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Ignacio Crespí de Valldaura
Mi torre de marfilIgnacio Crespí de Valldaura

Conclusiones de grandes científicos que fortalecen nuestra fe en Dios

Lo razonable es que haya un amor que nos preceda y nos exceda, y alguien capaz de personificarlo, administrarlo, donarlo y comprenderlo; y esto donde mejor lo veo reflejado es el rezo del Padrenuestro, porque, en él, identificamos no sólo a un Dios creador, sino Padre de todas sus criaturas

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«Existen una serie de afirmaciones verdaderas que no pueden demostrarse dentro del sistema de matemáticas conocido»Getty Images

El matemático alemán David Hilbert (1862-1943), encuadrado en la escuela de los formalistas, hizo ímprobos o prometeicos esfuerzos por demostrar que las matemáticas se sostienen sobre reglas infalibles, lo que se conoce como axiomatización; ello en aras de apuntalar que los axiomas no cabalgan contradicciones, véase que son plenamente consistentes.

Por un lado, considero que la conclusión de Hilbert contribuye a desmontar ese relativismo que, como decía George Orwell, trata de inculcarnos que dos más dos son cinco; por lo que percibo que alberga una parte de razón. Ahora bien, llevar esto al extremo de que el sistema matemático es plenamente infalible y consistente peca de una rigidez racionalista que se cae por su propio peso; y, aquí, entrarían en escena los teoremas de incompletitud de Gödel.

Kurt Gödel (1906-1978) le dio el golpe de gracia y la estocada definitiva al formalismo de David Hilbert. Este matemático austriaco demostró que existen una serie de afirmaciones verdaderas que no pueden demostrarse dentro del sistema de matemáticas conocido y que, bajo ciertas condiciones, el sistema no puede demostrar su propia consistencia. En resumidas cuentas, hay cosas que escapan del control del sistema; y, en consecuencia, afirmaciones que podrían hacer colapsar a sus algoritmos.

Es cierto que lo demostrable acapara una porción de la verdad, pero quedó demostrado por Gödel que la verdad no puede ser plenamente cubierta por la demostración; y, aquí, entraría el físico y matemático Roger Penrose (oriundo de Reino Unido y nacido en 1931, es decir, de 95 años de edad), para concluir que la mente tiene una capacidad que no es puramente computacional, porque nos permite comprender, mientras que una máquina tan solo puede computar.

En este sentido, Penrose corrige que la denominada IA no debería llamarse «inteligencia artificial», sino «habilidad artificial», puesto que solamente es capaz de desarrollar aquello para lo que ha sido programada; por lo que no es consciente de sí misma, a diferencia de las personas, que sí lo somos. Por ello, tenemos consciencia, debido a que no nos limitamos a computar.

Queda claro que Penrose sostiene que ningún sistema matemático conocido puede demostrar su propia consistencia desde dentro de sí mismo. Ahora bien, la cuestión se complica más todavía, porque añade que la mente humana tampoco es capaz de atestiguar del todo su consistencia, ni de captar verdades más allá de su sistema de capacidades, al igual que una máquina, pero de forma más sofisticada, abstracta, fiable y ampliada.

La humildad

Esto refuerza la conclusión de que existe algo que excede a todo lo empírico o demostrable, a todo sistema matemático conocido e incluso a la propia inteligencia humana; y, aquí, emergerían del subsuelo dos de los pilares más áureos, argénteos y alabastrados de la Fe Católica: uno, la humildad de reconocer nuestra pequeñez y, por consiguiente, que dependemos de algo más grande que nuestras propias capacidades, admisión de debilidad que, a su vez, nos hace más fuertes (por algo, afirmó el beato Fulton Sheen que la sabiduría y la humildad terminan por cruzarse); dos, que, como decía Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito, «lo esencial es invisible a los ojos» (algo muy similar a la consabida cita de San Pablo, a esa que reza: «nosotros hemos puesto la esperanza no en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas»).

El autor de El Principito, además, nos ayuda a percibir que la esencia «invisible a los ojos» más hermosa es el amor, por lo que añadiríamos un tercer pilar de la Fe Católica a los dos citados en el párrafo anterior. Antoine de Saint-Exupéry lo ilustra con un ejemplo muy sencillo, pero no por ello frívolo: el protagonista de su novela le tributa un cariño desmedido a una «efímera rosa», que nada tiene de especial frente a los millones de rosas que florecen de la tierra, pero agrega que lo que la hace digna de importancia es el amor que le rinde; algo intangible, inmaterial, incorpóreo, etéreo, es decir, «invisible a los ojos».

A esto, añado yo que el amor, además de procurar que la especie humana no se extinga, es lo que nos empuja a conservar lo creado, a evitar que se destruya, amén de aprender a valorarlo y de profundizar en su conocimiento. También, la fuerza que nos impulsar a crear cosas nuevas es el querer crearlas, véase el amor que permite que eclosionen.

Así pues, lo razonable es que haya un amor que nos preceda y nos exceda, y alguien capaz de personificarlo, administrarlo, donarlo y comprenderlo; y esto donde mejor lo veo reflejado es el rezo del Padrenuestro, porque, en él, identificamos no sólo a un Dios creador, sino Padre de todas sus criaturas. Aquí, el amor es personificado en una paternidad, se hace concreto, deja de ser una mera fuerza cósmica; y, por si no fuera poco, nos obsequia con una maternidad, que es la de la Bienaventurada Virgen María, para que el amor que necesitamos se mimetice a la perfección con nuestra naturaleza humana.

En la venida de Jesucristo al mundo, por intercesión del Espíritu Santo, también, percibo el amor reverberado de una manera tan intachable como inmejorable: un Rey que, sin perder ni renunciar a su Divina Majestad, permite que le ciñamos una corona de espinas, por la redención de todos nosotros; y que tolera que le humillemos, laceremos, ultrajemos y escarnezcamos en el madero infamante de la Cruz, pero sin sufrir ningún menoscabo en su divinidad.

Nos rescata

Si el egregio matemático Roger Penrose demostró sesudamente que tiene que haber algo que exceda tanto a la habilidad computacional de las máquinas como a la capacidad de comprensión de los humanos, ¿no te parece razonable, venerable lector, que aquél que nos sobrepase venga en nuestro rescate? Sobre todo, habida cuenta de que el amor es aquello «invisible a los ojos» que permite que nazcamos, que surjan cosas nuevas, que conservemos la creación y que tratemos de evitar que se destruya. En otras palabras, si este amor es lo más sublime, ¿no debería, también, salir en nuestra búsqueda? Pues, no hay manifestación más colosal de esto que en la venida de Cristo al mundo.

A su vez, si el conspicuo Roger Penrose, después de llevar su sabiduría científica hasta límites exorbitantes, se rindió humildemente ante el hecho de que tiene que haber algo que nos exceda tanto a nosotros como al sistema matemático conocido, ¿no te parece razonable, venerable lector, que ese carácter humilde que nos hace más sabios sea recompensado por una sabiduría superior capaz de valorar la virtud de la humildad? ¿Y que, además de valorarla, se digne a vivirla en su propia carne?

Ante la lógica de esto último, se nos presenta un Dios Hijo que nos dijo: «Te basta mi gracia, pues mi fuerza se hace perfecta en tu flaqueza» (2 Co 12, 9); cita del Nuevo Testamento que le sirvió de inspiración a Santa Teresa de los Andes para sentenciar lo siguiente: «Veía su Grandeza infinita y cómo bajaba para unirse a mí, nada miserable. Él, la inmensidad, con la pequeñez; la Sabiduría, con la ignorancia; el Eterno, con la criatura limitada; pero, sobre todo, la Belleza, con la fealdad; la Santidad, con el pecado».

En base a esto, cabe considerar que la venida de Jesucristo al mundo es la manifestación cumbre de cómo la inmensidad viene a solidarizarse con la pequeñez, de que una sabiduría superior premie nuestra humildad y que, al mismo tiempo, se preste a vivirla en su propia carne. Pues bien, esto se produjo a través de un Dios que se hizo hombre (perfecto hombre), que cayó repetidas veces al portar la cruz hasta el Gólgota (el monte donde se produjo Calvario), para redimir nuestras caídas humanas, y que no cesó de levantarse, como símbolo de que nos levantaremos de cualquier pecado y tribulación si estrechamos su mano con amor…

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