Construir Babel o reconstruir Jerusalén: el dilema de 'Magnifica Humanitas'
Por convicción, una persona puede quemar herejes, construir un hormiguero o una Torre de Babel y decantarse por la antropofagia. Además, mucho de esto se hará «en nombre del amor» a la humanidad, pero sin el amor mismo
La torre de Babel
Dostoievski aconseja guiarse por el amor, o por la imagen de Cristo (y no solo por las convicciones) en la comunicación con las personas. Por convicción, una persona puede quemar herejes, construir un hormiguero o una Torre de Babel y decantarse por la antropofagia. Además, mucho de esto se hará «en nombre del amor» a la humanidad, pero sin el amor mismo, y sin él es muy fácil cruzar cualquier principio moral.
Así, por ejemplo, en la novela El idiota, Liébedev acusa a los ateos de que, al negar al Dios del amor, pretenden construir un mundo nuevo «sin aceptar ninguna base moral», sino solo contentándose con la satisfacción del «egoísmo personal y la necesidad material». Esto es lo que más le molesta: «Paz universal, felicidad universal, ¡por necesidad!». Liébedev no cree en el éxito de la «felicidad universal» sobre la base de la necesidad y no sobre la base de los principios morales, porque «por necesidad» se puede excluir a «una gran parte de la humanidad», y, entonces, ¿de qué felicidad universal se trata? Y todo esto «en nombre del amor» por la humanidad, pero en realidad sin amor por ella, sin la imagen de Cristo que podría indicar el camino.
Quince siglos antes, en La ciudad de Dios, san Agustín señala que la historia se puede dividir en dos «ciudades»: la ciudad de los hombres, del amor propio, del egoísmo, y la ciudad de Dios, del desprecio de uno mismo y el amor de Dios (caritas). El hombre necesita humildad («rechazo de sí mismo», dirá san Agustín) para aceptar abrirse a la trascendencia. Sólo así podrá encontrar la paz, la Verdad, el Bien y la felicidad que es Dios mismo.
Dice el Papa León en su primera encíclica Magnifica Humanitas que «la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: ‘levantar una nueva torre de Babel’ que se construye sin Dios, no para alcanzar el cielo, sino para bajar los cielos a la tierra (es la cuestión del ateísmo, de su encarnación contemporánea, la verdadera obra de los «endemoniados»); o bien ‘edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos’: para el cristianismo la reivindicación de la grandeza de lo humano no supone la negación de Dios, sino que Dios aparece como el garante de la grandeza y dignidad humana, de una humanidad capaz de amar al prójimo y crear un sentimiento de fraternidad que la lleve a buscar el bienestar de todos y no solo el personal.
Según el pontífice, «nos encontramos ante una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo». Lejos de cuestionar prima facie la tecnología, la «primera elección» consistirá entre «construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo» porque cree en el Palacio de Cristal capaz de deshumanizarlo todo y desembocar en un despotismo ilimitado, «y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna», para conseguir ver la humanidad como un nosotros.
Ahora bien, Prevost no duda en que la dignidad inviolable de la persona será el criterio necesario para valorar los sistemas de una inteligencia artificial cuyo uso «nunca es un hecho puramente técnico» ni su actividad puede considerarse como «moralmente neutra». Hay que recordar que los artefactos tecnológicos tienen moralidad, no son neutrales. No se trata de un «mal uso» de la tecnología, sino de su mismo diseño y desarrollo. Una tecnología no solo debe ser evaluada por la forma en que contribuye a la eficiencia y la productividad, sino también por la forma en que puede crear ciertas formas de poder y autoridad. Las tecnologías transforman los objetos, pero igualmente los hábitos, costumbres o relaciones. La Inteligencia Artificial (IA) es una tecnología disruptiva porque transforma profundamente los sistemas, ya sean sociales, económicos o naturales. Y esta vocación transformadora crea conflictos éticos en múltiples fases del desarrollo tecnológico.
El principio de respeto de la dignidad humana se verá también acompañado por el principio de respeto a la diversidad, a la no discriminación, a la equidad y el fortalecimiento del bienestar social y medioambiental, el principio de intervención humana, del control democrático y de la recuperación del control humano o el principio de privacidad y protección de datos, entre muchos otros.
El Papa enfatiza en que «edificar en el bien significa aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir», rechazando así «una mentalidad tecnocrática y posthumanista, que tiende a considerar a la persona como un objeto manipulable o un recurso para optimizar». El transhumanismo se posiciona en contra de la postura tradicional judeocristiana, ya que se levanta sobre la máxima de un perfeccionamiento ilimitado y en desafío a la muerte y el envejecimiento, porque la ciencia y la tecnología nos brindan las herramientas necesarias para esos fines.
El transhumanismo nos presenta una serie de razones desde las cuales impulsar los anhelos en forma de superación de las limitaciones humanas, entre las que se encuentra: el aumento de la esperanza de vida, el aumento de nuestra capacidad intelectual, el fortalecimiento de nuestros organismos corporales, la potenciación de nuestros sentidos y facultades y el cultivo de nuestro bienestar. En su obra Superinteligencia: caminos, peligros, estrategias, el sueco Nick Bostrom avisará de los desafíos éticos que implica el desarrollo de la Inteligencia Artificial, por cierto, estrechamente vinculada con el transhumanismo.
Pero la Babel moderna, continúa León XIV, «no es sólo el paradigma tecnocrático globalizado, sino también el enfrentamiento a distancia entre imperialismos contrapuestos, entre potencias que quieren conservar su primacía y potencias que aspiran a conquistarla, con una multiplicidad de conflictos locales». Es, además, la carrera por desarrollar tecnologías cada vez más poderosas, o por asegurarse su control, según una dinámica deshumanizante que parece no conocer límites.
El aprovechamiento y el desarrollo de la robótica y la IA en el campo militar es asombroso. Politólogos del Brookings Institution, que es un centro de estudios fundado en el año 1916 en Washington D. C., como Peter W. Singer, sostienen que las guerras del futuro las librarán máquinas en la totalidad, que seguirán profundizando el distanciamiento en el campo de batalla, como ya se viene haciendo a lo largo de la historia con cañones, fusiles, aviones, misiles de largo alcance, y ahora el uso generalizado de drones en los ejércitos, lo que implica un distanciamiento moral con respecto a los enemigos y pone de relieve algunas cuestiones éticas que tendrían que ser discutidas debido a la «deshumanización».
Para el Papa, «vivimos en una época de notable ceguera espiritual y cultural. Un falso pragmatismo invita a cortar las raíces de la memoria, como si se pudiera inaugurar una especie de ‘nueva creación’ desvinculada del pasado; incluso quienes invocan grandes principios morales pueden caer en este nihilismo histórico, creyendo ilusoriamente que las atrocidades del siglo XX ya no pueden repetirse».
Sin embargo, «aun cuando el ser humano se deshumaniza y provoca tragedias, una pequeña luz sigue brillando en la humanidad y sigue siendo capaz de reavivarse, con la gracia de Dios, recorriendo caminos de conversión y reconciliación». En Cristo, Dios acepta voluntariamente la debilidad por misericordia hacia la humanidad, y ordena a los seguidores de Cristo que hagan lo mismo por misericordia hacia los demás. Dios no tiene debilidad salvo la debilidad que asume voluntariamente por amor a nosotros. El reproche de Nietzsche, para quien todo lo malo es lo que surge de la debilidad (una acusación al cristianismo, quien al deificar al Mesías deifica la debilidad), ignora que la suposición voluntaria de debilidad está en el corazón de la historia cristiana porque es el significado mismo de la misericordia. Esta es la verdadera «magnifica humanitas», de la que deja constancia en su encíclica León XIV.
Roberto Esteban Duque es sacerdote, profesor de Ética y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y de Teología Moral en el Seminario Conciliar San Julián de Cuenca; licenciado en Teología por la Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad San Dámaso de Madrid