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Imagen de Jerusalén, la ciudad que vio morir y resucitar a Jesucristo

Imagen de Jerusalén, la ciudad que vio morir y resucitar a JesucristoFOCO

Tierra Santa: donde lo divino irrumpió en la historia humana en un tiempo y lugar concretos

Estos son los lugares santos que recorrió Jesús y que hoy visitan millones de peregrinos

Las calles en las que Jesús realizó milagros, las casas en donde comía con los pecadores de su tiempo o el monte donde Cristo proclamó las bienaventuranzas son sólo algunos de los numerosos lugares que hoy recorren millones de peregrinos cristianos.

Caminar por Tierra Santa es emprender un viaje que desafía el paso del tiempo. Para millones de personas, esta estrecha franja de territorio en el Medio Oriente no es sólo un destino turístico, sino el escenario vivo de las Sagradas Escrituras. El llamado «quinto evangelio».

Cruzar los umbrales de sus iglesias, tocar las piedras milenarias y contemplar los mismos paisajes que enmarcaron la vida de Jesús de Nazaret transforma la lectura de los Evangelios en una experiencia de fe tangible.

El peregrinaje moderno sigue una geografía sagrada que traza los misterios de la encarnación, la vida pública, la pasión y la resurrección de Cristo. A través de este recorrido, los peregrinos reconectan con la historia en los puntos exactos donde el cristianismo echó sus raíces.

Los orígenes de la Redención

El viaje espiritual de la mayoría de peregrinos comienza inevitablemente en los lugares que atestiguaron los primeros años de Jesús en la Tierra.

Ubicada en la región de Galilea, Nazaret pasó de ser una humilde aldea a un punto neurálgico de la devoción mariana y cristiana. La actual basílica resguarda la Gruta de la Anunciación, el sitio arqueológico que la tradición identifica como el hogar de la Virgen María.

Es aquí donde el arcángel Gabriel anunció a aquella joven que sería la Madre de Dios. Los peregrinos se detienen frente al altar que reza la inscripción en latín: Verbum caro hic factum est («Aquí el Verbo se hizo carne»), un recordatorio de que la historia de la salvación comenzó en ese preciso espacio.

Gruta de la Anunciación, en Nazaret

Gruta de la Anunciación, en Nazaret

Otra ubicación de obligada visita está situada a pocos kilómetros al sur de Jerusalén. Allí se encuentra una de las iglesias cristianas más antiguas que se conservan en su estructura original: la basílica de la Natividad.

Para ingresar, los visitantes deben agacharse por la «Puerta de la Humildad», un pequeño espacio que, en sus orígenes fue un amplio portón y que tuvo que ser prácticamente sellado para evitar las acometidas a caballo de los soldados de Saladino.

Bajo el altar mayor de la basílica se halla la Gruta de la Natividad. Una estrella de plata de catorce puntas en el suelo de mármol marca el lugar exacto del nacimiento de Jesús. A pesar de las tensiones geopolíticas y religiosas de la región, la atmósfera dentro de la gruta permanece cargada de un silencio reverente y una profunda emotividad.

Los escenarios del ministerio público

El norte de Tierra Santa fue el epicentro de la predicación de Jesús y de la elección de sus primeros discípulos. En el entorno de las orillas del Mar de Galilea Jesús caminó sobre las aguas, calmó la tempestad, predicó a las multitudes y multiplicó los panes y los peces.

Hoy en día, los peregrinos suelen embarcarse en réplicas de madera de las antiguas barcas pesqueras para cruzar el lago, en momentos de oración y contemplación. El agua y las montañas circundantes conservan casi inalterable el mismo horizonte sobre el que el Maestro paseó sus ojos, y una paz que contrasta con el bullicio de las grandes ciudades.

Bañada por sus aguas, y conocida en las escrituras como «su propia ciudad», Cafarnaúm alberga las ruinas arqueológicas de la casa de san Pedro, sobre la cual se erige hoy un moderno santuario octogonal «flotante».

A pocos metros se encuentran también los restos de la sinagoga de piedra blanca donde Jesús pronunció el discurso del Pan de Vida. Caminar por las calles de piedra negra basáltica permite imaginar la vida comunitaria de los primeros seguidores de Cristo.

Una colina que domina el contorno septentrional del lago acoge la iglesia que conmemora el Sermón del Monte. Sus jardines, bellamente cuidados, y su templo de planta octogonal –que representa cada una de las ocho bienaventuranzas– invitan a la meditación sobre el núcleo del mensaje más radical de Jesús.

Renovación de las promesas bautismales

A medida que el itinerario desciende hacia el sur siguiendo la depresión del valle del Jordán, los paisajes se tornan áridos y propicios para el desapego y el examen interior.

En los límites divisorios entre Israel, Palestina y Jordania se localiza el sitio histórico del bautismo de Jesús a manos de Juan el Bautista.

Los peregrinos acuden en masa a este punto para renovar sus promesas bautismales, sumergiéndose de manera simbólica en las mismas aguas del río Jordán, muchos de ellos con túnicas blancas tradicionales.

La Ciudad Santa

Jerusalén representa la cumbre y el destino final de toda peregrinación. Es la Ciudad Santa para las tres grandes religiones monoteístas, especialmente para el cristiano, ya que guarda los secretos de la redención de la humanidad.

Desde lo alto del monte se obtiene la vista panorámica más famosa de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Al descender por la ladera, se llega al Huerto de Getsemaní, donde aún se conservan olivos milenarios cuyos sistemas de raíces podrían datar de la época de Cristo –aunque sus troncos seguramente serían talados por completo en el cerco y destrucción de Jerusalén, del año 70–.

Junto al huerto se encuentra la basílica de la Agonía (o iglesia de las Naciones), que conserva en su interior la roca sobre la cual Jesús sudó sangre la noche de su arresto, enfrentando la inminencia de la cruz.

El Huerto de Getsemaní, donde Jesús sudó sandre

El Huerto de Getsemaní, donde Jesús sudó sandre

Cruzar las murallas de la Ciudad Vieja sumerge al visitante en un laberinto de mercados, aromas a especias y voces en múltiples idiomas. En medio de este entramado comercial se traza la Vía Dolorosa. Muchos peregrinos recorren este camino portando cruces de madera y entonando cantos, deteniéndose en cada una de las catorce estaciones que marcan el viacrucis de Jesús hacia el monte Calvario.

El destino final de la Vía Dolorosa es el templo más sagrado del cristianismo. La basílica del Santo Sepulcro es un complejo arquitectónico monumental compartido históricamente por diversas confesiones cristianas (católicos, ortodoxos griegos y armenios).

En su interior, los peregrinos pueden subir los escalones de piedra que conducen al Monte Calvario (Gólgota) para tocar la roca donde se alzó la cruz. Unos pasos más adelante, bajo una enorme cúpula, se ubica el Edículo: la pequeña estructura que resguarda la tumba vacía de Jesús.

Hacer la fila para entrar por unos breves segundos al interior de la tumba es, para la mayoría de los peregrinos, el momento culminante y más transformador de toda la experiencia en Tierra Santa.

La certeza de la resurrección se experimenta de forma única frente a ese banco de mármol vacío.

El viaje por los lugares que recorrió Jesús no termina cuando el peregrino aborda el avión de regreso a casa. Al ponerle geografía, relieve, colores y rostros a las narraciones bíblicas, la fe adquiere una nueva dimensión de realismo.

Los lugares santos no son meros monumentos arqueológicos del pasado, sino recordatorios perennes de que lo divino irrumpió en la historia humana en un tiempo y lugar concretos, transformando el mundo para siempre.

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