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Montgomery Clift en el papel del Padre Michael Logan en la película de 1953, "Yo confieso", dirigida por Alfred Hitchcock

Montgomery Clift en el papel del Padre Michael Logan en la película de 1953 «Yo confieso», dirigida por Alfred Hitchcock

¿Por qué el Papa defendió ayer el secreto de confesión ante los diputados y senadores?

Fue, tal vez, un giro de guion un tanto inesperado en el aplaudido discurso de León XIV ayer ante las Cámaras. Cuando estaba llegando a su fin, y tras afirmar que «la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso», el Papa recordó que «el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica». «Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna», explicó, a la vez que afirmó que «tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales».

¿Por qué hizo esta defensa del secreto de confesión o sigilo sacramental el Santo Padre? ¿Está, de algún modo, amenazado en nuestro país? En principio, no, pero es probable que el globalismo mundial haya fijado la mirada en esta práctica que obliga al sacerdote, bajo pecado grave, a no revelar nada de lo que le haya sido confiado en el sacramento de la confesión. Hace apenas unos días, la Asamblea Nacional francesa aprobó una ley de protección de menores que, en sus primeros borradores, pretendía acabar con el sigilo sacramental de los sacerdotes. Según una clausula que finalmente fue retirada, los presbíteros habrían quedado obligados a denunciar ante la Justicia lo conocido en el confesonario. Los obispos galos protestaron por lo que consideraban una injerencia del Estado, y finalmente ese punto fue retirado.

Sin embargo, a principios de abril, el Tribunal Constitucional checo tumbaba el concordato con la Santa Sede firmado dos años antes. De nuevo, el sigilo sacramental volvía a ser señalado, esta vez por algunos diputados que alegaron que era «incompatible» con la constitución del país.

Reino Unido también se ha sumado a la lista de países que recurren al argumento de la supuesta «protección de los menores» para tratar de prohibir el sigilo sacramental de los sacerdotes católicos, y en Estados Unidos, los ortodoxos llegaron a demandar al estado de Washington por su intención de obligar a romper el secreto de confesión.

España, además, no ha quedado libre de esta tentación intervencionista por parte del Estado. El pasado 27 de octubre, el Consejo de Estado reprochaba a Bolaños que su reforma judicial chocara con el secreto de confesión. Tal vez, por eso, León XIV ha aprovechado su discurso al Parlamento español como altavoz para advertir al resto de países occidentales de que el sigilo sacramental es una condición fundamental de la libertad religiosa que el Estado no puede violar.

De hecho, el Papa dejó patente su importancia el pasado enero cuando aprobó el decreto que reconoce el martirio de fray Augusto Ramírez Monasterio, sacerdote franciscano guatemalteco asesinado en 1983. Según explicaba el Vaticano en ese momento, muchos presbíteros habían entrado en conflicto con los intereses de los terratenientes y las multinacionales que apoyaban a los militares que habían liderado un golpe de Estado. Fray Augusto, que había ayudado a un campesino que, tras unirse a la guerrilla armada, deseaba redimirse beneficiándose de la amnistía concedida por el Gobierno, fue detenido el 2 de junio de 1983. Sufrió torturas y luego fue puesto en libertad, pero se enfrentó a un período de vigilancia especial y recibió numerosas amenazas de muerte, pero se mantuvo fiel a los valores evangélicos, que le habían llevado a defender a los pobres y a los que sufrían injusticias, y al ministerio sacerdotal, que le imponía el secreto de confesión, a pesar de las violencias sufridas para que revelara lo que había oído.

El 7 de noviembre, capturado por unos militares, fue sometido de nuevo a torturas. Durante su traslado en un coche de la policía especial a las afueras de la ciudad, intentó escapar, pero los militares lo alcanzaron y lo mataron. Se consideró que el odio a la fe fue la causa de su asesinato.

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