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El papa León XIV saluda a los fieles al llegar en el papamóvil antes de la misa en el paseo marítimo de Beirut

El papa León XIV saluda a los fieles al llegar en el papamóvil antes de la misa en el paseo marítimo de BeirutAFP

La «conversión de la vida» y «cultivar brotes de esperanza»: el Papa se despide del Líbano con dos acentos claros

En su última homilía pronunciada en el país de los cedros, León XIV citó como ejemplos concretos de resistencia la fe «sencilla y genuina» arraigada en las familias y sostenida por las escuelas cristianas

Han sido 48 horas las que el Pontífice ha permanecido en el país de los cedros, el Líbano. A las 13:15, el avión del Papa partirá del Aeropuerto Internacional de Beirut con destino a Roma. Su agenda ha sido intensa y marcada por numerosos encuentros, pero una palabra ha sobresalido por encima de todas: paz. Una paz que, para hacerse realidad, —ha insistido— debe comenzar por la conversión del propio corazón para poder transmitirla a los demás.

Al cierre de estos días de viaje apostólico, el Papa León XIV culminó su peregrinación al Líbano con una homilía que puede describirse como un firme mensaje de esperanza, en la que expresó la cercanía de la Sede Apostólica a los libaneses y a todos los pueblos de la región.

En el Beirut Waterfront, donde la celebración de la Santa Misa se convirtió en un acto de acción de gracias, el Santo Padre se dirigió a los fieles después de haber rezado en el puerto de la capital, escenario de la explosión de 2020 que se cobró la vida de 218 personas y dejó más de 7.000 heridos y 300.000 desplazados.

La revolución de la pequeñez

León XIV contempló la belleza de la nación, que la Escritura canta con sus altos cedros, y recordó las promesas de Isaías: «Hasta ti llegará la gloria del Líbano, con el ciprés, el olmo y el abeto, para glorificar el lugar de mi Santuario, para honrar el lugar donde se posan mis pies».

No obstante, esta maravilla se ve drásticamente oscurecida por la pobreza y el sufrimiento. El Papa enumeró sin paliativos las causas de la desolación: las heridas históricas, un contexto político frágil e inestable, la dramática crisis económica que oprime a la gente, y la violencia que ha «despertado antiguos temores».

Frente a la desolación, el mensaje recurrió a una teología de la humildad, citando la oración de Jesús: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra». El Pontífice explicó que el motivo de la gratitud de Jesús al Padre no radica en obras extraordinarias, sino en que Dios revela su grandeza «precisamente a los pequeños y humildes, a aquellos que no llaman la atención, que parecen contar poco o nada, que no tienen voz».

El Reino que Jesús inaugura–explicó– se asemeja a un brote, un pequeño retoño que surge de un tronco que parece muerto. Esta pequeña esperanza que promete el renacimiento solo puede ser reconocida por aquellos que «sin grandes pretensiones saben percibir los detalles ocultos, las huellas de Dios en una historia aparentemente perdida».

El Papa instó al pueblo libanés a tener ojos que sepan reconocer estos «pequeños brotes que despuntan» y «pequeñas luces que brillan en lo hondo de la noche». Citó como ejemplos concretos de esta resistencia la fe «sencilla y genuina» arraigada en las familias y alimentada por las escuelas cristianas, el trabajo constante de las parroquias y congregaciones, y el compromiso de sacerdotes, religiosos y laicos en la caridad y la promoción del Evangelio.

Conversión y «desarmar el corazón»

Sin embargo, esta gratitud no debe ser un «consuelo íntimo e ilusorio». La homilía se transformó en una llamada a la acción y «la conversión de la vida». El Papa subrayó que todos están llamados a cultivar estos brotes de esperanza, a no desanimarse, a no ceder «a la lógica de la violencia ni a la idolatría del dinero».

Para que esta tierra recupere su esplendor, la responsabilidad es común: «Cada uno debe poner de su parte y todos debemos unir nuestros esfuerzos». Un camino que exige sacrificio: «Solo hay una forma de hacerlo: desarmemos nuestros corazones, dejemos caer las armaduras de nuestras cerrazones étnicas y políticas, abramos nuestras confesiones religiosas al encuentro mutuo», afirmó.

Este desarme es la llave para despertar el sueño de un Líbano unido, «donde la paz y la justicia triunfen», y donde se cumpla la imagen profética de Isaías: «El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito».

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