El ateísmo de cátedra
Una universidad católica debe pensar el ateísmo: estudiarlo, discutirlo y sentarlo a la mesa. La cuestión es si debe sentarlo también en la cátedra desde la cual se define qué significa conocer y qué es la verdad de lo real.
El Concilio Vaticano II pidió examinar el ateísmo con seriedad, conocer sus causas y atender a las razones que pueden esconderse «en la mente del hombre ateo». Pero, simultáneamente, «rechaza en forma absoluta el ateísmo», que considera «uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo», y añade que reprueba «con dolor, pero con firmeza» unas doctrinas que califica de «perniciosas». Reconoce también que los propios creyentes «pueden tener parte no pequeña en su génesis» y que «no es un fenómeno originario en el hombre, sino derivado de diversas causas» (Gaudium et spes, 19-21).
Pero pensar el ateísmo y reconocer al increyente capacidad intelectiva en el debate intersubjetivo público es distinto de conferirle cátedra.
Hace unos días, el diario digital Religión en Libertad publicó, el 2 de julio de 2026, una extensa entrevista con un filósofo, profesor titular de Filosofía en la Universidad Pontificia Comillas. En ella expone con notable franqueza las razones de su actual imposibilidad de creer. Adviértase que no se cuestionan ni su cualificación académica ni su altura moral. Tampoco se pretende, en este breve artículo, medir la solidez filosófica de sus argumentos.
Fijémonos en que no estamos ante la confidencia circunstancial de quien sencillamente ha perdido la fe.
Hay un pensamiento elaborado, y sorprenden la dureza y la cortesía retórica con las que, desde su despacho universitario y a través de un medio digital católico —circunstancias que, en último término, poco importan—, se asoma al foro público y se dirige al interlocutor teísta.
La explicación filosófica de orientación cientificista ocupa un lugar determinante en su horizonte cognoscitivo; la teología aparece privada de capacidad para formular afirmaciones verdaderas acerca de la realidad de Dios y de su revelación salvífica en la historia; y toda religión, a fortiori, queda interpretada como fruto de la necesidad humana y como proyección de esa misma necesidad —Feuerbach—, agotándose así en la mera inmanencia.
¿Cuál es, entonces, el problema que queremos plantear y poner al descubierto?
La libertad de pensamiento no se concede graciosamente: se reconoce. Los derechos humanos son inherentes a toda persona. El profesor conserva su condición de ciudadano y su libertad de expresión. El problema comienza cuando se confunden dos libertades distintas: la libertad personal del profesor y la libertad que se ejerce institucionalmente desde una cátedra perteneciente a un centro con ideario propio.
Kant vio este problema en su célebre ensayo Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, al distinguir entre el uso público de la razón y el uso de la razón vinculado al desempeño de una función. La distinción kantiana conserva una intuición elemental: no toda palabra pronunciada por una persona posee el mismo estatuto cuando esta actúa en nombre propio que cuando ejerce una función que le ha sido confiada.
Nuestra Constitución tampoco identifica sin más la libertad de expresión y la libertad de cátedra. Las reconoce separadamente en el artículo 20.1, apartados a) y c). La libertad de cátedra es, ciertamente, una libertad fundamental, pero se ejerce en el seno de una institución docente. Y, cuando esa institución posee un carácter propio, entra en juego otro elemento constitucionalmente relevante. El Tribunal Constitucional lo formuló tempranamente con palabras inequívocas: la libertad del profesor es «libertad en el puesto docente que ocupa» y ha de ser compatible con la libertad del centro y con su ideario.
Por eso no lo faculta para dirigir «ataques abiertos o solapados» contra este. Conviene añadir de inmediato —para no manipular la sentencia— que el propio Tribunal ha declarado también que el derecho a establecer un ideario no es ilimitado. Existe, por tanto, una tensión jurídica real entre derechos, no una licencia para la depuración ideológica (Cfr. SSTC 5/1981, FJ 10, y 106/1996, FJ 3).
Desde el derecho de la Iglesi,a en nuestro caso desde el ideario creyente, ¿dónde se sitúa el límite entre enseñar el fenómeno del ateísmo y enseñar desde el ateísmo? ¿Puede un filósofo ateo pensar y enseñar, a la vez, en torno a la pregunta epistemológica «¿qué puedo conocer?» sin comprometer y expresar en ello su propio pensamiento y su propia vida? La cuestión se vuelve especialmente aguda cuando las materias impartidas son Teoría del Conocimiento o Filosofía de la Religión, disciplinas que tocan el corazón mismo de la noción de verdad.
El magisterio de la Iglesia habla del «vínculo íntimo» y de la «unión vital» entre la filosofía, la teología y las demás ciencias, así como del «principio de unidad de la verdad» (Fides et ratio, 1998). Pero aquí esa unidad parece romperse en mil pedazos.
Cuidar la salud, velar por la educación y custodiar los derechos laborales: ¿quién podría cuestionarlo? Y, sin embargo, también la vida de la fe debe ser alimentada, cuidada y custodiada «con temor y temblor», según el Apóstol.
Jean Guitton, después de elogiar los progresos de la exégesis bíblica, advertía:
«La exégesis historicista —forma atea de hacer exégesis—, sin decirlo, dependía de una filosofía hostil a priori a lo esencial del cristianismo. Esta exégesis contiene en sí misma, virtualmente, inconsciente pero realmente, una ateología. Si penetra el pensamiento de la Iglesia sobre Cristo, lo disolverá sutilmente, pues llegará no a su accidente, sino a su esencia» (Cfr. Silencio sobre lo esencial, 1987).
Una universidad católica debe pensar el ateísmo: estudiarlo, discutirlo y sentarlo a la mesa. La cuestión es si debe sentarlo también en la cátedra desde la cual se define qué significa conocer y qué es la verdad de lo real.
* Arsenio Alonso Rodríguez es doctor y profesor del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Oviedo- UPSA