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Los anticonceptivos, o cómo destruir el amor

«El anticoncepcionismo planeado es la decisión deliberada y voluntaria, por parte del marido y la mujer, de negarle a Dios la oportunidad de crear otro ser a Su imagen y semejanza. Es la voluntad humana que frustra libremente la voluntad Divina…El non-serviam de Lucifer ha tenido su efecto catastrófico en toda la creación…»

Las campañas de «educación sexual» se centran en el uso de anticonceptivos y ni eso logranGetty Images/iStockphoto

¿Cuál ha sido el mayor cambio social en forma de revolución histórica? Visto con la perspectiva de los años recientes y sin ninguna duda: los anticonceptivos. Nunca en la historia, desde que existe el ser humano, se ha podido limitar la natalidad siendo tan accesible para toda persona. Los cambios que han conllevado la implantación del control de la natalidad de forma tan generalizada asustan, porque han afectado a la cédula básica de toda sociedad: la familia.

La capacidad dada por Dios al hombre de colaborar con Él en la creación de vida es lo más sagrado que tiene el ser humano, algo que afecta a toda época y cultura. Por ello quisiera iniciar este artículo con una cita de monseñor Fulton John Sheen, obispo y apologeta católico del siglo pasado, en su libro Son tres los que se casan: «El anticoncepcionismo planeado es la decisión deliberada y voluntaria, por parte del marido y la mujer, de negarle a Dios la oportunidad de crear otro ser a Su imagen y semejanza. Es la voluntad humana que frustra libremente la voluntad Divina…El non-serviam de Lucifer ha tenido su efecto catastrófico en toda la creación…».

¿Qué es el amor?

Según el Diccionario de la RAE, en su primera acepción se define el amor como «sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser». Partiendo de esta definición podemos ver varias notas que caracterizan al amor desde un punto de vista natural, tiene que ver con los afectos y sentimientos, y está en todo ser humano. El hombre por naturaleza necesita del otro, es consciente de su pequeñez e insuficiencia, así que necesita la unión con otro ser que le complemente.

La fe católica, partiendo de esta concepción natural, la eleva en el plano sobrenatural, pues ya no es el amor un sentimiento egoísta de sentir unión y placer. Santo Tomás de Aquino lo define como un acto de voluntad de «querer el bien para el otro», por encima de mis apetencias personales.

En el Evangelio se nos dice «El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor» (I Io. IV, 8). Y también: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Io. XV, 13). El amor es lo que da plenitud a la existencia del hombre, porque es la virtud de la caridad la que nos une a nuestro Dios creador, y está fundado en el sacrificio de la entrega total, hasta la muerte. Como dice San Pablo: «El amor no pasa nunca. Desaparecerán las profecías, cesarán las lenguas, desaparecerá el conocimiento... Ahora subsisten estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más grande de todas ellas es el amor» (I Cor. XIII, 8-13).

¿Sexo sin amor?

Ya en 1930, S.S. Pío XI nos explicaba en Casti Connubii: «Ningún motivo, aun cuando sea gravísimo, puede hacer lo que es intrínsecamente contra naturaleza se haga conforme a naturaleza y honesto». ¿Y hay algo más deshonesto que pervertir el orden natural creado por Dios para generar nueva vida?

S.S. Pablo VI publica en esta línea su encíclica Humanae Vitae, con la que valientemente desoye las presiones de las comisiones progresistas, recordando una verdad inmutable: la unión conyugal posee dos significados inseparables, el unitivo y el procreador. El sexo sin amor, unión sin procreación, es imposible, pues se convierte el acto conyugal en un consumo efímero que reduce su capacidad de entrega verdadera. Con el uso de anticonceptivos, mientras el cuerpo expresa entrega total, se limita absolutamente su capacidad de entregarse y la expresión suprema de generosidad: la venida de un hijo cuando Dios quiera. Es la falsificación del amor.

Además, la mentalidad anticonceptiva erosiona el compromiso definitivo, y dispara las tasas de divorcio y fragilidad en el hogar. ¿Quién no quiere un amor para toda la vida? Si utilizamos anticonceptivos, los juramentos de amor eterno de los amantes quedan reducidos a promesas vacías.

Las consecuencias del uso de anticonceptivos han sido un invierno demográfico sin precedentes. Europa registra una tasa de fecundidad cercana al 1,4 hijo por mujer; muy lejos del mínimo 2,1 necesario para el reemplazo generacional. Además, en países como España, el aborto se ha convertido en el último anticonceptivo de emergencia superando los 100.000 al año.

Conclusiones

Se ha consolidado en la mentalidad postmoderna la máxima utilitarista «te uso mientras me sirvas». Ello ha destruido el amor humano, expulsando a Dios del acto conyugal. Si aplicamos la máxima evangélica «por sus frutos los conoceréis» (Mat. VII, 16) aquí está claro el resultado: esta ideología anticonceptiva ha descartado y destruido la vida humana tratando de despojar el último resquicio de la huella de Dios en nuestra naturaleza.

Sanear nuestra patria y reconstruir la sociedad exige valentía para proclamar la verdad sin complejos. Definitivamente, solo con familias construidas sobre la roca del amor abnegado, casto y abierto a la vida podremos resistir las tempestades de la tormenta de una humanidad que es eco del grito luciferino ¡no serviré! Recuperemos la ley natural para edificar de nuevo la ciudadela católica como único futuro posible para escapar de la destrucción actual.

Eduardo Tomás Toro es graduado en Derecho, Teología y Filosofía