Fundado en 1910

Fernando Chomalí, cardenal y arzobispo de Santiago de Chile

En una época dominada por la desafección ciudadana, la crispación institucional y el partidismo estéril, resulta indispensable volver la mirada sobre los fundamentos morales del ejercicio del poder público. El reciente documento episcopal 'Carta a los Políticos', del cardenal arzobispo de Santiago de Chile, Fernando Chomali, plantea una profunda y atemporal revisión del sentido de la acción gubernamental, proclamando que la política, lejos de reducirse a una mera pugna pragmática por la hegemonía electoral, constituye la forma más elevada de la caridad y un camino autentico hacia el bien común.

El texto recupera las grandes definiciones del pensamiento clásico y del humanismo cristiano. Siguiendo la tradición tomista y aristotélica, la política es concebida como la ciencia suprema dedicada al perfeccionamiento integral de la persona en cuanto ser social. En este sentido, la autoridad y el poder público solo encuentran su plena legitimidad cuando se ejercen como un servicio desinteresado hacia la comunidad y la protección ineludible de la dignidad humana.

Frente a las tendencias que degradan la función pública en personalismos o luchas cortoplacistas, el documento enfatiza pilares insustituibles :

* Probidad y transparencia: la rectitud moral exige erradicar el favoritismo y distinguir con claridad tajante lo público de lo privado.

* Responsabilidad personal: el mérito y la culpa en la toma de decisiones son intransferibles ante la ciudadanía.

* Cuidado de la palabra y el entorno digital: combatir la difusión de falsedades y la polarización tóxica en redes sociales, restituyendo la veracidad y el respeto al adversario.

* Tutela incondicional de la vida: concebir como primera prioridad del Estado la protección de los más vulnerables, desde la concepción hasta su término natural.

La autoridad y el poder público solo encuentran su plena legitimidad cuando se ejercen como un servicio desinteresado hacia la comunidad

Asimismo, en sintonía con las palabras pronunciadas por el Pontífice en París, el cristiano que participa de manera activa en la vida pública iluminado por su fe no representa una amenaza para la unidad de la patria ni actúa como un proselitista, sino que cumple con el deber irrenunciable de velar por la intangibilidad de la vida humana y la justicia social.

Para el panorama político español, ante los comicios convocados para el próximo noviembre, las enseñanzas del documento adquieren una vigencia insoslayable. España atraviesa un contexto marcado por la desconfianza hacia las instituciones públicas, la fractura del debate político y la tentación del recurso a dinámicas polarizadoras. En este escenario, los partidos y candidatos están llamados a asumir responsabilidades insustituibles:

Reconstrucción del capital fiduciario: La confianza pública no es un estado de ánimo que se solicita, sino un deber ético que se edifica mediante la fidelidad a la palabra empeñada y la coherencia de vida. Cumplir los acuerdos y evitar ofertas electorales irrealizables es vital para restañar la credibilidad.

Abandono de la lógica del enemigo: Considerar al adversario político como un rival legítimo y no como un enemigo a batir [cite: 9, 15]. El entendimiento republicano y el diálogo sincero apelan a la razón, superando pasiones que amenazan la convivencia democrática.

Reencuentro e inspiración de la juventud: Tratar a las nuevas generaciones como protagonistas del futuro, haciendo de la política una estructura transparente y ejemplar que eduque en virtudes públicas en lugar de sembrar enfrentamiento.

Devolver la nobleza a la política constituye una tarea urgente para la vida pública española. Como enseña el documento en línea con las Bienaventuranzas del político, la nación necesita servidores honestos y con visión de estado, capaces de trascender el cálculo particular para edificar una patria donde todos encuentren su justo lugar