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TRIBUNAPatxi Bronchalo

El monstruo de las dos manos

Siéntate frente a alguien secularizado de izquierdas y luego secularizado de derechas. Pregúntales por la vida, la muerte, el sexo, el divorcio, el sentido del sufrimiento. Los dos creen que el hombre se fabrica a sí mismo. Que el deseo es ley. Que la mayoría es la que dice lo que es verdad o no

Nos han enseñado a mirar la política como un partido de fútbol: dos equipos, dos colores, dos aficiones. ¿Y si los dos equipos juegan para el mismo dueño? El monstruo de las dos manos obra así: una mano legisla contra la persona. La otra, cuando llega al poder, no deshace nada. Consolida. Lo que ayer era escándalo, mañana es «consenso». Y pasado mañana, «derecho». No es teoría. Un ejemplo. La mano roja hace una Ley del aborto en 2010. La mano azul hace recurso al Constitucional. Después la mano azul tiene mayoría absoluta en 2011. ¿Resultado? La ley siguió en pie. La mano derecha custodió lo que la izquierda había hecho. Una abre la herida. La otra le pone una tirita y la deja abierta.

¿El truco? Las etiquetas. «Izquierda» y «derecha» nos meten en trincheras ideológicas. En la sobremesa familiar, en el grupo de WhatsApp, hasta en la parroquia. A mi amigo José Antonio Méndez le pusieron a caldo el otro día por decir que no quería votar con la nariz tapada y preguntar a las derechas acerca de si iban a derogar las leyes contra la vida de las izquierdas. Y mientras nos peleamos por qué mano es la buena, solo unos pocos, como el bueno de José Antonio, señalan al cuerpo que las maneja.

Cuando el hombre se seculariza, el color de su papeleta importa poco. Da igual mano roja que azul, en muchas cosas piensa igual, desea igual y teme lo mismo. Haz la prueba. Siéntate frente a alguien secularizado de izquierdas y luego secularizado de derechas. Pregúntales por la vida, la muerte, el sexo, el divorcio, el sentido del sufrimiento. Los dos creen que el hombre se fabrica a sí mismo. Que el deseo es ley. Que la mayoría es la que dice lo que es verdad o no. A los dos les encanta el dinero. Los dos creen que el Estado o y mercado —según el gusto ponen más acento en uno y otro— resolverán todo y que la Palabra de Dios no tiene nada que decirles. Discuten las recetas pero utilizan los mismos cacharros para cocinar.

No digo que todos los partidos sean idénticos. Hay diferencias reales, y que importan mucho: en la libertad de educación, en la objeción de conciencia, en cómo se trata la vida de principio a fin. También está la podredumbre moral. La noticia de ayer de querer matar a una juez hace ver que la mano roja sigue demostrando ser capaz de cruzar límites que siempre sorprenden a los mas inocentes. Discernir esas diferencias es un deber. Votar al mal menor puede ser legítimo y hasta necesario. Lo peligroso es olvidar que sigue siendo un mal. Cuando empezamos a llamarlo «bien», la mano azul que consolida ya nos ha ganado sin siquiera pedirnos el voto. La pregunta no es «¿es de los míos?», sino «¿respeta a la persona?». Al no nacido, al anciano, al enfermo, al inmigrante, al pobre, a la familia. Si una ley hiere a la persona, la firme quien la firme, es una herida.

Chesterton, en otra de sus genialidades, expresó la necesidad de mirar desde otro lado la política: «Ni soy de derechas ni de izquierdas: de arriba». Esto no es tibieza ni equidistancia. Lo que plantea es profundo: cambiar el eje. Dejar de medir la realidad en horizontal y empezar a medirla en vertical. Digámoslo claro: ni las rosas ni las gaviotas, ni ninguna otra flor o pájaro que aparezca en la papeleta, nos va a salvar. Porque Salvador ya hay uno. Y no ganó unas elecciones: perdió una votación. «¿A quién queréis que os suelte?». El pueblo eligió a Barrabás. Desde entonces sabemos que las mayorías se equivocan. Dios no.

Ante las urnas, vota con conciencia y en conciencia. Pero no te arrodilles ante ellas. No les debes pleitesía a ningunas siglas. Solo hay Uno ante quien merece la pena hacerlo: el Crucificado. Él no tiene dos manos para dividirte. Tiene dos manos clavadas para abrazarte. Será el quien juzga a esas manos que se aprovecharon del poder para endiosarse a costa del sufrimiento de los inocentes.

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