Las obras permanecieron en el templo al menos hasta julio de 1889, cuando la renovación del retablo mayor motivó su traslado a la sacristía. Allí fueron contempladas por el investigador Diego Angulo en torno a 1921 o 1922. Posteriormente, ambas piezas fueron exhibidas en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, momento a partir del cual se perdió su rastro y pasaron, presumiblemente, a formar parte de una colección particular.