La Iglesia no es una ONG
La confusión reinante en aquellos que, o bien por falta de Fe, por complejo de inferioridad o por cualquier otra razón, que teniendo el deber de anunciar a Cristo como Hijo de Dios, o no se atreven a hacerlo, o directamente lo niegan, o le niegan la capacidad de hacer milagros, como hizo durante su vida, o se atreven a cuestionar la presencia real de su cuerpo, sangre, alma y divinidad en la Eucaristía, que haberlos, haylos, debería ser corregida con urgencia
«Está bien trabajar por la solidaridad y la fraternidad, pero lo más importante es la misión y el anuncio de Cristo»
«La Iglesia no es una ONG. Está bien trabajar por la solidaridad y la fraternidad, pero lo más importante es la misión y el anuncio de Cristo», decía el obispo Francisco Pérez González en 2003, siendo director de la Obra de Misiones Pontificia. Después lo repetiría el Papa Francisco, y actualmente, parece que ya no se puede decir, porque hay personas que lo interpretan mal. Sin embargo, la Iglesia está llamada a llevar el Reino de Dios a todas las gentes. El DOMUND que se acerca, es propicio para reflexionar sobre este tema.
La misión de la Iglesia es predicar el Evangelio, en palabras de Cristo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio» (Mc. 16,15). No hay ninguna posibilidad de interpretar nada distinto a eso, porque está muy claro. Otra cosa es que alguna persona se sienta llamada a otras labores, pero serán solidarias, como decíamos al principio, o nos llevarán a las Obras de Misericordia, que están de maravilla, siempre y cuando no las usemos para olvidar aquellas otras palabras del Señor: «Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura» (Mt. 6,33). Las palabras de San Pablo a los Efesios 1,20: «Recapitular todas las cosas en Cristo», tampoco dejan lugar a dudas.
¿Qué ha pasado entonces? ¿Da igual predicar a Cristo, a Buda o a Confucio? No podemos aceptar eso, de ninguna manera, independientemente de quien lo diga. También San Pablo les dice a los Gálatas (1,8): «Pues bien, aunque nosotros mismos o un ángel del Cielo os predicara un evangelio distinto del que os hemos predicado, ¡sea anatema!». Nos queda claro que no podemos decir que da lo mismo. ¿Quién decís vosotros que soy Yo?, vuelve a resonar en nuestros oídos. ¿Qué decimos cada uno? Tú eres el Mesías, como San Pedro, ¿o nos avergonzarnos de Cristo?
Quizás, solamente, porque el mundo actual acepta mejor un sincretismo religioso que nos excusa para decir que todas las religiones son iguales, que lo importante es ser buena persona, para colaborar en la primera piedra de un centro mormón, o para hablar de un ecumenismo barato y estéril que no llegará a término hasta que no aceptemos todos a una misma Madre para poder llamarnos «hermanos».
Evangelizar, llevar el Evangelio a aquellos que no lo conocen, sigue siendo una urgencia mandada por el Señor, que no puede caer en saco roto. El mandato misionero del Señor tiene su fuente última en el amor eterno de la Santísima Trinidad (C.E.C. 850). No es una tarea a elegir entre varias, no es una verdad compartida por diversos «grupitos» de los que tú puedes elegir el que quieras. La catolicidad de la Iglesia, su universalidad, exige que prediquemos a todos, para que todos seamos movidos a la conversión.
La confusión reinante en aquellos que, o bien por falta de Fe, por complejo de inferioridad o por cualquier otra razón, que teniendo el deber de anunciar a Cristo como Hijo de Dios, o no se atreven a hacerlo, o directamente lo niegan, o le niegan la capacidad de hacer milagros, como hizo durante su vida, o se atreven a cuestionar la presencia real de su cuerpo, sangre, alma y divinidad en la Eucaristía, que haberlos, haylos, debería ser corregida con urgencia. De no ser así, se harían realidad las palabras que oía decir a mi padre, en paz descanse, cada vez con más insistencia en los últimos años de su vida: «Dios castigará con el fundamentalismo de las religiones falsas haber traicionado la nuestra». «Dios no castiga», me dirán algunos, vamos a dejarlo para otro día, recomendando la lectura de las plagas de Egipto, por decir algún fragmento de la Sagrada Escritura, suponiendo que no sea mucho decir, que crean que existió el antiguo Egipto, y Moisés también, claro.
En realidad, lo que hace falta, si no a todos, a muchos, es convencerse de las palabras del Maestro: «Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya» (Jn. 15, 18-19). No pasa nada por no quedar bien, no pasa nada por decir la verdad y defenderla, no pasa nada por explicar que la religión católica es la verdadera y, sí, las demás son falsas. No pasa nada, es nuestra obligación, aunque el mundo nos odie.