Segundo Llorente, el misionero español amigo del pueblo Inuit y congresista por Alaska en los EE.UU
El Papa Francisco visitará la tierra donde estuvo cuarenta años el misionero español, que además fue escritor y diputado por Alaska en el Congreso de Estados Unidos
Madrid Act. 29 jul. 2022 - 16:15
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Jesuita de origen español, Segundo Llorente pasó más de 40 años como misionero en tierras de Alaska. Él mismo eligió este destino, por ser considerada la más difícil, dura y recóndita de las misiones. Y aunque en un principio chocó con los planes que para él tenían sus superiores, su empeño y determinación acabaron por llevarlo a predicar el Evangelio entre los esquimales. Su defensa de la comunidad esquimal le llevaría incluso a ser elegido diputado ante el Congreso de los Estados Unidos por Alaska, estado del que es considerado cofundador. Se convirtió así en el primer sacerdote católico que formó parte de una legislatura norteamericana.
Durante décadas, sus «aventuras», plasmadas en un sinfín de artículos y en una docena de libros escritos por él mismo, serían semilla fértil para un buen número de vocaciones misioneras. En el encuentro con los Superiores Generales de las órdenes religiosas celebrado en enero de 2014, el propio papa Francisco propuso a Segundo Llorente como modelo para los jesuitas de todo el mundo y ejemplo de lo que hicieron los grandes misioneros religiosos.
Obras Misionales Pontificias
En el otoño de 1935, y después de 37 jornadas de fatigosa travesía por mar, tierra y río, por fin llega a Alaska. Su primera misión: Akulurak. Comienza para él una nueva vida, llena de sacrificios y abnegación. Habrá de acostumbrarse a las gélidas temperaturas, a una alimentación escasa, extraña y un tanto «repugnante», a la total falta de higiene de sus vecinos esquimales, a los peligros de un vasto territorio que deberá explorar y recorrer con su trineo en cientos de ocasiones… Pero lo que peor lleva Segundo es no poder comunicarse con fluidez. Domina a la perfección el inglés, pero es del todo insuficiente ante aquellas gentes. Debe aprender la difícil lengua esquimal. Con el tiempo llegará a «chapurrear» el idioma, como él decía, pero nunca estuvo del todo satisfecho. «Ojalá pudiera predicar en lengua esquimal con la misma facilidad con que lo hago en inglés o lo haría en español. Los misioneros de Alaska venimos con el pecado original de no poder aprender la lengua lo suficientemente bien para predicar con holgura sin la ayuda de un indígena experto. Una cosa es entender y chapurrear el idioma, y otra muy distinta levantarse delante de un auditorio y dispararles un sermonazo sin zozobras, mugidos ni titubeos»
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Siempre bien acompañado de sus perros, se adentraba en la helada tundra, haciendo frente a temperaturas incluso por debajo de los 40 grados bajo cero. El trineo era el principal medio de transporte a la hora de recorrer la vasta misión de Akulurak. En más de una ocasión, a punto estuvo Segundo de ser tragado por los hielos o de acabar perdido en medio de aquel desierto congelado. Solo Dios y aquellos fabulosos animales que tiraban del trineo evitaron un trágico final.
Con tantas «aventuras» que contar, no es de extrañar que sus relatos cautivaran a los lectores. ¡Cuántas vocaciones misioneras nacieron bajo la inspiración de aquellos renglones! Amando Llorente, hermano de Segundo y también jesuita, ha explicado muchas veces: «Yo he encontrado docenas y docenas de religiosas y sacerdotes que me han dicho que deben su vocación a los libros de mi hermano».
En los años sucesivos fue destinado a distintas misiones. Además de Akulurak, estuvo largas temporadas en Bethel, Kotzebue y Alakanuk. Poco a poco este intrépido leonés se fue acostumbrando a las condiciones adversas que lo rodeaban. Así describe Segundo Llorente cómo era su despertar diario. «Por la mañana salgo de las mantas como oso de la madriguera. Enciendo una vela y me calzo las botas de piel de foca llenas de hierba seca, para que los pies estén bien mullidos y no se enfríen más de lo razonable. Enciendo la estufa y, si se heló el agua, derrito el hielo y me lavo. Abro la puerta, doy dos pasos y ya estoy delante del altar».
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En todo este tiempo Segundo hubo de hacer frente a otro temido enemigo: la soledad. Cuando los fríos arreciaban y las tormentas le dejaban aislado, los días e incluso los meses transcurrían
en soledad, sin poder hacer gran cosa. Su mayor aliento y compañía la encontraba entonces ante el altar. Fueron largas sus charlas ante el Santísimo mientras en el exterior rugía el viento y la nieve no cesaba de caer. Pero ni estos contratiempos lograron borrar nunca la sonrisa de su boca. Se sentía feliz y jamás se dejó apresar por el abatimiento; ni siquiera cuando veía cómo los esquimales hoy iban a misa y al día siguiente invocaban al chamán, o cuando una terrible tempestad se llevó por delante la iglesia en uno de los poblados.
Por supuesto, no todo eran sinsabores. Poder catequizar a «sus» esquimales lo compensaba todo. El verdadero amor que sentía por los lugareños, se hizo recíproco. Fue tal su compromiso con aquellas gentes, se llegó a identificar de tal manera con los esquimales que, cuando se celebraron las primeras elecciones libres en Alaska, en el año 1960, Segundo salió elegido (sin que él tuviera noticia de ello) como representante ante el Congreso en Washington. ¿Quién mejor que aquel misionero llegado de la lejana España podría defender los intereses de los esquimales?
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Consultado su obispo sobre esta circunstancia, monseñor dispuso que si la mayoría de los electores así lo quería, él no se opondría. Fue así como el padre Llorente se convirtió en el primer sacerdote católico elegido para una legislatura norteamericana con voz y voto. Esta vez el deseo de los nativos alaskeños se había hecho realidad. Segundo recibió esta encomienda como una oportunidad más de ayudar y servir a aquellas gentes pobres e indefensas. Y así lo hizo durante las dos legislaturas en las que fue diputado. Sus últimos años de vida En 1975, ya con 69 años cumplidos y 40 como misionero en Alaska, sus superiores consideran que ha llegado la hora de buscar a Segundo un destino menos exigente en lo físico. Y lo envían a una misión más acogedora y cálida, más apropiada a su edad: la comunidad mexicana de los estados de Washington y Idaho, en los Estados Unidos. Es, probablemente, la orden más dura de su vida, la más amarga, la que nunca habría querido escuchar. Tenía que separarse de su amada Alaska. Sus últimos catorce años de vida transcurrieron con serenidad, pero sin descanso, pues Segundo nunca se relajó en su compromiso evangelizador. Falleció el 26 de enero de 1989, víctima de un cáncer. No pudo hacerlo como él deseaba, entre los suyos, aquellas gentes pobres y rudas de Alaska a las que tanto amó. Aún así, sus últimas palabras, dirigidas a su familia, fueron de felicidad y esperanza: «Muero contentísimo. Desde aquí al cielo, ¿qué más puedo esperar? Allí nos veremos todos. Amén». Su cuerpo descansa en el cementerio de Desmet, Idaho, en una reserva india dirigida por jesuitas. Un lugar hermoso, en una loma frente a las Montañas Rocosas. Solo los indios y los sacerdotes que hayan estado al menos veinte años al servicio de los indios pueden ser enterrados allí; el padre Llorente se ganó con creces este honor. Sobre la tumba, una lápida en memoria de los jesuitas allí enterrados, en la que puede leerse: «En la vida y en la muerte, con aquellos que amaron».
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