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TRIBUNAMANUEL SERRANO

Antonio, el farmacéutico

Heridas inverosímiles en tiempo de paz, susurros desgarradores, murmullos de generosidad para que Antonio atienda a otros que lo necesitan más, oraciones, actos de fe en Dios, despedidas de los seres queridos y de este mundo que ya pronto quedará atrás. Uno de los más malheridos dice: '¡Dios es bueno!'

El farmacéutico de Urda, Antonio García Condado, ha sido golpeado por la realidad, que a veces lo hace como un huracán ingobernable, grita de modo ensordecedor y paraliza el pensamiento. Irrumpe en cada instante de nuestra vida sin pedir permiso. Nos despierta de un sueño en el que todo tiene una forma onírica, falto de profundidad, porque nos gusta vivir así, superficialmente. Nos quedamos en lo aparente y la realidad siempre se presenta como un plus difícil de asumir. La vida personal de muchos, y la relación social y política no es más que eso: aparente, sin compromiso, en una palabra: utilitaria.

De vez en cuando aparece en nuestra vida un personaje que nos hace preguntarnos sobre la manera en que tenemos de mirar lo que pasa alrededor. Antonio estaba desayunando y su hija le avisa de un grave accidente de tren cerca de Urda, su pueblo.

Antonio es el farmacéutico, y lo deja todo. No abre la farmacia y corre al lugar del accidente. Se pone en acción ante la realidad en lugar de dejar que pase sin dejarle huella. Él lo vive con la atención muy despierta, no se queda en la superficie de las palabras con las que le dieron la noticia. Ha sido un megáfono que le ha sobresaltado y decide pertrecharse con todo lo que cree que va a necesitar: vendas, sueros, analgésicos, incluso opiáceos narcóticos por lo que pudiera encontrar, y corre de nuevo a las vías obediente a la realidad.

Allí se le encoge el alma de sufrimiento que le impacta por lo que sale a su encuentro: profundo dolor y muerte. Heridas inverosímiles en tiempo de paz, susurros desgarradores, murmullos de generosidad para que Antonio atienda a otros que lo necesitan más, oraciones, actos de fe en Dios, despedidas de los seres queridos y de este mundo que ya pronto quedará atrás. Uno de los más malheridos dice: ¡Dios es bueno!

Dios nos grita en el dolor para despertar a un mundo sordo, como dice C. S. Lewis, y ese grito viene empujado por el viento de la realidad. Él no genera tragedias, somos los hombres los que vivimos en una inconsistente apariencia que se manifiesta en la inacción sobre lo que es lo debido, sobre lo que es nuestra responsabilidad.

Esa realidad trágica y muchas otras nos despiertan y educan con un lenguaje simbólico que algunos oyen, como Antonio el farmacéutico, y otros se resisten a escuchar como sucedió después de lo de Adamuz. No prestaron atención a la realidad, pero la realidad es insistente. En Urda tenemos la evidencia.