06 de febrero de 2023

A la derecha Francisco José Palenzuela durante el II Congreso de Autores en Busca de Autor. Foto - Grupo Dios en la literatura contemporánea

A la derecha, Francisco José Palenzuela, durante el II Congreso de Autores en Busca de AutorDios en la literatura contemporánea

Francisco J. Palenzuela: «La necesidad de Dios es consustancial al ser humano, también en los ateos»

El investigador Francisco José Palenzuela explora la cuestión en su capítulo del libro colectivo Autores en busca del Autor. Volumen II, recién publicado por CEU Ediciones

El investigador analiza en el nuevo monográfico Autores en busca del Autor la pervivencia del Libro de Job en la literatura contemporánea.
¿Por qué a los artistas de hoy les sigue fascinando Job? El investigador Francisco José Palenzuela explora la cuestión en su capítulo del libro colectivo Autores en busca del Autor. Volumen II, recién publicado por CEU Ediciones. Palenzuela es miembro del proyecto interuniversitario homónimo, que analiza la presencia de Dios en la literatura contemporánea, y en su trabajo analiza la pervivencia del Libro de Job y sus contradicciones en la sensibilidad cultural del siglo XXI.
Palenzuela, que se licenció en Filología Francesa en la Universidad Complutense de Madrid y cursó un Diploma de Estudios Avanzados en Ciencia de las Religiones en el mismo centro, explora cinco obras literarias que –de forma más o menos explícita– vuelven a narrar la historia bíblica de Job. En concreto, se trata de El proceso, de Franz Kafka; Job, de Joseph Roth; Job está en París, de Azorín; Diario de Job, de Fernando Savater, y Job o la tortura de los amigos, de Fabrice Hadjadj.
–En su análisis, defiende que la historia de Job sigue latiendo con fuerza en la literatura de nuestro siglo. ¿A qué cree que se debe?
–El tema de Job sigue muy presente en la literatura del siglo XX, e incluso en el XXI, y tengo la impresión de que es porque el hombre contemporáneo se está volviendo más sensible con el tema del mal. A lo largo de la historia ha habido mucho sufrimiento inocente, pero ninguna había generado toda una filosofía –el existencialismo- ni tanta literatura como el Holocausto, por ejemplo. Leyendo a los clásicos grecorromanos, no da la impresión de que estén conmovidos por las matanzas que describen.
–De nuevo, ¿a qué puede deberse esta mayor concienciación?
–Bueno, yo soy bastante jungiano, y en el libro Respuesta a Job Jung habla de la evolución de la conciencia. Probablemente, el fenómeno que describo tenga que ver con esto, con una agudización de la conciencia, que puede explicar también la creciente preocupación por el bienestar animal. Job, el «justo sufriente», encarna esta tensión en la tradición bíblica.
–Entre los cinco autores seleccionados hay cristianos, judíos, ateos… ¿Cuáles son las diferencias entre ellos al revisitar el tema de Job?
–Escogí las cinco obras que forman el capítulo pensando en que fueran de distintos géneros, con autores de distintos orígenes… En ellas se ve que la principal diferencia entre autores creyentes y no creyentes es que los primeros presentan a un Job redimido y los segundo, a un Job irredento. Lo vemos en los símbolos: por ejemplo, en la obra de teatro de Hadjadj se emplea la imagen de una cruz que se convierte en alas, y Azorín lo expresa a través de una estrella. Por contra, en las historias en las que Job no halla redención –como en El proceso– la desgracia parece ser el final, sin salida posible.

Jung decía que hay un fondo de religiosidad incluso en quienes niegan a Dios

–Los autores creyentes no renuncian a la esperanza.
–Claro, del mismo modo que el Job bíblico nunca renunció a ella. Aquí se podría hablar del «dilema de Job»: la contradicción radical entre creer en un Dios de amor y la certeza intolerable del mal, a veces atroz. Los filósofos han hablado tradicionalmente del dilema de Epicuro, que se suele formular como: «Si Dios puede evitar el mal y no quiere, no es bueno; si quiere y no puede, no es omnipotente». Pero este es un dilema racional, lógico, y con Job se introduce la dimensión afectiva, una relación personal con Dios. Por tanto, frente a esta contradicción irresoluble desde la lógica, está la necesidad de que Dios me dé esperanza.
–Ampliando el foco, ¿qué sentido tiene estudiar la presencia de Dios en el arte contemporáneo en una sociedad que se dice cada vez menos religiosa?
–En primer lugar, veo en nuestra sociedad una tendencia a la individualidad, incluso dentro de la Iglesia: ¿creen en el mismo Dios los grupos tradicionalistas y las comunidades cristianas de base, por ejemplo? En este contexto, pienso que mi trabajo dentro del grupo Dios en la literatura contemporánea, centrado en los símbolos y las imágenes, permite descubrir significados en las obras ocultos incluso para el propio autor. Citando de nuevo a Jung, él decía que hay un fondo de religiosidad incluso en quienes niegan a Dios. La necesidad de sentido, de Dios, es consustancial al ser humano, como el agua o el aire. De ahí que en mi investigación me sienta a menudo como un detective, buscando huellas de una presencia a menudo inconsciente.
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