L'Ecuyer es canadiense, pero vive en Madrid
Entrevista a Catherine L’Ecuyer, Doctora en Educación y Psicología
Catherine L’Ecuyer: «El ruido tecnológico es capaz de convertir a un santo en un yonqui»
Esta canadiense afincada en Madrid reflexiona sobre si rezamos menos por culpa del móvil, si hemos confundido descanso con entretenimiento y qué pueden hacer las familias para educar en la vida interior y la atención
Doctora en Educación y Psicología con la distinción summa cum laude, autora de la pedagogía del asombro e investigadora y autora de tres obras en su rama del saber– Educar en la realidad, Educar en el asombro y Conversaciones con mi maestra–; además de todo ello, el currículo de Catherine L’Ecuyer se engrosa con varias comparecencias ante las comisiones de educación del Congreso de los Diputados de España, de la Asamblea de Madrid, del Parlamento del País Vasco y de l' Assemblée Nationale de Québec.
Esta canadiense afincada en Madrid, madre de cuatro hijos y directora de un grado en educación clásica y humanidades, reflexiona sobre si rezamos menos por culpa del móvil, si hemos confundido descanso con entretenimiento y qué pueden hacer las familias para educar en la vida interior y la atención.
La batalla por nuestra atención
-Hoy vivimos rodeados de pantallas, estímulos y notificaciones constantes. ¿Estamos perdiendo la capacidad básica de recogimiento necesaria para la oración?
-Es muy difícil poder recogerse en medio de un bombardeo de estímulos. Lo es aún más si tenemos ese bombardeo a mano en un dispositivo en el bolsillo. Estos dispositivos están diseñados para crear un círculo de recompensa en nuestro cerebro, que merma la templanza y la fortaleza. El propósito es mantenernos en línea cuanto más tiempo mejor. No olvidemos que las empresas tecnológicas no están en el negocio de vender contenidos, sino de vender nuestra atención, nuestros datos y nuestros pensamientos a los que patrocinan sus contenidos y plataformas. Se llama «la economía de la atención».
-¿Qué ocurre en el cerebro y en el alma cuando pasamos horas saltando de estímulo en estímulo?
-Nos acostumbramos a estímulos cada vez más altos y entramos en una espiral de búsqueda de sensaciones nuevas que lleva al aumento del umbral de sentir.
-¿Cómo afecta esa cultura de la sobreexcitación sensorial a la vida interior?
-Mientras sube el umbral de sentir, la única forma de cautivarnos, engancharnos, es acelerar los contenidos, las imágenes, subir el volumen, proporcionar contenidos terribles, controvertidos, pornográficos, sangrientos, etc. Entonces nuestra capacidad para percibir la belleza, nuestra sensibilidad a estímulos lentos e importantes disminuye. Estamos embotados, insensibles, ansiosos, aburridos, inatentos, pasivos...
El asombro que conduce a la oración
-¿El problema es tecnológico o antropológico? Es decir, ¿rezamos menos por culpa del móvil o porque hemos perdido el sentido del silencio?
-Hay multitud de razones por las que una persona no tiene interioridad. La tecnología puede ser una de ellas. El ruido tecnológico es capaz de convertir a un santo en un yonqui. Lo que nos han vendido sobre el «uso responsable» es una mentira. Si una persona de verdad quiere tener y mantener la interioridad, o aspira a tenerla, tiene que renunciar a tener redes sociales para fines personales (otra cosa es que sean para fines empresariales, con un gestor), desactivar las notificaciones, retrasar la edad del smartphone a los veinticinco años, poner los medios para adquirir las virtudes en el mundo fuera de internet y ponerse un horario de uso. La gracia actúa, y contamos con ella, pero lo sobrenatural se construye sobre lo natural.
-Defiendes que la educación debe proteger la capacidad de asombro. ¿Existe una relación directa entre asombro y oración?
-Hay personas asombradas que no rezan porque no tienen fe. Hay personas que rezan como fariseos o de forma mecánica que son cínicas (el cinismo es lo contrario del asombro). El asombro es algo natural, recemos o no: «todos deseamos por naturaleza», decía Aristóteles. Por otro lado, es más fácil que una persona asombrada rece. ¿Por qué? Pues el asombro, que es «no dar nada por supuesto», lleva al agradecimiento. En última instancia, ¿a quién va a dar las gracias alguien que no reza? Por otro lado, podríamos decir que la oración no es auténtica si no hay asombro.
Como decía Juan Pablo II, «sin el asombro, el hombre caería en la repetición y no podría vivir una existencia verdaderamente personal». Las personas que entienden su fe de modo voluntarista o mecanicista mienten y cumplen (cumplimiento), pero no tienen una verdadera relación con Dios y se convierten en expertos para fingir la virtud. Eso no es oración, es guardar las apariencias de piedad para la galería. Por eso estamos viendo cada vez más manifestaciones emotivistas de piedad hacía afuera, llegando incluso a la gula y la soberbia espiritual.
-¿La gula y la soberbia espiritual?
-Sí. La soberbia espiritual se manifiesta en el exceso de religiosidad que impide el cumplimiento de las obligaciones personales, familiares y laborales. La gula espiritual lleva a perseguir «sensaciones» espirituales sensibles para tener la sensación de estar cerca de Dios. Nada tiene que ver eso con la santidad. Ambos llevan a buscar manifestaciones extraordinarias o a nutrirse de testimonios ajenos para validar intuiciones propias, en vez de leer los clásicos buscando un criterio sólido. Dios actúa en lo ordinario. No podemos saber de dónde viene lo extraordinario. San Juan de la Cruz, aconsejaba desconfiar y pasar de ello.
No tener miedo a prohibir
-La oración exige atención sostenida. ¿Estamos educando a niños y jóvenes en la incapacidad de atender?
-Por supuesto. Ya lo decía en 2012 en mi libro Educar en el asombro. Luego lo he repetido en 2025 en mi libro Educar en la realidad. Todo eso que estamos viendo hoy, se veía venir, se podía saber que iba a pasar. Las pantallas en la infancia y en la adolescencia en casa y en el colegio han hecho un daño irreparable. Da mucha pena que ahora nos estemos rasgando las vestiduras por algo que permitimos por mundanidad y complejos, porque era sinónimo de progreso y de modernidad.
-¿La mundanidad?
–Sí. Somos hijos de nuestro tiempo, pero no somos esclavos de nuestro tiempo. Es un matiz importante. No hemos de tener miedo a la prohibición. Educar siempre implica prohibir. Luego nuestros hijos crecen y nos dan las gracias por haber sido firmes. Hemos hecho lo mismo con nuestros padres, no es nada nuevo bajo el sol.
-¿Hemos confundido descanso con entretenimiento?
-No es lo mismo la diversión pasiva que la actividad espontánea con propósito inteligente. En la diversión pasiva, uno mira contenidos con la actitud de «a ver lo que me echan». Eso hacíamos con el zapping, ahora con las redes y en YouTube. La actividad espontánea con propósito inteligente tiene un sentido (ej. cocino para agradar a mi familia, veo una película, leo un libro o escucho música para cultivar mi alma, paso tiempo con mi novio para disfrutar conociéndolo, dedico tiempo a mi abuela para cuidarla, etc.).
-¿Qué papel juega la familia en la educación para la interioridad?
-Se educa en la interioridad dando valor al silencio. El silencio permite el estudio, la concentración, el recogimiento, el pensamiento, la reflexión, el trabajo. El silencio permite, después, disfrutar de los momentos de conversación en familia, con amigos, de actividades espontáneas con propósito inteligente (cocinar en familia, ver una película, escuchar música, tocar un instrumento, etc.). El caos y el ruido de las tardes, de las comidas, de las películas en familia, es normal y sano en un hogar. Es muestra de que somos humanos y de que estamos vivos; no deberíamos dar ninguno de estos dos aspectos por supuesto, al contrario, deberíamos celebrarlos.
Artículo publicado originalmente en La Antorcha, la revista gratuita de la Asociación Católica de Propagandistas