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15 de junio de 2024

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Quienes se enrocan en la guerra cultural se apropian de la verdadUnsplash

Cinco retos en la batalla cultural y la ciudadanía democrática

Desde la filosofía política española del siglo XX, al responder a lo que pensamos sobre cultura y política estamos haciendo explícitas nuestras coordenadas o posiciones políticas

El pasado 31 de agosto de 2022 en el Ateneo de Santander mantuvimos un interesante coloquio sobre la forma de entender la batalla cultural para vertebrar las fuentes morales de la ética democrática. Aquí dejo cinco ideas claves o retos con los que trenzar los mestizajes de la relación entre el mundo de la vida –lebenswelt– y el mundo de la política.

En primer lugar me atrevo a decir que el sano debate de ideas y la discrepancia de juicios y tradiciones encontradas no tiene nada de clandestino. A veces uno tiene la impresión de que cuando tomamos posición en el tema de la batalla cultural está haciendo un trabajo clandestino, de resistencia y casi contracultural. En Europa no lo planteamos en términos de «guerra cultural», sino en términos de «encuentro» de ideas y de búsqueda cooperativa de la verdad en espacios públicos. Quienes lo plantean en términos de «guerra» suelen simplificar el debate y fácilmente caen en la dialéctica amigo-enemigo. Cuando lo planteamos como encuentro estamos recuperando el papel de las convicciones en los espacios de responsabilidad (M. Weber) y la fecundidad de las diferentes tradiciones éticas para nutrir los presupuestos morales de una teoría de la justicia liberal (J. Rawls).

Desde la filosofía política española del siglo XX, al responder a lo que pensamos sobre cultura y política estamos haciendo explícitas nuestras coordenadas o posiciones políticas y, sobre todo, nuestras disposiciones existenciales y creencias que dan sentido a nuestras vidas. En terminología de Ortega y Gasset, la relación entre batalla cultural y ciudadanía democrática hace que salgan a la luz nuestras creencias más últimas y penúltimas. Además de un problema de ideas –que se tienen o dejan de tener–, estamos ante el reto de clarificar las creencias de las que participamos. Recordemos, las ideas se tienen, en las creencias se está. ¿Cuáles son las creencias de los europeos hoy? ¿Son ejemplares las instituciones europeas y sus representantes? ¿Nos creemos los metarrelatos fundacionales de estas instituciones?

Cruzados de las verdades

En segundo lugar, con la batalla cultural aparece siempre el tema de la verdad, la manipulación del lenguaje y la comunicación en los espacios públicos. Quienes se enrocan en la guerra cultural se apropian de la verdad y a veces se presentan como cruzados o adalides de las verdades, sean verdades de ciencia, de técnicas o de fe. Con ello dejan el terreno del pluralismo sin abonar y dispuesto para que lleguen los administradores del nuevo despotismo digital dulce que invade la vida socio-política. Estos administradores se aferran a las cuentas de la economía y se desentienden de los valores o tradiciones. Estos administradores tienen una concepción instrumental del derecho y del poder, solo quieren apropiarse de las instituciones calculando votos y comprando voluntades. Los defensores del monismo moral buscan imponer su código, los fragmentadores del pluralismo viven del poli-ateísmo de códigos porque les interesa privatizar las creencias, les interesa que la gente confunda lo público con lo político y esto con lo partidista, como si el pluralismo moral de sociedades abiertas dependiera cuotas institucionales o mayorías partidistas.

Entre el monismo que alimenta los populismos (obsesionados por certezas) y el poli-ateísmo que alimenta la dulce fragmentación digital de la sociedad (obsesionado por los bulos o posverdades), queda el terreno baldío de la verdad, abonado para la polarización y la papilla i-liberal. Estos debates sobre la batalla cultural deberían alimentarla para no morderse la lengua y llamar a las cosas por su nombre, sin caer en la presión de la espiral del silencio o de lo políticamente correcto. La cultura woke y los marcos mentales que promueve facilitan una ciudadanía en manos del emotivismo informativo.

Libertad, igualdad y solidaridad

El tercer reto está relacionado con la necesitad de reconstruir vigorizadamente el humanismo desde el personalismo comunitario. Una de las grandes aportaciones del transhumanismo y del poshumanismo es que nos permite describir la ignorancia filosófica, teológica y cultural de sus promotores. No sólo porque desconocen el humanismo que arranca con Luis Vives y su Socorro de los pobres, sino porque no han leído a Nietzsche, Heidegger, Levinas o Jonas cuando debaten sobre lo que nos jugamos al medirnos con los humanismos. Está en juego la libertad humana y sobre todo una visión no mecanicista o materialista de la naturaleza y la cultura. Finkielkraut en su libro La derrota del pensamiento mostró con claridad cómo las instituciones internacionales que surgieron después de la Segunda Guerra Mundial han traicionado el horizonte de la libertad, la igualdad y la solidaridad con el que se crearon. En lugar de promover la igualdad se anclan en el capricho, la diferencia, los microrrelatos, las ensaladas multiculturales y el mundo de los deseos sin necesidades, o de los derechos sin obligaciones.

Hay un cuarto reto relacionado con el modelo de sociedad que alimenta la ciudadanía democrática. Cuando se evita el tema de la cultura se arrincona o desprecia el papel de los universos simbólicos y los imaginarios en la economía o la política. La necesidad de revisar, transformar o cuestionar los mimbres éticos de los diferentes capitalismos es un reto cultural de primera magnitud. La digitalización ha puesto en primer plano la vulnerabilidad del capitalismo comunista chino (preocupado por estabilidad social) y del capitalismo atomista norteamericano (preocupado por atomismo individual), sin que los europeos hayamos reconstruido las posibilidades inexplotadas de nuestro modelo propio de «economía social de mercado». Las propuestas de economía civil, del bien común o relacional no se podrán institucionalizar si no son canalizadas por redes solidarias de ciudadanía, por comunidades abiertas dispuestas a potenciar lo que Tocqueville, siguiendo a Pascal llamó «hábitos del corazón».

Decadencia cultural

Para eso no sobran las tradiciones, las confesiones religiosas o el mundo de la vida de las heterogéneas sociedades europeas. Sin ellas, la dimensión coactiva, represiva y punitiva de las leyes y el derecho desplazan a la dimensión social, educativa y simbólica. Con la batalla cultural se hace presente la distinción entre Estado-aparato y Estado-comunidad. Cuando no se promueve el pluralismo y se deja el campo libre para populismos y despotismos todo se politiza sólo queda espacio para el Estado-aparato.

Por último, hay un quinto reto relacionado con la emergencia de las nuevas inquisiciones políticas y la resignación ante cierta decadencia cultural. Este es un tema que requiere un tratamiento más detallado porque detrás de las propuestas populistas de autores como Laclau-Moufe hay una deconstrucción interesante de las democracias. Para este populismo, que se alimenta de la fragmentación, el enfrentamiento de las gentes y la disolución de los vínculos sociales pre-políticos, «todo es política». La democracia es un significante vacío que requiere líderes ordenancistas que busquen la hegemonía desde las trincheras primero (Gramsci) y después con las constituciones. Con estos populismos no hay ningún interés por la sociedad abierta, la democracia liberal o el pluralismo ético y religioso.

Al proclamar que «todo es político» reglamentan toda la vida, desde la biología genética hasta tanatoética. Lo hacen con dulzura y simpatía para ofrecernos una «política maravillosa», donde todo es bienestar y derechos, sin caer en la cuenta de que una ciudadanía seria ya leyó a Orwell, Skinner, Huxley o Nabokov. Una ciudadanía despierta que retoma las batallas culturales por una razón simple, no está dispuesta a comulgar con ruedas de molino.

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