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Cuando el Papa León XIV cogió el toro de la inmigración por los cuernos

«Al que está en su país de origen, apoyo para que salgan adelante y no tengan que emigrar y abandonar a sus familias. A los estados origen de la inmigración: acabar con la corrupción y ofrecer más oportunidades. A los que trafican, se les persigue».

El Papa León XIV durante un encuentro con migrantes en el Centro Las Raíces, en su reciente visita a Canarias

El Papa León XIV durante un encuentro con migrantes en el Centro Las Raíces, en su reciente visita a CanariasEuropa Press

Sabíamos que León XIV, siguiendo el deseo que no pudo cumplir Francisco, venía hasta Canarias para hablar de uno de los temas más controvertidos e ideologizados de nuestro tiempo: la inmigración. Y el Papa León XIV ha cogido el toro por los cuernos y ha desentrañado los difíciles matices de un problema en el que son muchos los implicados.

Lo ha explicado muy claro y cada cual le ha dejado cuenta de sus tareas: a quienes reciben al que llega, acogida y caridad. Al que está en su país de origen, apoyo para que salgan adelante y no tengan que emigrar y abandonar a sus familias. A los estados origen de la inmigración: acabar con la corrupción y ofrecer más oportunidades. A los que trafican, se les persigue. Y a los que quieren emigrar, el aviso de que no caigan en la trampa de los cantos de sirena y de las falsas promesas de la trata de personas. La inmigración es un problema de todos –nos ha dicho el Papa– y cada uno tiene que poner de su parte.

Los que esperaban un discurso ideológico con el que apuntarse el tanto del votante católico, se han encontrado con un mensaje de esperanza fundamentado en la fe del que abraza la cruz de Cristo y cree en la salvación, y con una aproximación realista y certera a la cuestión de los flujos migratorios. No es un problema sencillo. En su complejidad, es la responsabilidad de muchos.

Así se lo hizo saber a los diputados y senadores reunidos en las cortes. «el Drama migratorio interpela hoy a la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosas hombres, mujeres y niños se ven obligados por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos».

Lo que nos hace falta es «una respuesta que mire a las personas, que afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble existencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración, y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática».

A los migrantes, actores principales de este drama, les ha dicho: «Quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar». Y les ha avisado con claridad para que «no entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo o de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son ‘cantos de sirenas’, son industrias de muerte». Y les ha pedido que acojan también a la sociedad que los acoge, que se abran a su comunidad, que aprendan su lengua, que respeten sus leyes, que conozcan sus costumbres y que participen en esa vida en común.

Y aquí la apelación a la comunidad internacional en su conjunto: «Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante».

«No podemos luego 'pasar de largo' ante los cayucos y las pateras». Eso es, en efecto, coger el toro por los cuernos y pedir a cada cual que haga su parte. No es un problema sencillo, pero si alzamos la mirada, podremos afrontarlo con la ayuda de Dios.

  • María Solano Altaba es profesora y ex Decana de Periodismo y Humanidades de la Universidad CEU San Pablo.
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