León XIV en Montserrat durante su discurso
El emocionante discurso del Papa en Montserrat: «Deponed las armas y las corazas que han endurecido el corazón»
En una histórica visita a la Abadía de Montserrat, el Papa ha recordado a España que su identidad reside en ese «regazo de una madre» donde todo vuelve a cobrar sentido
Una noche de marzo de 1522, un soldado herido en el cuerpo y transformado en el alma dejó su espada y su puñal ante la imagen de la Moreneta. Aquel gesto de Íñigo de Loyola, que cambió el acero de la guerra por el sayal del peregrino, ha vuelto a cobrar vida este mediodía en la Abadía de Montserrat. El Santo Padre ha tomado aquel histórico suceso para dirigirse al corazón del hombre del siglo XXI: no basta con rendir las armas de fuego si no somos capaces de deponer las «corazas» de soberbia y odio que blindan nuestra alma.
El Niño indefenso frente a la armadura humana
Con la mirada puesta en un mundo que «clama pidiendo justicia y paz», el Papa ha advertido contra una violencia sutil pero devastadora que anida en el hombre contemporáneo. No se trata solo de los conflictos bélicos, sino de esa «violencia que puede esconderse en nuestras palabras y actitudes», manifestada en la crítica que humilla, la condena que destruye y la agresividad que divide.
En su alocución, el Sucesor de Pedro ha denunciado cómo solemos protegernos tras «aparentes armaduras» —hechas de miedos, heridas y soberbia— que, lejos de defendernos, terminan por endurecer el corazón.
Contemplando la imagen de la Virgen de Montserrat, el Santo Padre ha hecho notar un detalle cargado de ternura: el Niño Jesús que descansa en el regazo de María se presenta «indefenso» y «sin armaduras». Es la «fuerza desarmada y desarmante del amor» la que debe sustituir a esas aparentes protecciones que nos fabricamos para ocultar miedos y heridas.
«Deponed hoy a sus pies las corazas que han endurecido poco a poco el corazón», ha exhortado, recordando que el verdadero programa de vida cristiana no es otro que el que María señaló en Caná: «Haced lo que Él os diga». Y lo que Cristo pide, ha subrayado, es un amor que no excluya a nadie y una comunión que sea siempre «más fuerte que toda división».
Un tesoro para el mundo entero
La emocionante mañana en la abadía, marcada por el canto de la Escolanía –la más antigua de Europa–, concluyó con una oración por la paz en un mundo que clama justicia. Al referirse a la esfera que la Virgen sostiene en su mano derecha, el Papa ha recordado que el mundo entero tiene cabida en su corazón materno.
Con la misma confianza con la que aquel soldado de Loyola se despojó de su pasado ante la Virgen, el Papa ha invitado a los fieles a reconocerse como un «tesoro» de Dios, pidiendo a la «Princesa» de los catalanes y amor de todo el mundo que el odio ceda, definitivamente, el paso a la esperanza.