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Retrato de monseñor Florentino Asensio

90 años de los primeros mártires de 1936

El atroz martirio del obispo de Barbastro, tortura inhumana a una persona indefensa

Entre burlas y zarandeos, Mons. Florentino Asensio respondió con serenidad ante uno de los martirios más espantosos de los que hay registro: «Allí rezaré por vosotros»

Cuesta creer que el odio pueda deformar de tal modo la mente que la lleve a aplicar torturas inhumanas y absolutamente salvajes a una persona indefensa. Pero eso fue lo que ocurrió a lo largo del verano de 1936 con centenares de religiosos por toda la España que había permanecido en manos de la República.

Uno de los casos más espantosos de los que hay registro es el de monseñor Florentino Asensio Barroso, administrador apostólico de Barbastro (Huesca), diócesis donde fue aniquilado el 90% del clero. El 22 de julio, apenas cuatro días después del inicio de la Guerra Civil, fue detenido y llevado al colegio de los escolapios, que se había convertido en una prisión para el clero y los religiosos.

Una de las pocas fotografías que se conservan de monseñor Florentino

Según recoge el P. Gabriel Campos Villegas en su libro Mártires claretianos de Barbastro, «en la noche del 8 de agosto, entre frases groseras e insultantes, un tal Héctor M., oculista, de mala entraña; Santiago F., el Codina, y Antonio R., el Marta, se acercaron al obispo. El obispo estaba mudo y rezando. Santiago F. le dijo a un tal Alfonso G., analfabeto: ¿No decías que tenías ganas de comer coj… de obispo? Ahora tienes la ocasión. Alfonso G. no se lo pensó dos veces: sacó una navaja de carnicero; y allí, fríamente, le cortó en vivo los testículos. Saltaron dos chorros de sangre que enrojecieron las piernas del prelado y empaparon las baldosas del pavimento, hasta encharcarlas». Entre zarandeos y empujones, se burlaban de él, diciendo: «No tengas miedo. Si es verdad eso que predicáis, irás pronto al cielo», a lo que monseñor Asensio respondió: «Sí, y allí rezaré por vosotros».

«En el suelo había un ejemplar de Solidaridad Obrera, donde Alfonso G. recogió los despojos; se los puso en el bolsillo y los fue mostrando, como un trofeo, por bares de Barbastro. Le cosieron la herida de cualquier manera, con hilo de esparto, como a un pobre caballo destripado. Los testigos garantizan que aquel guiñapo de hombre, el obispo de Barbastro, se habría derrumbado de dolor sobre el pavimento si no hubiera estado atado al codo de su compañero, que se mantuvo y lo mantuvo en pie, aterrado y mudo», prosigue el relato del P. Gabriel Campos.

Le dejaron agonizando

«El heroico prelado, que el día anterior, el 8 de agosto, había terminado una novena al Corazón de Jesús, iba diciendo en voz alta: ¡Qué noche más hermosa ésta para mí: voy a la casa del Señor! José Subías, de Salas Bajas, el único sobreviviente de aquellas primeras cárceles de Barbastro, oyó comentar a los mismos ejecutores: Se ve que no sabe a dónde lo llevamos. Me lleváis a la gloria. Yo os perdono. En el cielo rogaré por vosotros…», continúa. Uno de los anarquistas le golpeó la boca con un ladrillo, y le dijo: «Toma la comunión». «Extenuado, llegó al lugar de la ejecución, que fue el cementerio de Barbastro», señala.

«Al recibir la descarga, los milicianos le oyeron decir: Señor, compadécete de mí. Pero el obispo no murió aún. Lo arrojaron sobre un montón de cadáveres, y después de una hora o dos de agonía atroz, lo remataron de un tiro», observa su biógrafo. «No le dieron el tiro de gracia al principio, sino que lo dejaron morir desangrándose, para que sufriera más», señaló un testigo. Varios milicianos le oyeron musitar: «Señor, no retardéis el momento de mi muerte: dadme fuerzas para resistir hasta el último momento». Y repetía muchas veces «lo de su sangre y el perdón de los demás». Otro testigo le oyó que «ofrecía su sangre por la salvación de su diócesis».

El 4 de mayo de 1997 fue decla­rado mártir y beato por el Papa Juan Pablo II, junto con el gitano mártir Ceferino Jiménez Malla, el Pelé, fusilado también en el cementerio de Barbastro una semana antes que monseñor Florentino. Sus restos descansan en la capilla de San Carlos Borromeo en la catedral de Barbastro.