«Viva Cristo Rey. Muero mártir», se lee en este taburete de un piano
90 años de los primeros mártires de 1936
La nota garabateada en un taburete de piano: «Morimos contentos por Cristo, su Iglesia y por la fe de España»
En julio de 1936, 51 claretianos fueron apresados en Barbastro. Les ofrecieron la libertad a cambio de renunciar a su fe. Ninguno de ellos abjuró. Los tres primeros fueron asesinados el 2 de agosto
Sobrecoge visitar el Museo de los Mártires Claretianos en Barbastro (Huesca). Nada más cruzar su umbral destacan unas grandes letras: «Testigos de paz y reconciliación». Son palabras que concuerdan con los mensajes que dejaron escritos los 51 mártires de esa congregación religiosa, asesinados in odium fidei en cinco sacas que se sucedieron a lo largo del sangriento mes de agosto de 1936: «No se nos ha encontrado ninguna causa política. No ha habido ningún juicio. Morimos todos contentos por Cristo, por su iglesia y por la fe de España». «Queridos padres: muero mártir por Cristo y por la Iglesia. Muero tranquilo cumpliendo mi sagrado deber. Adiós, hasta el cielo», escribía otro de los jovencísimos claretianos.
La agitada caligrafía denota la tensión que se vivía en ese verano. Los religiosos no disponían de folios, y garabateaban en cualquier superficie sobre la que pudieran escribir: envoltorios de chocolatinas, trozos de papel e incluso en la parte de atrás de un taburete de madera del piano. Pasaron varios años, concluida la Guerra Civil, antes de que a alguien se le ocurriera ponerlo boca abajo y encontrarse con la apretada caligrafía...
La banqueta, a la derecha, junto a otros objetos que pertenecieron a los mártires de Barbastro
Dos días después del estallido de la Guerra Civil, un pelotón de sesenta milicianos armados irrumpió en el seminario que los claretianos tenían en el municipio oscense. Los 60 religiosos fueron detenidos y llevados a empujones y entre amenazas e insultos al colegio de los escolapios, que los marxistas habían habilitado como cárcel, al encontrarse ésta completamente llena. De ellos, nueve eran sacerdotes; doce, hermanos, y 39, estudiantes a punto de recibir el sacramento del orden, recién llegados del seminario de Cervera (Lérida).
Dos argentinos se libraron
De los 60 serían martirizados 51. Se salvaron exclusivamente dos estudiantes de nacionalidad argentina y siete hermanos coadjutores (seis ancianos y uno confundido con un seglar). «Les ofrecieron la libertad a cambio de renunciar a su fe. Todos prefirieron permanecer fieles, aun sabiendo que esta decisión les costaría la vida», explican sus biógrafos.
Una nota encontrada en el envoltorio de una chocolatina
Encarcelados en el salón de los escolapios desde el primer momento se prepararon para morir: «Pasamos el día en religioso silencio y preparándonos para morir mañana; sólo el murmullo santo de las oraciones se deja sentir en esta sala, testigo de nuestras duras angustias. Si hablamos es para animarnos a morir como mártires; si rezamos es para perdonar. ¡Sálvalos, Señor, que no saben lo que hacen!», escribía uno de ellos en uno de los pedazos de papel.
Tuvieron que soportar todas las penurias del encierro, pero, sobre todo, el racionamiento del agua, en pleno verano. Fueron atormentados con simulacros de fusilamiento: «Más de cuatro veces recibimos la absolución creyendo que la muerte se nos echaba encima», recordaba Parussini, uno de los dos argentinos claretianos, encarcelado con los demás y liberado el 12 de agosto por su condición de extranjero. «Un día estuvimos casi una hora sin movernos esperando de un momento a otro la descarga», añadía.
Las urnas que contienen los restos de los 51 mártires
Les introdujeron prostitutas en el salón para provocarlos, con la amenaza de fusilamiento inmediato en caso de contrariarlas. Algo similar a lo que le ocurrió a Santo Tomás de Aquino siglos antes. «Pero ni uno solo claudicó», observan sus biógrafos.
En una carta fechada el 10 de agosto, uno de los religiosos le escribía a sus familiares: «El Señor se digna poner en mis manos la palma del martirio; al recibir estas líneas canten al Señor por el don tan grande y señalado como es el martirio que el Señor se digna concederme… Yo no cambiaría la cárcel por el don de hacer milagros, ni el martirio por el apostolado, que era la ilusión de mi vida».
Pero, el 2 de agosto, la paciencia de los milicianos se acabó, y con ella, los simulacros de fusilamientos. De madrugada serían sacrificados los tres primeros Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Pronto les seguirían otros 48 misioneros más, en los días 12, 13, 15 y 18 del mes.
Los tres primeros mártires
Hoy, por tanto, se cumplen 90 años del asesinato de los tres primeros. El beato Felipe de Jesús Munárriz nació en Allo (Navarra) en 1875. Sus dos hermanos fueron también sacerdotes claretianos: Julián y Saturnino. Siendo los tres hermanos muy niños, sus padres emigraron a Barcelona. Ingresó en el colegio claretiano de Barbastro. Ordenado sacerdote, fue formador de seminaristas en Cervera, Barbastro y Alagón, y superior de las comunidades de Barcelona, Cartagena, Zaragoza y Barbastro. En julio de 1936 tenía 61 años, y era el superior de la Comunidad de Barbastro.
Otro plano del taburete de piano
El beato Juan Díaz Nosti nació en Oviedo en 1880. Fue el primer asturiano claretiano. Sus padres se trasladaron a vivir a Barcelona. Allí conoció a los claretianos. Ingresó en el colegio de Barbastro, y continuó en Cervera y Alagón. En el verano de 1936 tenía 56 años y era prefecto y profesor de moral de los estudiantes teólogos de Barbastro.
El beato Leoncio Pérez Ramos nació en Muro de Aguas (La Rioja) en 1875. Fue ordenado sacerdote en 1901. Ingresó en el colegio claretiano de Alagón. Ocupó los cargos de superior y de ecónomo en Barcelona, Tarragona, Lérida, Játiva, Alagón y Barbastro. Tenía 60 años en el momento de su martirio.