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Tribunas de veranoP. Claudio Campesato

«Endomingarse»: el mejor vestido, para ir a la iglesia

La teología que brota de un vestido con vuelo: del «endomingarse» a la mejor túnica del hijo pródigo

Una mujer, con vestido largo, frente a la iglesia

Endomingarse para ir a misa

Quien haya buceado por las redes sociales en las últimas semanas quizás se habrá topado con ellas: señoras elegantísimas de Estados Unidos que se preparan en casa, posan ante la puerta del templo o desfilan dentro de la iglesia con un vestido con vuelo que rebota a cada paso, como si la tela celebrase algo por su cuenta. Son los bouncy dress, vestidos con vuelo que –traduciendo la expresión literalmente del inglés– rebotan. A veces es una sola señora; a veces son varias, con maridos e hijos igualmente endomingados y rebotando.

La más conocida de ellas se llama Kimberly Davis: su vídeo más visto supera los seis millones de «Me gusta» y va camino de las 45 millones de reproducciones. De fondo suena un góspel, At the Meeting, y la descripción no deja dudas: «¡Vamos a alabar al Señor!». La moda, nacida en las iglesias afroamericanas, rebota ya también en español: basta buscar #vestidoquerebota. El algoritmo difunde el rebote; la alabanza viaja de contrabando. Y sí: la primera reacción es sonreír.

Detrás de la extravagancia, sin embargo, hay una tradición seria. En muchas iglesias afroamericanas, el Sunday best —reservar lo mejor del armario para el culto— no es mera vanidad: expresa respeto, pertenencia y fe; es teología doméstica. Y lo mejor no significa lo más caro: es lo reservado, cuidado y preparado para la fiesta. Sin perder su historia propia, la costumbre toca un instinto cristiano de siempre, el mismo que el español guarda en el verbo «endomingarse» y que nuestras abuelas llamaban el traje de los domingos. El domingo es fiesta, y a la fiesta no se va de cualquier manera. Davis, de hecho, no se arregla solo a sí misma: elige también el sombrero de su marido, sus zapatos, hasta su perfume. La preparación es ya una pequeña liturgia.

Es fácil sonreír. Pero la parábola del hijo pródigo ya tiene previsto al que mira la fiesta desde fuera: el hermano mayor, que al volver oye «la música y las danzas» y no quiere entrar (Lc 15,25). En aquella casa también había baile, y el reproche no cae sobre los que bailan. Porque todos esos vídeos plantean, sin saberlo, una pregunta antiquísima: ¿cuál es el mejor vestido para ir a la iglesia? Y la respuesta del Evangelio desconcierta: el mejor vestido no lo elige quien va. Lo manda traer quien espera.

Cuando el hijo pródigo vuelve a casa ensayando su discurso de fracasado, el padre no le deja terminar la frase. No le pregunta dónde ha estado ni le manda lavarse primero. Ordena a los criados: «Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela» (Lc 15,22). La túnica no premia el regreso: es el regreso hecho visible. La Vulgata condensó aquella prenda en dos palabras: stola prima, la túnica primera; y san Agustín vio en ella la dignidad que Adán perdió, devuelta ahora en el abrazo del Padre.

El Catecismo lo dice sin rodeos: «El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios» (n. 1439). Y conviene fijarse en dónde lo dice: no en un capítulo sobre liturgia ni sobre costumbres, sino en el dedicado al sacramento de la Penitencia. El guardarropa donde se custodia el mejor vestido tiene forma de confesonario.

No es una metáfora improvisada: la misma túnica reaparece en el Bautismo. «Los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo», escribe san Pablo (Gal 3,27). Por eso el rito bautismal entrega una vestidura blanca, el primer traje de domingo de toda vida cristiana: signo de la dignidad de cristiano, para conservarla sin mancha.

Que nadie tire, pues, su vestido de fiesta: prepararse para la Misa, también con el cuerpo y con la ropa, confiesa que el encuentro merece una fiesta, y quizá esas señoras que rebotan camino del templo lo recuerdan mejor que nosotros. Pero el Evangelio guarda el reverso: el vestido más bello no es el que llevamos para presentarnos ante Dios, sino el que el Padre pone sobre nuestros hombros cuando regresamos a casa. La dignidad de hijos, la gracia recuperada, Cristo mismo.

Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.

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