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«Los guardias civiles también tienen madre» y los narcos parece que ministro

A nadie se le escapa, salvo que sufran la hipnopedia del Gobierno, la creciente infiltración del narcotráfico en el sistema español con capacidad para penetrar en las estructuras policiales y en todas las capas de la sociedad

Act. 11 may. 2026 - 12:42

El ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, acude a la Comandancia de la Guardia Civil de Cádiz tras el asesinato de dos agentes en Barbate (archivo)

El ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, acude a la Comandancia de la Guardia Civil de Cádiz tras el asesinato de dos agentes en BarbateJoaquín Corchero | Europa Press

Mientras un camaleónico Sánchez enlodado de corrupción se traviste de buen samaritano importando problemas ajenos que, a modo de antesala de su estrategia de aprovechar la visita del Papa León XIV para su junio eucarístico, redunden en su provecho para tapar los propios como con el «cortinavirus» del acogimiento del crucero holandés del hantavirus, donde ha desplegado la parafernalia –sin banda de música esta vez– del atraque del buque Aquarius con el que inauguró su ochenio, su Gobierno desguarnece las fronteras a narcotraficantes donde el viernes murieron otros dos guardias civiles en el Atlántico andaluz cuando perseguían a una narcolancha.

Para ellos, frente a los tres ministros pendientes de los pasajeros del MV Hondius, ha habido vacío ministerial llenado nuevamente por el buen pueblo de Huelva, como en el funeral por los 46 cadáveres de la catástrofe ferroviaria de Adamuz. Ya en La Arcadia de Lope de Vega se pueden leer estos versos tan vigentes ayer como hoy: «¡Ay, dulce y cara España, / madrastra de tus hijos verdaderos, / y con piedad extraña / piadosa madre y huésped de extranjeros!».

Así, el olvido gubernamental ha cubierto los féretros del capitán Jerónimo Jiménez Molero y del agente Germán Pérez González, quienes antes ya habían padecido heridas graves en su cerco al narcotráfico, así como antes envolvió el de sus compañeros Miguel Ángel González y David Pérez Carracedo, asesinados en febrero de 2024 en Barbate, arrollados por una narcolancha. Ello retrotrae a una viñeta de portada de ABC del gran Antonio Mingote en los años de plomo del terrorismo etarra al que hoy se asocia Sánchez. Tras ser acribillada una pareja del cuerpo, su indignación le impulsó a rotular bajo su dibujo: «También los guardias civiles tienen madre». Quizá le vino a la memoria el eco de otra primera página del diario de 27 de marzo de 1931 con ese titular remarcando la impactante foto de una mujer enlutada de pies a cabeza, cual dolorosa de Viernes Santo, mostrando su aflicción por el hijo matado.

Sin embargo, en contraste con aquel «los guardias civiles también tienen madre», las circunstancias agravantes que rodean estos fallecimientos en las costas de Cádiz y Huelva obligan a tener que apostillar: y los narcos parecen contar con un ministro como Marlaska, tras comprobar a diario como ha degenerado este modélico juez al que el alcohol de la política –primero con el PP y luego con el PSOE, lo que subraya la veleidad de sus principios– ha envenenado fatalmente. Como el célebre Joaquín Miranda, rehiletero de Juan Belmonte, que acabó como gobernador precisamente de Huelva, «de… de… degenerando…», como zanjó el maestro con su proverbial tartamudeo.

Luego de mendigar un ministerio para tener que excarcelar a los etarras que envió a la trena casi de por vida como juez, Marlaska dispensa a la Guardia Civil un mal trato rayano en el sadismo, amén de proveerla de directores generales que son desechos de tienta, incluso incursos en corrupciones, y le niega los medios materiales que prodiga a Marruecos, colocando a sus chaquetas verdes a los pies de clanes con armamento de guerra. Crecidos, blanden estos fusiles de asalto AK-47 en videos como los cárteles mexicanos que dictan la política a la presidenta Sheinbaum como antes a su predecesor López Obrador.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, gesticula mientras habla durante su conferencia de prensa diaria en el Palacio Nacional de la Ciudad de Méxic

La presidenta de México, Claudia SheinbaumAFP

No sorprenda, pues, que Sánchez diera trato de huésped de honor a la presidenta de México en la reciente cumbre barcelonesa de la ultraizquierda que orbita alrededor del comunismo chino. A este respecto, le importa un bledo que esta neoindigenista hija de judíos lituanos que arribaron allí en 1942 vilipendie la epopeya española hasta el punto de justificar, por boca del ministro Óscar López, que la presidenta madrileña haya tenido que interrumpir su visita al antiguo virreinato de Nueva España tras las coacciones ejercidas por Sheinbaum. Todo ello por rebatir Ayuso la leyenda negra de quienes no admiten, como significó Octavio Paz, que Hernán Cortés es el padre del México actual.

Ayuso regresa del futuro –como advierten los demócratas venezolanos a los españoles sobre la satrapía chavista– tras recorrer una nación que –como bien detalla el politicólogo mexicano Carlos Matienzo en el último número de la revista Letras Libres– vive la pérdida de soberanía ante grupos armados que arrebatan territorios y penetran gobiernos, como acredita la acusación de los EEUU contra el gobernador Rubén Rocha Moya, quien selló un pacto electoral con los hijos del Chapo Guzmán –los Chapitos del Cártel de Sinaloa– para recibir votos a cambio de acceder a las áreas de seguridad y justicia, emplazando a afines en puestos clave. No en vano, la narcopolítica financia campañas, facilita pucherazos o liquida aspirantes –43 en 2024–, configurando a sus capos en el gran votante de la mafiocracia en la que ha desembocado el «abrazos no balazos» de López Obrador, de su falso apaciguamiento para blanquear un pacto de impunidad.

A nadie se le escapa, salvo que sufran la hipnopedia del Gobierno, la creciente infiltración del narcotráfico en el sistema español con capacidad para penetrar en las estructuras policiales y en todas las capas de la sociedad al mover millones a tutiplén y actuar con violencia cada vez mayor. Por eso, cuando España se abandona al narco y a los comerciantes de seres humanos, dejando a la intemperie del delito a sus guardias civiles o desmantelando unidades de élite como OCON-Sur, con narcolanchas surcando el ría Guadalquivir como si fueran góndolas paseando turistas por el Gran Canal de Venecia o con encapuchados con Kalashnikov descargando droga en el muelle onubense de las Carabelas, se ponen las bases para que las mafias, siguiendo los patrones de los socios internacionales de Sánchez, se adueñen de crecientes parcelas de poder mientras el inquilino de La Moncloa finge una solidaridad que encierra el cebo envenado de la autodestrucción de España.

Como a medio plazo arruinará a Canarias como privilegiado destino turístico de persistir la imagen de archipiélago que oscila entre la Lampedusa del Atlántico o puerto de atraque de toda desgracia hasta empobrecerla a los niveles de Cabo Verde, exonerado de su deber en cuanto Sánchez ha visto una oportunidad de desviar la atención de la opinión pública. A ello, por desgracia, contribuirá la instrumentalización de Sánchez de la estancia papal en Las Palmas y en Tenerife, opacando otros asuntos de capital importancia en el retorno de un Sumo Pontífice a una España donde se consolidan las bandas y la indemnidad de quienes rondan o, directamente, ocupan el poder.

En esa encrucijada, lo peor no es que Marlaska no les reconozca a los guardias civiles ni a los policías nacionales que ejercen una profesión de riesgo frente a ertzaintzas o mossos, sino que el réprobo y reprobado constituye el principal riesgo profesional de estos encomiables servidores públicos ante el crimen organizado al apuñalarlos por la espalda al servicio del sillón que ensucia con sus posaderas. A diferencia de lo que el monarca francés Francisco I, preso en la torre de los Lujanes, le carteó a su madre tras derrotarlo Carlos I de España en Pavía, Marlaska no podrá escribir: «Señora, todo se ha perdido, menos el honor, que se ha salvado», pues no puede mirar a la cara de esos guardias civiles que «también tienen madre», pero no ministro.

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