¡Bendita cerveza! La bebida más popular del mundo tiene incluso su propia bendición en el Ritual Romano
Una antigua bendición de la cerveza conduce del trigo al salmo, del canto gregoriano al monasterio y de la garganta al corazón
'Monjes en una bodega' (J. Haier, 1873)
Una caña bien fría, con dos dedos de espuma, en una tarde como esta. Al verla llegar, la exclamación brota casi sola:
—¡Ah, bendita cerveza!
Pero esta vez no es solo una manera de hablar. Es historia, liturgia y también teología.
La Iglesia ha bendecido casas, campos, campanas, herramientas y alimentos. También la cerveza. En una edición del Ritual Romano publicada en Ratisbona en 1925, entre las bendiciones de su apéndice, aparece una oración titulada sin rodeos Benedictio cerevisiae.
Comienza así: Benedic, Domine, creaturam istam cerevisiae; Bendice, Señor, esta criatura, la cerveza. Después recuerda que procede «de la riqueza del trigo» y pide para quienes la beban salud del cuerpo y protección del alma. Al final, el sacerdote la asperje con agua bendita.
No es un prospecto médico ni una licencia para el exceso. Es una oración. Y una oración puede cambiar la mirada: la bebida cotidiana deja de ser algo que simplemente se consume y vuelve a aparecer como fruto de la tierra, del ingenio y del trabajo humano.
Un monje bebe vino, según un códice medieval
Hay tres palabras que cambian de pronto el paisaje: ex adipe frumenti, de la riqueza del trigo.
No pertenecen al vocabulario de una fábrica de cerveza. Vienen de un salmo: Dios alimentó a su pueblo con la riqueza del trigo (Sal 80,17). El Ritual no habla como una fábrica. Habla como la Escritura cuando reconoce un don.
Y ese mismo verso se canta cada año en el introito gregoriano del Corpus Christi: Cibavit eos ex adipe frumenti, los alimentó con la riqueza del trigo.
La misma frase, dos contextos radicalmente distintos: el canto de entrada de la solemnidad eucarística y la bendición de una bebida cotidiana.
No porque una caña pueda compararse con la Eucaristía. Una bendición no transforma la cerveza en sacramento ni cambia su composición. La relación está en otra parte: la liturgia recuerda que el hombre no vive solamente de aquello que produce o conquista, sino también de cuanto recibe.
La misma gramática del don. Realidades completamente distintas
Eso ayuda a comprender por qué la cerveza encontró sitio en los monasterios. No porque en la Edad Media nadie pudiera beber agua sin jugarse la vida, como repite una leyenda muy resistente. La cerveza era alimento, trabajo, sustento y hospitalidad. Casi pan líquido.
El célebre plano carolingio de San Galo, dibujado hacia el año 820 como proyecto ideal de un monasterio perfecto, reservaba espacio para tres cervecerías: una para la comunidad, otra para los huéspedes y otra para los peregrinos y los pobres.
Dos monjes beben cerveza
Cada mesa tenía prevista su cerveza. Porque cada mesa era también una forma de acogida.
Pero ¿qué hace exactamente la Iglesia cuando bendice algo tan cotidiano?
Bendecir no significa añadir poderes mágicos a las cosas. Para comprender lo que sí significa un sacramental, Juan Javier Flores, monje de Santo Domingo de Silos y antiguo rector del Pontificio Ateneo Sant’Anselmo, propone superar una comprensión simplemente jurídica o moral.
En Los sacramentales, un libro nacido de sus años de docencia en el Pontificio Instituto Litúrgico, explica que el misterio pascual alcanza en estas celebraciones las diversas circunstancias de la vida humana y que en ellas se manifiestan la maternidad de la Iglesia y la santidad de la creación. Su variedad, escribe, «abarca la misma vida del hombre, y también las vicisitudes de su quehacer».
Por eso la bendición puede alcanzar el trigo, el trabajo que lo transforma y la mesa que se comparte.
Que Flores sea monje de Silos añade una resonancia especial: para varias generaciones de españoles, aquel nombre conserva el sonido del canto gregoriano. Y no muy lejos, en San Pedro de Cardeña, la primera cerveza trapense española mantiene unidos oración, trabajo y sustento.
Monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos)
En Norcia, tierra de san Benito, los monjes eligieron para la suya un lema tomado del salterio: Ut laetificet cor, para que alegre el corazón (Sal 103,15).
De la garganta al corazón: ese es el reto de beber con sabiduría
La antigua bendición no rebaja la teología: ensancha su mirada hasta alcanzar también una cerveza. Recuerda que tampoco lo cotidiano existe fuera de la relación con Dios.
La sabiduría monástica nunca confundió la medida con la tristeza. El abuso no dicta la medida del uso. Y «gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 33,9) no significa devorar, sino reconocer la bondad de un don sin convertirlo en dueño de nosotros.
Quizá por eso tomar unas cañas puede ser, antes que beber, una forma de estar juntos.
Al final, aquella antigua oración podría prolongarse así:
Bendice, Señor, esta cerveza. Pero bendice también a quien la bebe, para que sepa agradecerla, compartirla y detenerse.
El P. Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.