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TRIBUNAJavier M.ª Prades López

Algunas claves de lectura para la nueva encíclica

Aparece un término que ya ha suscitado muchos comentarios: la necesidad de «desarmar la IA» (n. 110). ¿Qué significa esta expresión?

La encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV se propone custodiar la persona humana, es decir, salvaguardar la promoción integral del ser humano: «de todo el hombre y de todos los hombres». Este criterio, propio de la Doctrina social de la Iglesia, permite iluminar el momento actual de la historia, marcado por la revolución digital, identificada sobre todo con el desarrollo de la inteligencia artificial (IA).

En el tercer capítulo, al que me limito en estas líneas, León XIV hace una observación metodológica de gran valor: «El modo concreto de vivir las relaciones sociales a la luz del Evangelio no está establecido de una vez para siempre, sino que sigue siendo una tarea confiada de generación en generación a la comunidad cristiana» (n. 91). El discernimiento de los problemas sociales no puede ser estático sino activo, es decir debe suceder desde dentro del cauce de la historia, guiados por la Palabra de Dios iluminada por el Espíritu Santo en la Iglesia. La fórmula es una invitación y por tanto una propuesta orientada a educar la responsabilidad de todos los fieles. A partir de este marco de referencia, cada persona puede asumir la responsabilidad que le compete en su propio ámbito. No se descarga la responsabilidad tan solo sobre las grandes corporaciones tecnológicas o los dirigentes políticos.

El capítulo describe críticamente el «paradigma tecnocrático» y señala que la IA se presenta hoy con una fuerza inusitada como el principal elemento de consolidación de dicho paradigma. El Papa subraya que el desarrollo de estas tecnologías avanza de forma vertiginosa y de que los nuevos descubrimientos desplazan enseguida a los precedentes. Evita por ello entrar en un debate técnico que no corresponde al objetivo del documento. No obstante, advierte sobre la diferencia cualitativa entre la llamada «inteligencia» artificial y la verdadera inteligencia del ser humano (n. 99). Por otro lado, el texto aprecia la ayuda tan valiosa que ya ofrecen los sistemas de IA, destacando las ventajas que están a la vista de todos, pero señalando también los riesgos de su uso.

La falacia de la neutralidad tecnológica

León XIV ofrece un elemento de juicio sobre la IA que resulta de crucial importancia: la IA no es un hecho puramente técnico y, por lo tanto, no debe presentarse como un sistema «neutral y objetivo». Los sistemas de IA, a decir verdad, reflejan y refuerzan los estereotipos o las posiciones ideológicas de quienes los han diseñado y programado (n. 102). El Papa recalca pues que no se puede considerar la IA como «moralmente neutra» (n. 104). León XIV va más allá de un cierto diagnóstico convencional que equipara la IA con un simple instrumento que bastaría con usar correctamente. El discernimiento de la encíclica plantea que la herramienta está codificada de tal modo que implica una determinada concepción de la persona y de la sociedad, y esa concepción se proyecta en el tratamiento de los datos y en los modelos que guían el proceso. Por ello, se apela a la responsabilidad humana —la accountability— en todas las etapas de fabricación y utilización de la IA. El Papa muestra cómo los principios de la Doctrina social de la Iglesia, expuestos anteriormente en el documento, pueden favorecer este discernimiento (n. 109).

En el capítulo aparece un término que ya ha suscitado muchos comentarios: la necesidad de «desarmar la IA» (n. 110). ¿Qué significa esta expresión? Se trata de rescatar la tecnología frente a la lógica de la competencia armamentística, que hoy no es solo militar, sino también económica y cognitiva. No se trata de renunciar a la tecnología, insiste el Papa, sino de impedir su dominio sobre lo humano, permitiendo que se abra la discusión pública sobre su desarrollo y su ejercicio, evitando que quede monopolizada en muy pocas manos.

Se trata de asegurar una visión de la plenitud humana que no prescinda de ninguno de sus rasgos constitutivos, para no absolutizar alguna de sus dimensiones y custodiar todas las formas en las que se traduce la dignidad humana. Por ello, proteger la humanidad supone adoptar una postura crítica frente a las corrientes culturales y filosóficas contemporáneas del transhumanismo y el posthumanismo (n. 115). Para superar estas tendencias, y reivindicar el valor del límite creatural, interpretado como una condición propicia para el crecimiento, el texto propone vías de conversión y reconciliación.

Hacia lo «más que humano»

El Papa asume el riesgo de enumerar ejemplos concretos de protagonistas culturales, políticos, sociales y morales —tanto cristianos como no cristianos— que han servido con ejemplaridad a la custodia de lo humano (n. 122-125). La encíclica abre vías para colaborar con todos aquellos hombres y mujeres de buena fe que sienten la urgencia de proteger la humanidad sin perder lo que denomina «más que humano»: la verdadera trascendencia del hombre (n. 127). A partir de esa trascendencia creatural, «es Dios mismo quien supera la desproporción infinita» (n. 127). De ahí que el texto remita a San Pablo: el que vive en Cristo es una criatura nueva, que no por ello es menos humana, sino más humana, al ser llevada más allá de sí misma como un don gratuito del amor de Dios. Sobre este fundamento el Papa apela a la distinción entre los dos amores característicos de la Ciudad de Dios agustiniana y nos invita a crecer en el amor de Dios y al prójimo, en vez del mero amor de sí mismo (n. 130).

Javier M.ª Prades López es profesor de la facultad de Teología de la Universidad Eclesiástica San Dámaso

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