La fe es bella. Gracias, Barcelona
La belleza la habíamos visto antes en este viaje, sí, pero anoche se manifestó de modo superlativo. Barcelona demostró a la Iglesia y al mundo que la fe es bella, buena y verdadera
Tres escolanes de Montserrat, durante la ceremonia de anoche en la Sagrada Familia
Hubo un momento en que la Iglesia era la mayor generadora de arte de la humanidad. Antonio Banderas lo reconoció hace unos días en el Movistar Arena de Madrid ante León XIV. Y después... después vino una etapa en la que, tal vez, la Iglesia se quiso diluir en exceso en el mundo para adoptar un lenguaje que le era extraño.
Pero no quiero hacer aquí una crítica de los templos-garaje y las parroquias que parecen polideportivos, sino ensalzar la belleza de lo que vimos -contemplamos, más bien- ayer en la Sagrada Familia. Barcelona marcó anoche el camino. La fe es bella. El feísmo le es ajeno.
Decía también ayer mismo el padre Ignacio Amorós, en una de las mesas de análisis que hemos organizado estos días en El Debate, que hay tres elementos presentes desde siempre en todo lo que tiene que ver con la fe: el bien, la verdad y la belleza. El bien lo hemos visto estos días en las calles y en los rostros de las madres que acercaban a sus hijos al Papa para que los bendijera, o en la labor de la Iglesia con los últimos y descartados, o en el hecho de que no haya habido un solo incidente reseñable durante una misa que congregó a un millón y medio de personas en la plaza de Cibeles el pasado domingo, o en los testimonios absolutamente poderosos y conmovedores que hemos escuchado estos días.
La verdad la escuchamos el lunes en el Congreso de los Diputados, con un Papa proponiendo un mensaje luminoso en el Congreso de los Diputados, tan habituado a riñas y discrepancias de poco fuste, o en Barcelona, donde León XIV insistió en la importancia de la unidad.
La belleza la hemos visto estos días en la plaza de Lima, con medio millón de jóvenes guardando un sobrecogedor silencio ante Jesús Eucaristía, o en la misa multitudinaria de Cibeles. La belleza habíamos visto antes en este viaje, sí, pero anoche se manifestó de modo superlativo. Barcelona demostró a la Iglesia y al mundo que la fe es bella, buena y verdadera. Y que, además, lo bello une, armoniza y reconcilia, porque eleva al hombre y le aleja de pensamientos banales y groseros.
La fe es bella. Gracias, Barcelona, por recordárnoslo anoche.