemos recurrir a los expertos.

Los expertos en este caso merecen ese título. Se trata de un grupo de teólogos de distintas procedencias y sensibilidades, que forman la Comisión Teológica Internacional. Su último documento salió a la luz después de cuatro años de trabajo y se titula Quo Vadis Humanitas? (2026). El título ya da indicios de la categoría de sus autores, pues siendo ellos los sabios nos lanzan a nosotros la pregunta: ¿A dónde vas, Humanidad?

Nos lo preguntan porque la revolución tecnológica que estamos viviendo requiere pararse y pensar. ¿Qué nos están ofreciendo los progresos más recientes de la farmacología, la biotecnología, las neurociencias...? Los cristianos aplaudimos el progreso técnico –reflejo del poder creador de Dios– pero no le damos carta blanca, pues somos conscientes de su ambivalencia. Sí, hemos ganado mucho, por ejemplo, en la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de enfermedades. Pero «no se pueden ignorar las tendencias que reducen el cuerpo a material biológico que se puede potenciar, transformar o remodelar a placer, con el sueño de (...) evitar el dolor, el envejecimiento y la muerte».

En las siguientes frases, los autores remiten a enseñanzas de Benedicto XVI y de Francisco, afirmando que «sobre todo en Occidente, los progresos de la cirugía estética, sumados a la farmacología (tratamientos hormonales, sustancias que potencian las emociones o la concentración), ofrecen herramientas que cambian profundamente la relación con la propia corporeidad (...). De ello se deriva un difundido culto al cuerpo, que tiende a la búsqueda de una figura perfecta, que se mantenga siempre en forma, joven y bella». Y así, podríamos estar cayendo en una dinámica negativa: vivir como si ya no fuera necesario aceptar el propio cuerpo, mientras nos dedicamos a transformarlo según los gustos del momento. Pienso que esas modas no son más que la enésima forma de dictadura porque ¿quién las dicta? «Se crea así una situación curiosa: se busca, se cultiva y se exalta un cuerpo ideal, mientras que no se ama verdaderamente el cuerpo real, porque es fuente de límites, fatigas y envejecimiento».

Quo Vadis Humanitas saca brillo a los tesoros de la fe. Consigue proponer soluciones para esta crisis. Lo mejor es que cada uno lo descubra leyendo el documento por su cuenta. Descubrirá lo que el Magisterio ya había dicho solemnemente en los años sesenta: que cada uno debería «tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día. (...) La propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios en su cuerpo» (Gaudium et Spes, 14). Para eso, primero hay que aceptarlo como es, no resignadamente sino agradeciéndolo como un regalo, reconociendo su grandeza. Porque el cuerpo humano participa de la dignidad de ser imagen de Dios y nos dice mucho sobre nuestra identidad.

La sabiduría popular, a la que tantas veces dieron voz nuestras abuelas, ya nos lo tiene dicho: «La cara es el espejo del alma». Podemos obsesionarnos con retocar el espejo, pero muy lejos no vamos a llegar.

Belén Huertas Valverde es profesora de la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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