Dos monjes benedictinos catan vino en la abadía de Santa María Magdalena de Barroux, en Vaucluse (Francia)
Cómo los monjes europeos crearon la 'cultura del vino': «Era un don que atesorar»
La autora estadounidense Emily S. Chapman —tras sus viajes por 12 abadías en Italia, Francia y España— señala que la mayoría de bodegas nacieron en comunidades monásticas
Los vinos que hoy disfrutamos son el legado de siglos de tradición monástica, sostiene el nuevo libro Sacred Wine: The Holy History and Heritage of Catholic Vintners (en español, Vino Sagrado: La Sagrada Historia y la Herencia de los Viticultores Católicos), de la autora norteamericana Emily S. Chapman. «La mayoría de las bodegas comenzaron como monasterios. Unas pocas aún lo son», afirma en su obra.
Chapman hace un recorrido de 12 monasterios a través de Italia, Francia y España, países donde la autora considera que nació la tradición vitivinícola monástica. En nuestro país la autora visitó la abadía cisterciense de Santa María de Poblet (Tarragona). Chapman invita a ver las abadías como «testigos vivos» de la historia espiritual y cultural de Europa, asegura la autora al diario The National Catholic Register. «La historia del vino es, en muchos sentidos, la historia de la Iglesia», dice sobre el libro The Catholic Company.
Dos religiosos cuidan el viñedo de la abadía de Santa Magdalena de Barroux
El vino es «un poco como nosotros»
El vino no es un objeto comercial: es «un signo», asegura Chapman. En el Antiguo Testamento, el vino «alegraba el corazón», expresa. En el Nuevo Testamento, en cambio, «cada gota se transfigura: se convierte no solo en un signo de bendición, sino en la bendición misma: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad», sostiene. El vino, así, es «un poco como nosotros: hecho para más», añade. Desde que se recoge de la vid, la bebida madura en lugares ocultos, cambia con la edad y, sobre todo, está «destinado a la gloria», asegura.
Chapman, en su obra, contrasta esta percepción católica con «cierta desconfianza protestante hacia el alcohol que, a menudo, rechaza el vino por su potencial de abuso», escribe Solène Tadié en The National Catholic Register. Los católicos ven al vino «como un don que atesorar, no como un mal que temer», afirma. La obra de Chapman «resulta una reflexión oportuna en una época de confusión sobre el alcohol», mantiene Tadié. Muchos jóvenes «rechazan el vino por considerarlo insalubre o, en el otro extremo, recurren al alcohol solo para calmar su inquietud», asevera.
Una copa de vino espumoso en el Claustro de les Cordeliers, en Saint-Émilion (Francia)
Cada copa es testimonio de la obra de Cristo
Los 12 monasterios analizados por Chapman en su obra muestran una revolución en la vinificación. «Châteauneuf-du-Pape, Chablis, Champagne, Chenin Blanc, Clos de Vougeot —algunos de los vinos más destacados de la historia, junto con decisivos avances técnicos— deben su origen a las comunidades religiosas católicas», escribe Tadié.
«Cada copa da testimonio de la Tradición que inspiró a hombres y mujeres santos a sembrar semillas en tierra fértil y colaborar con Dios para transformarlas en los mejores vinos», sustenta Tadié. Cada botella de vino monástico es «testimonio de la obra que Cristo realiza en nosotros», asegura: «Cada viña, como cada alma, lleva consigo una promesa: que lo que se cuida con paciencia puede, al final, dar fruto para la gloria», concluye Tadié.
Viñas en el Real Monasterio de Santa María de Poblet (Tarragona)
La obra de Chapman también «incluye notas sobre las cosechas clave de cada bodega, así como consejos de maridaje para quienes estén interesados en conseguir botellas para su propio consumo», concluye la autora en su web oficial.