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MI TORRE DE MARFILIgnacio Crespí de Valldaura

Atención: El catolicismo es más racional que todas las filosofías, mitos y leyendas

El catolicismo no le dice al pagano precristiano que estaba absolutamente equivocado cuando creía en semidioses. Reconoce que tiene sentido creer en que haya personas que puedan alcanzar un grado extraordinario de virtud, pero le corrige y le revela algo más racional, justo, misericordioso y esperanzador: véase que todos podemos llegar a serlo

Yo no entiendo el catolicismo como algo plenamente hostil a las filosofías, los mitos y las leyendas del mundo pagano precristiano, sino como la Religión que ofrece las respuestas más atinadas a las búsquedas emprendidas por el hombre; y, por consiguiente, la que mejor distingue entre lo que tiene sentido y lo que no, entre aquello que es plausible, matizable y aborrecible.

En otras palabras, la fe católica -y su doctrina- no rompe de cuajo con lo anterior a la venida de Cristo al mundo, sino que lo aclara, lo matiza, lo racionaliza, lo dota de un sentido; más que desecharlo, lo corrige, lo purifica, lo acrisola, lo expurga, lo depura, lo culmina; en definitiva, lo redime de sus tachas, para llevarlo a su máxima expresión.

El catolicismo no le dice al pagano precristiano que estaba por entero equivocado cuando creía en los dioses; sino que le revela que lo razonable es que Dios sólo haya uno, pero que existen los ángeles, los cuales están a su servicio. También, le advierte de la existencia de espíritus malignos, para disuadirle de creer en dioses pérfidos, inicuos o malvados.

De esta guisa, el catolicismo no le dice al pagano precristiano que estaba absolutamente equivocado cuando creía en semidioses. Reconoce que tiene sentido creer en que haya personas que puedan alcanzar un grado extraordinario de virtud, pero le corrige y le revela algo más racional, justo, misericordioso y esperanzador: véase que todos podemos llegar a serlo, que no depende de que pertenezcamos a una casta espiritual superior por predestinación y nacimiento, sino que, a pesar de nuestra endeble humanidad, de estar hechos de barro, nos metamorfosearemos en santos si confiamos y nos abandonamos en la gracia de Dios con una fe, esperanza y amor inefables.

Por esto, Jesús nos obsequió con su fórmula infalible: «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad» (2 Corintios, 12, 9). En resumidas cuentas, la venida de Cristo al mundo explicita que la santidad es accesible a cualquier persona, que nuestro destino no está determinado ni por los dioses, ni por nuestros fracasos, ni por nuestras flaquezas, ni por nuestros crímenes, ni por la adversidad de nuestras circunstancias personales. Mientras Esquilo, en la Grecia clásica, abogaba por que «cuando un mortal se entrega a labrar su propia perdición, los dioses acuden a ayudarle en su cometido», las Sagradas Escrituras nos enseñan que «Yo no quiero la muerte del pecador, dice el Señor, sino que se convierta y viva» (Ez 18, 23; 33, 11).

El teólogo Charles Moeller, en su ensayo Sabiduría griega y paradoja cristiana, nos explica cómo la sabiduría paradójica de Cristo le permitió al pagano precristiano hacer acrobacias sobre la cuerda floja de su pensamiento, para revelarle que no era razonable santificar su manera de entender el heroísmo, basada en sublimar al arquetipo de guerrero presumido, soberbio, orgulloso, ufano, ensoberbecido, ese que veía el ejercicio de la venganza como una exhibición de fortaleza y la misericordia, como una muestra de debilidad. En contraposición, el catolicismo nos obsequia con algo mucho más poético e intelectual: que el débil es el que se abandona por entero a uno mismo (ser limitado) y que el fuerte, a la postre, es quien confía su pobreza de espíritu en la fuerza ilimitada del Todopoderoso.

El catolicismo no le dice al pagano precristiano que su tendencia a hacer sacrificios como ofrenda a Dios era del todo errónea, pero sí que le aclara que carece de sentido -e incluso que resulta horrendo- que se sacrifique a personas y a animales en su nombre. Por consiguiente, la venida de Cristo al mundo trae consigo algo más razonable, bello, poético y esperanzador: que sea Él, en calidad de perfecto Dios y perfecto hombre, el que se deje crucificar por culpa de nuestros pecados, para, así, redimir a los pecadores con el derramamiento de su preciosísima sangre; y que, siguiendo su ejemplo, le ofrezcamos nuestras cruces de cada día por los vivos y por las almas del purgatorio, como emulación de su obra redentora.

Esto último me resulta algo mucho más cuerdo, racional y generoso que aquellos rituales sangrientos en ofrenda al dios Marduk, para bendecir a su pueblo en la guerra, que aquellas extracciones del corazón de los humanos asesinados en las pirámides de Teotihuacán, y que aquellos sacrificios a la diosa artemisa de combatientes persas y de cabras (tal y como fue narrado por Jenofonte); además de un kilométrico etcétera de rituales de esta índole…

En definitiva, si multitud de dioses antiguos «exigían» matar a nuestro prójimo y a seres semovientes, Jesucristo nos pide algo mucho más sensato e intelectual: que muramos a nosotros mismos (a nuestros egoísmos, a nuestras preocupaciones mezquinas, a nuestra ambición desmesurada…), en aras de admitir ese «Sin mí no podéis hacer nada» (San Juan 15, 5) que brotó de los labios de Jesús con inefable lozanía protectora.

El catolicismo no les dice a determinados paganos que estuviesen absolutamente equivocados al preocuparse por la muerte, pero sí que les da un aldabonazo por festejarla, deificarla y ensalzarla mediante sórdidos rituales resabiados de terror, fealdad y oscuridad. Jesucristo, en cambio, vino a ofrecernos la muerte como la puerta de la vida, como una prolongación eterna -y gloriosa- de nuestra existencia, algo que hizo meridianamente explícito a través de su resurrección reinante y victoriosa; además de luminosa.

El catolicismo no le dice al pagano precristiano que estaba del todo confundido cuando adoraba a seres mediante su representación en imágenes, sino que resulta irracional -además de un tanto feo y estéticamente siniestro- hacerlo con animales (y más macabro todavía con personas con atributos de animal). A esto, incluye una serie de matices y categorías bastante más razonables, como que lo lógico es que el verbo adorar, como supremo acto de pleitesía, quede reservado exclusivamente para Dios (grado de adoración que tiene por nombre Latría); y que, a la Virgen María, como Madre Inmaculada que es, le rindamos un tributo de lo más honorífico, pero que no alcance el nivel de aquél que le rendimos a Dios (a este tipo de veneración especial le llamamos Hiperdulía). A su vez, tiene todo el sentido del mundo que los santos, como modelo humano a seguir, también, sean venerados, pero no tanto como María, por carecer de mancha de pecado original (y esto es lo que se conoce como Dulía).

A esto, cabe añadir que la Religión Católica es la que mayor protagonismo le da a «la Mujer» y, por consiguiente, la que mejor sacia una necesidad psicológica elemental del ser humano desde el prisma de lo espiritual: el amor de una Madre que todos demandamos, el arropo de una Maternidad que nos ampare. Es cierto que otros credos ancestrales hacen referencia a diversas diosas protectoras, pero ninguno le otorga el título honorífico de la Madre de Dios Hijo; además de que tampoco le concede ni encomienda una misión tan razonable, completa y profunda como la que les es reconocida en el seno del catolicismo.

Algunas religiones antiguas intentan aproximarse, muchas de ellas, seguramente, tratando de emular -y de arrogarse como propio- lo anunciado en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en el mito de la creación sumerio, la diosa Ninhursag regaña a Enki (una simulación mitológica de Adán) por comer de la planta prohibida del Paraíso; para que, después, se apiade de él otra diosa conocida como Ninti («la Señora de la Costilla») para sanarlo.

Alguien me podría replicar que a la diosa sumeria Ninhursag («la Señora de la Montaña») le fue atribuida la categoría de «madre de todo lo vivo», a lo que yo contestaría: «Sí, pero no como Madre de Dios Hijo e Hija de Dios Padre (Creador); ni como una Virgen Inmaculada rebosante de belleza (de «graciosa belleza», a diferencia de Ninhursag, quien carece de tal hermosura virginal en sus representaciones)».

Ante esto, me tomo la licencia de incorporar otra serie de apreciaciones. En primer lugar, cabe considerar que mientras la diosa Ninhursag abronca a Enki (la emulación sumeria de Adán) por morder de la planta prohibida, la Virgen María atesora el rango de la Nueva Eva, que vendría a la Tierra milenios más tarde para reparar el pecado de Eva, quien persuadió a Adán; tras haber sido Eva persuadida anteriormente por el maligno, bajo la sediciosa -y engañosa- promesa de que serían como dioses.

Aquí, el catolicismo reconoce realidades de mayor hondura, causalidad y finalidad: la existencia y persuasión del maligno, que embauca a unas personas perfectas, con la única manera posible de torcer la buena voluntad de aquellos seres perfectos que no personifiquen la perfección de Dios: véase el orgullo de suplantar su identidad, la soberbia de ocupar su lugar.

A esto, anexémosle que aquella Nueva Eva cuyo nacimiento fue anunciado ya en el libro del Génesis, milenios antes de la venida de Jesucristo al mundo, y por los profetas durante muchos siglos anteriores, ¡Existió! Y pasó a la historia como Madre del Dios Hijo que fundó la Iglesia más seguida -y perseguida- de la historia de la humanidad; aún en el presente, huelga recordar.

El Profeta Isaías, nacido a finales del siglo VIII antes de Cristo (en el año 765 a.C.), ya adelantó la existencia de Jesucristo y de la Virgen María. A la sazón, anunció que Dios Hijo sería dado a luz por una mujer virgen. El capítulo 7, versículo 14 de su libro, reza así: «Por eso el Señor mismo les dará un signo. Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel».

Emanuel significa «Dios con nosotros» y este profeta alude a su Madre con el término Almah, que quiere decir «doncella, joven, adolescente, virgen». Para más inri, Isaías, en el capítulo 9, versículo 5 de su libro, define a este Emanuel, hijo de la mujer virgen como «Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la Paz», que como «un hijo nos ha sido dado».

Es más, Isaías adelantó, con ocho siglos de antelación, que Dios Hijo dejaría a Judea estupefacta, lugar en el que se encuentra Belén, donde Él nació. El capítulo 8, versículo 8 de su libro dice lo siguiente: «Y pasará por Judá, inundará, crecerá, llegará hasta el cuello. Y sus alas desplegadas abarcarán toda la extensión de tu país, Emanuel».

Tampoco termina todo aquí, puesto que es preciso recordar que el Profeta Miqueas, contemporáneo de Isaías, precisó que Dios Hijo nacería en Belén. Miqueas 5, 1-3 dice así: «Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel: sus orígenes se remontan al pasado, a un tiempo inmemorial. Por eso, el Señor los abandonará hasta el momento en que dé a luz la que debe ser madre; entonces el resto de sus hermanos volverá junto a los israelitas. Él se mantendrá de pie y los apacentará con la fuerza del Señor, con la majestad del nombre del Señor, su Dios. Ellos habitarán tranquilos, porque él será grande hasta los confines de la tierra».

Y, con esto, percibo yo que podemos vislumbrar -a nivel humano y limitado- una parte minúscula de ese misterio incomprensible para la inteligencia de los hombres, que es el de la Santísima Trinidad. Mientras las demás religiones creían en dioses de manera politeísta y en un solo dios al estilo monoteísta, el catolicismo nos revela algo infinitamente más sofisticado: la existencia de un solo Dios verdadero, en tres personas distintas.

Dentro de nuestra incomprensión, de nuestras limitaciones para entender el misterio de la Santísima Trinidad en su inabarcable belleza, complejidad y plenitud, incido en que sí hay señales, destellos, visos, vislumbres, en virtud de los cuales podemos apercibirnos de que es más que razonable que Dios sea trinitario.

De esta manera, el Dios trinitario se nos presenta bajo las personas de un Padre Creador, de un Hijo Redentor y de un Espíritu Santo Santificador. Con ello, nuestras facultades humanas de «memoria, entendimiento y voluntad» encuentran una analogía de plenitud que nos recuerda la enseñanza de san Agustín: la memoria del Padre (pues es nuestro origen y Creador), el Verbo del Hijo (quien, siendo eterno, se hizo hombre para revelarnos el rostro de Dios y redimirnos) y la presencia del Espíritu (el Amor divino que ha actuado desde siempre, habló por los profetas, acompañó la misión terrenal de Jesucristo y permanece en nosotros y en la Iglesia para santificarnos).

Y, por si no fuera poco, la figura de la Virgen María encaja con una belleza extraordinaria en el designio divino que le fue encomendado desde la eternidad: Hija predilecta de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y llena del Espíritu Santo, por cuya acción concibió al Verbo encarnado.

El catolicismo no le dice al pagano precristiano que se equivocaba absolutamente al derramar vino u otros licores en honor de alguna divinidad, práctica que era conocida como libación; sino que este gesto se vuelve razonable con la institución de la Eucaristía, mediante la cual se consagra el pan y el vino como renovación incruenta del sacrificio de Jesucristo en la cruz; algo que nos permite que nos alimentemos de su cuerpo, sangre, alma y divinidad, es decir, que el Señor habite dentro de nosotros, en vez de que una serie de brebajes sagrados sean arrojados al vacío.

El catolicismo no les dice a los aztecas que estuvieran por entero equivocados al querer alimentarse de la «carne de dios», pero les enseña que tiene mucho más sentido que esa carne sea el cuerpo de Dios vivo y redentor (en comunión con su sangre, alma y divinidad), en vez de simplificarlo todo a la ingesta de hongos alucinógenos como el peyote, el olioluqui y el teonanacalt.

Con respecto a los dos párrafos anteriores, considero pertinente hacer hincapié en tres aspectos trascendentales. En primer lugar, Cristo unió distintos elementos utilizados previamente por los hombres, y los armonizó bajo una premisa coherente y redentora. En segundo término, introdujo la novedad de hacerse vivo en ellos, después de haber vivido Él en la tierra y de haber sida anunciada su venida ¡Durante milenios! a través de los profetas, para dejar de ser meros licores y sustancias con un presunto cariz sagrado. Y, por último, cabe destacar que nos brindó la oportunidad de que nos alimentásemos de ellos, con la máxima de que el pan (la carne) y el vino (la sangre) habitasen en nuestros corazones, junto a su alma y divinidad; en vez de que los brebajes -de la libación- fuesen arrojados al vacío y la «carne de Dios» -de los rituales aztecas- constituyesen drogas que atentasen contra nuestra salud, embriagasen y extraviasen nuestras mentes, y nos evadiesen de la realidad en un ejercicio de hedónico individualismo.

Si los antiguos egipcios retrataban a sus dioses enarbolando con sus manos «la llave de la vida» (conocida como el signo de «anj» o de «ankh»), el catolicismo nos revela que existe una realidad más hermosa, profunda y esperanzadora que abandonarnos a un instrumento para abrir y cerrar puertas: el consuelo del Dios vivo, que vino al mundo por la redención de nuestros pecados; y que, mediante la Consagración del pan y el vino, continúa produciéndose -todos los días- la renovación incruenta del sacrificio de Jesucristo en la cruz.

El catolicismo no les dice a los pensadores precristianos que eran intelectualmente estúpidos por buscar a Dios en los distintos elementos de la naturaleza, sino que admitió la importancia capital de todos ellos, pero sin afirmar que la realidad estuviese monopolizada por los mismos. En este sentido, el Génesis es el único libro antiguo -varios siglos anteriores a Cristo- que describe el orden de la creación conforme a la secuencia confirmada por los científicos. En base a este texto bíblico, el Señor crea el mundo en seis etapas y descansa en la séptima: primero, surge el cosmos y después la tierra; y el proceso creador alumbra, por este orden, la luz, el cielo, la tierra y el mar, la vegetación, los astros (creados para medir el tiempo), los animales; y, por último, el hombre y la mujer a su imagen y semejanza.