Sí, aplaudisteis. Pero después, ¿qué hicisteis?
Llamasteis derecho a lo que mata al inocente. Llamasteis compasión a lo que mata al enfermo. Llamasteis amenaza al que estaba cuidando a los padres que vosotros ya no cuidáis. Llamasteis progreso a lo que destruye a la familia
Seis horas bajo el sol. Seis horas de espera, de bocadillos, de agua caliente y de gente preguntando si merecía la pena.
Entonces la comitiva dobló la curva y allí apareció León XIV saludando y bendiciendo. Con esa paz serena y esa firmeza que tienen los hombres de Dios curtidos por la vocación.
Me giré y vi llorar a mi parroquia. A los jóvenes. A los ancianos. A las familias. A los que están solos. A los que llevan cruces que nadie conoce. A los pobres de Butarque. Y comprendimos —unos de nuevo, otros quizá por primera vez— que el Señor no se olvida de su pueblo. Y yo también lloré.
El Papa no venía a hablarnos de éxito y grandeza. Venía a decirnos que somos preciosos a los ojos de Dios. Venía a recordarnos que hay un camino abierto para los pecadores que lloran arrepentidos. Que hay esperanza para los heridos por el mal sufrido.
Dos días después, el Papa pronunció su discurso en el Congreso de los Diputados.
León XIV, con guante de seda y puño de hierro, habló a Sus Señorías de los humildes. Defendió la vida, a los no nacidos, a los ancianos, a los olvidados, a los que están lejos de sus familias. Pura Doctrina Social de la Iglesia.
La verdad tiene una fuerza que no necesita gritar. Y vino el largo aplauso. ¿Era sincero? ¿Era real? ¿O era simple conveniencia política ante la evidencia de que un millón y medio de personas acudieron a la Misa con el Papa mientras cada vez menos gente acude a sus mítines?
Dios lo sabe.
Él ha venido a llamar a la gente que no cuenta para humillar a la que se cree que cuenta. Por eso, decidles a los de corazón cansado, decídselo, ¡decídselo a los pobres!: ¡Ánimo! ¡No temáis!
Porque vendrá el Señor un día y dirá:
«Venid, benditos de mi Padre. Vosotros, los que llorasteis. Los que sufristeis. Los olvidados. Los perseguidos. Los descartados. Los que cargasteis con injusticias sin perder la fe y la esperanza en mí. ¡Venid! Entrad al banquete eterno preparado para vosotros desde el principio del mundo».
Y otros llamarán a la puerta diciendo:
«¡Señor, Señor, ábrenos!».
Y Él responderá:
«¿Quiénes sois?».
«Señor, ¿no aplaudimos durante siete minutos a tu Vicario? ¿No nos pusimos en pie? ¿No pronunciamos palabras hermosas sobre la dignidad humana en los mítines?».
Y el Señor les dirá:
«Sí, aplaudisteis. Pero después, ¿qué hicisteis? Llamasteis derecho a lo que mata al inocente. Llamasteis compasión a lo que mata al enfermo. Llamasteis amenaza al que estaba cuidando a los padres que vosotros ya no cuidáis. Llamasteis progreso a lo que destruye a la familia. Cambiasteis vuestra conciencia por una silla y vuestra libertad por unas siglas. Me honrabais con los labios, pero vuestro corazón estaba lejos de mí».
Y entonces oirán aquellas palabras terribles:
«No os conozco».
Todos nos tenemos que convertir. Todos. Los de Butarque y los del Congreso. Mejor es abrazar las miserias de nuestras vidas que adherirnos a ideologías miserables.
Porque el Reino de Dios no se hereda por los aplausos que se dan a la verdad. Se hereda por la valentía de vivirla.